QrR

Ama a Amán: el DF jordano

EL ÁNGEL EXTERMINADOR

Verónica Maza Bustamante


Sólo falta escuchar el “súbale, súbale, hay lugares ” para sentirse en el paradero de microbuses de la estación Tacuba del Metro chilango o mínimo cruzando la base de Combis de Chapultepec. La imagen aparece por sorpresa: saliendo del interesante The Jordan Museum, ubicado en el área de Ras Al-Ayn, justo en el cruce de las calles Omar Matar y Ali bin Abi Taleb, un conjunto de camionetas tipo Van llenan de color el paisaje, esperando su pasaje. Arriba, en una de las colinas, las casas y edificios color arena de Amán brillan con el sol jordano; abajo, los choferes del transporte público aguardan a que la gente se suba a esos vehículos decorados con telas de colores, con luces y camellitos, que ostentan letreros en árabe que señalan, seguramente, su destino. Frases diversas ocupan sus parabrisas traseros, quizá recordando: “No corras, tus hijos te esperan” o “Cuidado, niños a bordo”; difícil saberlo cuando se desconoce el significado de esa hermosa caligrafía llena de curvas y bordes que se escribe de derecha a izquierda.

            Pero no hay tiempo para detenerse a preguntar. De un vistazo se descubre que hay micros ocupados únicamente por mujeres y micros ocupados únicamente por hombres. Como en numerosas situaciones de la vida jordana, se da la separación por sexos, pero, al menos a simple vista, no parece grave: las chicas ríen y se toman selfies con sus celulares mientras esperan a que el conductor decida partir.     

            Llegamos a Amán dos noches atrás, aterrizando en el moderno aeropuerto Queen Alia, donde los jordanos nos recibieron con sonrisas luego de casi 20 horas de viaje desde la Ciudad de México (contando los trámites en aeropuertos, una escala en Madrid y dos vuelos, el primero con Iberia y el segundo con Royal Jordanian). Para el viajero que ha experimentado el cruce por las ventanillas de migración en países donde los encargados lo miran como si trajera el guajolote y la caja con la ropa en la espalda, la recepción jordana es un oasis. Es necesario pagar 40 dinars por concepto de visa (un dinar, la moneda del país, vale 21.34 pesos mexicanos) , pero ya con ella en forma de dos bonitos timbres y una serie de sellos estampada en el pasaporte, se accede al mostrador, donde se toma una fotografía al visitante. A pesar de ser las once de la noche, los responsables se dieron tiempo para bromear y hasta pedir sonrisas a las y los recién llegados.     

            La amabilidad de los locales es deliciosa. Por eso, el primer acercamiento en nuestro viaje al Amán popular, saliendo de The Jordan Museum, es emocionante. Aunque sea por media hora, tenemos la consigna de andar un poco por esas calles donde diariamente transitan los habitantes de la alba ciudad, donde compran sus alimentos, su ropa, sus artilugios, tapetes, juguetes, bisutería, muebles y muchas cosas más apenas distinguibles entre el amontonamiento de objetos, olores, colores, sabores.

            Caminamos por una calle hacia la Ciudad Baja. De pronto, es como estar en la Lagunilla, con locales en donde se venden los mismos muebles de melanina ponderosa con remaches y filitos dorados, cunas y camas, salas a las que únicamente les falta el plástico protector para ser made in México. Los hombres ofrecen sus productos en árabe, pero también en inglés (resulta sorprendente descubrir que casi todos los jordanos dominan la lengua inglesa). Miran a las turistas con ojos de hambre, emitiendo piropos que no se entienden pero se presienten pícaros. Desde la ventana de una casa a medio construir, un grupo de jóvenes se asoma y lanza besos a las transeúntes extranjeras. El motor de los autos se vuelve ronroneo justo cuando llega la hora del salat, la oración musulmana a Alá que se brinda durante cinco veces al día y se comparte mediante altavoces que dominan toda esta tierra árabe.

            Al principio parece familiar, como el sonido del micrófono de algún típico vendedor callejero en el DF, pero con el paso de los días adquiere individualidad, se va grabando en la mente, va a alegrando el corazón. A algunos extraños les parece curioso, a otros les atosiga, pero a la mayoría le resulta entrañable. Para los jordanos es uno de los cinco pilares del islam y uno de los diez aspectos prácticos de la religión. No todos se arrodillan mirando hacia la Meca, pero sí hay quien lo hace. Otros, sostienen entre las manos un rosario musulmán, una masbaha compuesta por 33 o 99 cuentas de plástico, madera o granos, dispuestos de forma similar a un collar, que van moviendo con lentitud mientras la vida en la calle sigue su curso.

            Además de las mueblerías, destacan las tiendas de condimentos y abarrotes, un banquete visual que no se borrará nunca de la memoria de quien lo mire. Detrás del mostrador, uno o dos hombres toman los polvos multicolores, los pesan, te los dan a probar, te explican qué son. Hay cardamomo en semillas y molido,  pimienta de Jamaica, pimienta de Cayena, paprika, clavo, nuez moscada, coriando, semillas de sésamo, menta seca, summak, zaatar, castañas de Caju, tahini… un tesoro aún más espectacular que el de las lámparas tipo Aladino, los tapetes para recorrer el firmamento en sueños, las hattas para la cabeza, los tenis gabachos, la ropa y las películas pirata que cuelgan de tendederos o danzan en puestos ambulantes. Dan ganas de estudiar la cocina árabe, de llevarse al terruño un poco de ese encanto al paladar que durante diez días nos alegraría la tripa y el andar.

            En el centro de la Ciudad Baja, uno de los mercados aparece. Es similar a los de México, con sus locales en donde se venden verduras, fruta, pescado, carne (aunque acá los corderos desollados acaparan el panorama), especies. El murmullo de marchantes y compradores impera en el espacio. Alguien canta acompañado de una alegre flauta. En los puestos tipo tianguis se venden lo mismo vestidos cortos de colores chillones que burkas. Hay chiquillos en torno a unas jaulas en las que decenas de pollitos pintados de colores pían asustados.

            El café con cardamomo y el té de menta o artemisa funcionan como tributo jordano al visitante y como gancho para el posible comprador. Hay que tener cuidado al sostener los vasitos de cristal, pues por lo regular la temperatura del agua está que arde. Como esas calles que te hacen sentir en casa pero a la vez en un espacio inaudito salido de esos cuentos que en la infancia te leían.

            ¿Cómo no amar a Amán con su riqueza extravagante? ¿Cómo no sonreír ante semejante comienzo de la travesía? As-salam alaykom, Reino Hachemita de Jordania.

#viveJordania


< Anterior | Siguiente >