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Javier Cercas Vs. Billy The Kitsch

Ilustracion
(Mored)

PEPE EL TORO ES INOCENTE 
Jairo Calixto Albarrán


Jim Carrey, en el papel del clásico abogado marrullero en Mentiroso, mentiroso, tiene en la manipulación de la verdad su principal herramienta de trabajo. Sabe que el mundo no está preparado para la cruda realidad y que las relaciones humanas se cimentan sobre una férrea estructura de mentiras piadosas y otras no tanto. El problema empieza cuando su pequeño hijo, harto de las falsedades de su padre, pide como único deseo frente a su pastel de cumpleaños que todo lo que emerja de su boca sea la más absoluta verdad. Una auténtica pesadilla. Ahí, Carrey descubre que la veracidad es un arma de doble filo: el que la externa se expone no solo a ser atropellado por una manada de incertidumbres, sino que corre el peligro de ser incomprendido y hasta linchado: son muy pocos los que saben que mentir y sincerarse no es igual, sincerarse es sufrir, mentir es gozar.

El recipiendario de la verdad, para colmo, no solo no la valora, sino que es capaz incluso de tomarla como una afrenta.

Y es que mentir es una de las bellas artes, por eso solo los grandes maestros en esa materia pueden abrazar el oficio y ejercerlo sin que se descubran los cierres del disfraz, de la botarga. El mentiroso profesional no deja cabos sueltos, no se confía ni se abandona a los arrebatos del azar, pues sabe que cualquier indisciplina puede arrebatarle su presente y su futuro, porque pasado, lo que se dice pasado, lo que viene siendo lo pasado pasado, cualquiera lo puede armar como la guarida de Jabba the Hutt en Lego.

A todo esto y más es a lo que huele El Impostor, el más reciente trabajo novelístico del maese Javier Cercas, autor de celebrados novelones como Soldados de Salamina y piezas magistrales de la talla de Anatomía de un instante. La impostura como fuente de inspiración para detectarla, analizarla, diseccionarla y, una vez realizados todas las pesquisas, aplicarle todos los rigores de la taxidermia.

El Impostor narra la historia de un impostor que, cual prestidigitador de la historia e histrión de una vida imaginaria pero verosímil, sedujo a un país entero que lo celebraba y reía y lloraba con su autobiografía construida con un complejo entramado de verdades a medias y mentiras piadosas.

Esto lo tenía clarísimo Eric Marco, distinguido personaje de la cataluña rebelde, cuando decidió reinventarse. Pasar de ser un oscuro personaje de una época convulsa a construirse un pasado heroico enfrentándose a los nazis, al franquismo, como parte fundamental de la resistencia y la lucha combativa. Moral y éticamente estaba obligado a quedarse instalado en el anonimato en las orillas de la historia, pero pensó que era mejor levantarse y con todo comedimiento pergeñar un culebrón donde él, a partir de una sólida base de verdades y certezas, podía erigir un monumento a sí mismo y, con el debido histrionismo, arrojo y espíritu temerario, transformarse desde la impostura en un ser venerable devenido objeto de culto.

Afirma Cercas: "Marco se reinventó porque quiso y sobre todo se reinventó mejor. La razón fundamental es que descubrió el poder del pasado: descubrió que el pasado no pasa nunca o que por menos el suyo y el de su país no habían pasado, y descubrió que quien domina el pasado domina el presente y domina el futuro". Exacto, como el Big Brother.

Y lo mejor de todo, lo cuenta el maestro de maestros Javier Cercas, es que todos a su alrededor no dudaron un momento en creerle al señor Marco todo su aparato conceptual de abusos y costumbres. Tenían urgencia de creerle porque representaba la heroicidad española, la naturaleza de una raza rebelde y heroica. Les hacía falta, como a Chachita en Nosotros los pobres no solo una tumba donde llorar, sino a un heroico superviviente al que adorar.

Y Eric Marco, hasta el día en que finalmente fue descubierto, cumplió esa función.

La mentira es muchas cosas, pero sobre todo un salvoconducto.

Pero a Cercas no importa tanto la mentira de Marco como el kitsch que la embala. Ese edulcorado jarabe de empalagoso néctar que caricaturiza la historia, la sume en la frivolidad y la transforma en un capítulo de Lo que callamos los que sobrevivimos a un campo de concentración nazi. Ese es el verdadero crimen de Marco: hacernos creer que entre mentir y hacer literatura no hay diferencia. La ficción de Eric, afirma Cercas, es una realidad espantosa.

La batalla de Javier Cercas era contra Eric Marco devenido Billy The Kitsch. No quería solo desenmascararlo como si fuera un Mago de Oz de la memoria secuestrada un narcisista serial que creía que con su tambache de mentiras podía mostrar verdades auténticas. No. También quería aplicarle a todo ese tinglado quimioterapia y radiaciones bravas. Que no quede huella que no, que no, porque parafraseando a Kundera "La lucha del hombre contra el poder es la lucha de la memoria contra el ego".

Marco Polo

Netflix la hizo de nuevo. En su insaciable sed de triunfo después de House of Cards y Orange Is the New Black, arrojó al aire Marco Polo, la serie de televisión sobre el mítico viajero que se aventuró hasta los confines de Asia para abrir rutas de comercio con Europa en un valiente mundo nuevo. Es el globalizador primigenio tras el cual vendrían los imperialistas y los colonizadores, pero en esta primera temporada el protagonista forma parte de la corte de Kublai Khan, heredero de las glorias del bárbaro por antonomasia, Gengis Khan.

Un imperio temible el de los Khan: autoritarismo, hiperviolencia, hambre de conquista, terror desatado, pensamientos únicos, una mancha voraz que se expandía a sangre y fuego, nutriéndose de la cultura de los pueblos que iba conquistando. Porque si algo descubrió Marco Polo no solo fue la maravilla de la seda, sino que Kublai era, además de un bárbaro con una interminable troupé de amantes y un imperio saturado de intrigas palaciegas, un emperador que quería aprender de los pueblos que arrasaba bajo su bota. Él sabía que más allá de su amado espíritu mongol, aguerrido y abrasivo, existían otros mundos y otros ámbitos que tenía que explorar desde la comprensión y el entendimiento.

Por eso el contrapunteo con sus exquisitos enemigos los chinos, sobre poblados de cultura y arte, estrategia y conocimientos, conforme un universo paralelo. Junto a los chinos, los mongoles eran animalitos del bosque.

Es ahí, bajo el resguardo de una producción desmesurada e hiperkinética, Marco Polo tiene que madurar a marchas forzadas. Aprender a velocidades imperiosas de todo esto mientras el Khan le tiene paciencia a pesar de ser un europeo escuálido con una única gracia: imaginación e imparcialidad que, unidas, generaban una visión del mundo del Khan ante cuya mirada sus súbditos palidecían.

Todo era extraño y seductor en aquel territorio agreste y salvaje, donde el Kublai reinaba desde la ambición, la lascivia y la búsqueda de sabiduría. Y Marco Polo se deja llevar por aquellos torbellinos feraces entre el amor y el miedo, la aventura y los sueños que le dejan una impronta: ahí, en medio de aquel dudoso paraíso tan lejos de Venecia, le toca el privilegio de ser invitado de honor en los partos de la historia, donde fungió, en una narrativa deslumbrante, como aprendiz de ginecólogo.

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