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Juan Gabriel no tiene credencial del IFE

Juan Gabriel
(Waldo Matus)

Llegué a la ventanilla de Scotia Bank en Reforma, cerca de El Caballito de Sebastián, para cambiar mi cheque de ocho pesos que como profesor me entregan cada quincena en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, y la cajera me dijo:

—Señor, esta no es su firma.

—Cómo no—, repliqué —mire que son igualitas— (me referí a las que estampé en el documento).

—No, esas no, sino la de la credencial del IFE.

Revisé, y en efecto, era un garabato muy distinto a los míos. Di vuelta a la credencial y el hombre de la fotografía no era yo; lo mismo el nombre del titular: Juan Gabriel. Y para pasmo propio y luego de la cajera y de otros clientes el personaje retratado parecía Juanga, El Divo de Juárez.

La chica del banco anunció a grito abierto a sus colegas:

—Miren, el señor tiene la credencial de Juan Gabriel.

Otros clientes que hacían fila en otras ventanillas se acercaron, curiosísimos.

—A ver, a ver, enséñenos la credencial de Juan Gabriel.

Al mirarla, se mostraron asombrados y me preguntaron cosas:

—¿Por qué tiene usted este documento? ¿Es amigo de Juanga?—, y me miraban con admiración, acaso con envidia.

—Claro—, dije —somos cuatísimos.

Y para convencerlos les dije cosas que sabía del juarense nacido en Michoacán:

—Juan Gabriel es un tipazo. Fíjense, en Ciudad Juárez compró la mansión, toda una manzana, en donde su mamá había trabajado al servicio de las dueñas, y los locales afirman que debió contratarlas para que sirvieran a su jefa. Y además tiene en esa ciudad una escuela de música para niños y jóvenes.

—¡Ah, no sabíamos!—, dijeron algunos, y se reincorporaron a sus filas, cuchicheando y mirándome de reojo.

Por mi parte, recordé un episodio sensacional del divo: en un palenque en Querétaro, mientras cantaba acompañado de su orquesta, un tipo sombrerudo y bigotón se la pasó molestando a Juanga:

—Pinche maricón—, gritaba desde la primera fila —¡puto de mierda!—.

Los improperios continuaron durante hora y media, más o menos, y el cantante continuó su espectáculo incólume, impertérrito, en su papel de estrella. Llegó el momento de reiniciar el show, esta vez con el acompañamiento de su mariachi. Y lo primero que hizo el artista (éste sí lo es, no como otros) fue acercarse a la barrera, justo frente al macho denostador, y se arrancó con:

—Te pareces tanto a mí que no puedes engañarme…

El público comprendió el desquite y se desbordó en aplausos y risas y mentadas de madre al ofensor, quien como ratoncito no tuvo más remedio que escabullirse, abandonando el lugar. Juanga continuó  su recital, en medio de aplausos cada vez más nutridos y estentóreos.

La cajera me volvió a la realidad:

—Con una credencial ajena no puedo pagarle.

—¿Me acepta la credencial de la UNAM?

Ante su afirmativa busqué en mi cartera, pero no hallé mi credencial de profesor universitario, y en cambio encontré la del IFE.

—¿Por qué tiene dos credenciales? —interrogó la chica. —¿Hizo algún movimiento en otro banco, en otra oficina? Acuérdese.

Y di con la respuesta. Días antes había ido a las oficinas del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, en las calles de Donceles, para hacer algún trámite, y ante el requerimiento de los policías de guardia les rogué que aceptaran mi credencial de la UNAM, porque en las oficinas a las que iba me pedirían la del IFE (creo que todavía no era INE). Aceptaron, y cuando volví, en vez de entregarme la que había dejado me dieron la de Juan Gabriel, pero no me di cuenta.

Días después del episodio en el banco, volví a las oficinas del FONCA y recuperé mi identificación. Dije a los polis que yo podría encargarme de enviar su documento al homónimo de Juanga, al fin que ahí estaba su dirección, en Xochimilco.

—Ni madres—, dijeron los policías, —el cabrón tiene que volver, porque se llevó el gafete. Y si no, que se chingue.

—Pero es Juan Gabriel…

—Qué Juan Gabriel, ni que la verga—apuntaron a pesar de que el tipo de la foto tenía tal parecido con el cantautor que era de causar admiración.

Me fui de ahí coincidiendo en que el falso Juan Gabriel se chingara, y me di cuenta que  la cajera y los clientes del banco y los policías ignoraban que El Divo de Juárez utiliza el Juan Gabriel como nombre artístico, porque en realidad se llama Alberto Aguilera Valadés  (¿Valadez?)

Hasta aquí los hechos reales, pero en mi imaginación empezó a funcionar el lado novelístico, y los delirios de mi mente loca. Imaginé que yo, o un álter ego, se compadeció del Juan Gabriel Xochimilca y quiso, en vez de ir con los guardias del FONCA, entregarle personalmente su identificación oficial, a sabiendas de la joda que significa tramitar un repuesto.

Imaginé que este Juanga vivía en una auténtica mansión, custodiada por guardaespaldas malencarados, como debe de ser, que de plano negaron la posibilidad de que viera “al Señor”. Por fortuna, como ocurre en las ficciones, en esos momentos salió Juan Gabriel y al enterarse de los motivos de la visita del extraño, le agradeció con aspavientos, lo invitó a pasar a la casona riquísima pero decorada con mal gusto y le ofreció coñac. Al enterarse de los pormenores del asunto, Juanga señaló:

—Si fuiste al FONCA es porque eres artista. Yo también lo soy, pero no sé si dedicarme a la música, al teatro, a la pintura o a la literatura. Por eso fui, para que me orientaran.

La artistez los unió, se hicieron amigos y en adelante el primero llevó a Juan Gabriel a conocer el mundo artístico mexicano. Y resultó que éste era tan, pero tan rico, que se volvió  mecenas de artistas de todo tipo. Su fortuna procedía de los negocios turbios de su familia. Pero eso no importó a los músicos y pintores y teatreros y bailarines y etcétera, y acogieron con placer a su benefactor, y vivieron con él muchísimas aventuras.

Por ahí va la novela que surgió de una confusión. Mas la verdad es que, ahora, Juan Gabriel no tiene credencial.

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