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James Spader y The Black List

James Spader

James Spader ha nalgueado secretarías como Maggie Gyllenhaal para incentivar la naturaleza primordialmente plásticas de su placeres; encontró un pelotón de orgasmos entre los fierros retorcidos de autos chocados y en las cicatrices lascivas de Rossana Arquette; fue el amante judío y yuppie de Susan Sarandon hecha una MILF White trash pero con actitud; y encarnó al señor de los desapegos en un filme perturbador pero desconcertante y entrañable, Sexo, mentiras y video.

James Spader fue en sus mocedades protagonista de cintas para adolescentes gritonas y ochenteras, pero fue haciendo la conversión hacia trabajos de mayor profundidad con elegancia casi causal, sin perder su frescura y sentido del humor, aún en la encarnación de personajes aturdidos, desvielados, culiatornillados a sus demonios, trabajando con directores estrambóticos como David Cronenberg o Steven Soderbergh a quienes, entre otros, les gustó utilizar el parapeto de su galanura para diversas formas de la perversión y para darle tentaciones auto destructivas a sus interpretaciones.

Todavía vimos a Spader, cuyo nombre siempre me remite a temas de arácnidos, en la serie de televisión Boston legal donde le dio vida a un abogado High class, todo cinismo y humor negro, junto con el viejo capitán Kirk, William Shatner, convertido en un picapleitos de antología en rol del clásico viejo cochino.

Por eso ha resultado tan deslumbrante la manera cómo Spader renunció a su habitual estatus de golden boy para estructurar una criatura tan compleja y en muchos sentidos despreciable como el macho alfa de los criminales, Raymond Reddington, que tiene algo de ring tone pero de la muerte. Ex agente federal, Red, como se le conoce en los bajos fondos del tráfico, la matanza y la hipertensión fuera de la ley, es de los hombres más buscados por su peligrosidad y sus traiciones, y por la infinita capacidad de sus tentáculos para meterse en las entrañas de la ilegalidad con su costal de mañas y villanías, Red se somete al FBI para hacerles un favor: entregarles una lista negra (la Black List que le da título a la serie televisiva) que tiene a los seres más malvados y siniestros de los cuales ninguna agencia de seguridad tiene noticias. No hay certezas sobre sus motivos, pero encuentra en la agente Elizabeth Keen la misma fascinación que Hannibal Lécter tenía por Clarisse, pero sin los chasquidos lascivos.

Un alegato sobre la redención en los tiempos de la cólera, la de construcción de la maldad por sus partes más allá de los prejuicios. El mundo poblado por archipiélagos de canallas pero también de goces y sentimientos sin cursilerías. Cuando crees que Red se nos ha ablandado, sin extraviar el objeto de su afecto, estrangula, mata, resuelve con un sarcasmo sucio.

Rapado pero con los armamentos de una gestualidad arrogante y ojeta, Red no tiene piedad para alcanzar sus objetivos. De ahí que no pueda dormir dos veces en el mismo lugar como Fidel Castro en sus buenos tiempos, mientras nos va revelando una catálogo de infamias y bestias negras. La más relevante, aquella mujer heroína de la lucha contra la trata de mujeres que en realidad es la reina de todas las madrotas a la que le da vida la inmarcecible, Isabella Rosselini.

Red tienen respuestas para todo y parece contar con información que es es verdadero poder. Sus fríos cálculos nunca son desmentidos por la realidad y difícilmente se le puede ver alterado por los adiestramientos de su poker face. No obstante se descubre también frágil cuando una organización superior especialista en complots internacionales, a través  del venerable Alan Alda, le hace ver que no hay agujero donde pueda estar escondido que no pueda ser detectado.

Los chicos malos también lloran.

EL MUNDIAL

Si de pronto se anunciara el advenimiento de un nuevo Mesías no tropical sino verdadero, seguramente no tendría la cobertura mediática ni la audiencia del sorteo del Mundial de futbol. A lo mejor el atractivo no es tanto el destino de los equipos en la contienda, ni quiénes serán los rivales en los grupos ni nada de eso. Quizá el morbo radique en cómo algo tan amañado y poblado de dudas como este sorteo que parece sancionado por el Melate, puede encontrar algo de credibilidad frente a millones de esos espectadores que miran los dichosos bombos con sospechosismo.

Eso o la esperanza de que aquello sea una versión futbolera del sambódromo.

Lo que sea, no solo están en juego los prestigios futboleros de los grandes campeones y de equipos como el mexicano que tuvieron una clasificación penosa y burlesca. No. También millones de dólares que repartirá entre las naciones participantes a la manera de un IFE del clásico pasecito a la red. Una botín jugosísimo que sin duda ayudará, por medio de jogo tufillo, a menguar las grandes diferencias que dividen al mundo.

México se saca la rifa del tigre y le toca el mismo grupo del anfitrión. Será algo karmático por esa detestable tradición de las fiestas, XV años, graduaciones y bodas donde de cajón hay que bailar las del disco samba y aquello del pepepepepé pepepepepé pepepepepé. Eso teníamos que pagarlo caro algún día.

LA FIL

Todos los caminos llegan a Guadalajara pero ninguno es camino fácil. Y menos si Volaris te retrasa el vuelo cuatro horas y estás a punto de armar una revuelta tipo magisterial que te llevan a pensar que #EstariamosMejorConMexicanaDeAviación.

Ahí estaba la ruda Kirén Miret, generadora de Niñonautas, el maese Micros, admirable ilustrador, que perdió su presentación gracias a esto.

Pero ya en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara lo que importa es el bullicio de los lectores, el torrente de presentaciones de los mil y un volúmenes, la marcha incesante de editores, escritores, fanáticos, trolls, edecanes, dependientes y duendes de las erratas. Como dice la querida Purificación Carpinteyro, si nada más hay 2 millones de lectores entonces todos están aquí en la FIL reunidos.

Una fiesta de la lectura y de la fiebre consumista, pero sobre todo de la persecución de autores, de la obtención de autógrafos, del intercambio de ideas. Ahí estaba mi carnal Xavier Velasco rompiendo los récords de Paolo Cohelo y sus efebos de los libros de auto ayuda, firmando cientos de ejemplares de sus obras ante una fila esperpéntica de seguidores. Hoy no existe en la patria un escritor rockstar como el gran Pig, a cuyo rededor se ve cómo se marchitan sus tristes y melifluos salieris de pacotilla.

Gran encuentro con el monero Trino que andaba desatado presentando sus complicidades con el maese guacaroquer Armando Vega Gil, que este año publicó más libros que Luis Pazos. Allá andaba don Jorge F. Hernández, enorme escritor en todos los sentidos, que muy probablemente haya roto el récord de presentaciones en la FIL con 21. Momento destacable el del abrazo con Javier Solórzano, ave de mil tempestades, que vino a presentar el libro temible de la Carpinteyro que, en el programa radial que comparto con José Luis Guzmán Miyagi, Charros contra Gángsters, se destacó como crítica literaria haciendo pomada la nueva novela de Vargas Llosa, ese conocido americanista.

Afortunadamente la presencia del Mossad había bajado, ya no era tan contundente como en la inauguración. Ya de la presencia israelí sólo queda el maestro Etgar Keret, creador de maravillosas turbulencias literarias, que ya prácticamente se ha nacionalizado mexicano.

¡A leer, nomás por joder al sistema!   

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