QrR

Jackie, bañada en sangre

Especial
Especial

Bouvier till her wedding day

shots rang out and the police came

mama laid me on the front lawn

and prayed for Jackie’s strength.

Tori Amos/“Jackie’s Strenght”

por Miguel Cane

La imagen de la joven primera dama aún está manifiesta en la memoria colectiva: a bordo del Lincoln convertible al lado de John, el hombre que es su marido, pero a quien ha tenido que compartir no solo con tantas y tantas mujeres —entre ellas Marilyn Monroe—, sino con el mundo entero.

Ser su mujer es una tarea difícil, pero ella es fuerte, carismática, elegante. Charles de Gaulle dijo que era el arma secreta ideal de su marido como presidente. Tal vez. Lo cierto es que ella es, en ese momento en Dallas el 22 de noviembre de 1963, tan o más querida que él, ataviada en fabuloso traje sastre de Chanel en rosa y negro. Recibe muestras de amor de la gente, la misma que lloró cuando hace meses murió su hijo prematuro, la misma que se volcará angustiada a las calles en unas horas más, cuando la señora Kennedy se convierta en la viuda más famosa del mundo.

Lo que ocurría en las cámaras nupciales de los Kennedy será, ad infinítum, objeto de incesante elucubración. Especialmente en lo que respecta a la espigada morena que se casó con el rubio heredero el 12 de septiembre de 1953, cuando él ya era senador de Massachusetts. Jackie fue la chica que captó la atención del país al ir embarazada —como María rumbo a Belén— siguiendo a su marido por el sinuoso camino hacia la Casa Blanca en el otoño de 1960, compitiendo con el soso Richard Milhouse Nixon, cuya lacia aunque cordial Pat estaba a años luz de parecerse a la Princesa prometida que convirtió, sin saber lo que haría siquiera, a Washington DC por espacio de tres años en un Camelot y a su marido en lo más parecido que ha tenido Estados Unidos a un Rey. A medio siglo de su magnicidio, sigue siendo objeto de polémica. ¿Quién tiró del gatillo? ¿Quién salpicó de sangre el hermoso traje que Jackie trajo de París?

Dallas ha crecido los últimos cincuenta años y pareciera no querer acordarse de que ese crespón negro la envuelve por default. Sin embargo, hay gente que lleva flores al lugar y todas las televisoras repiten aspectos de la película Zapruder, tomada in situ durante esos segundos en que el buen, simpático Jack se desploma sobre Jackie, bañándola en sangre y masa encefálica. Esos segundos en que ella, tan joven (34 años) grita horrorizada —uno solo puede imaginar su alarido—, imagen que dio la vuelta al orbe; y ni en esos segundos de pánico su característico sombrerito pillbox —accesorio inmortalizado por ella— se separó de su bien peinada cabeza.

La flama eterna sigue ardiendo en el cementerio de Arlington, donde John fue llevado a su última morada en uno de los más impresionantes despliegues de poder jamás vistos en forma de un funeral. Solo las exequias de la Reina Victoria —el 2 de febrero de 1901— y las de Lady Diana Spencer (1997) se hallan a la altura. Jackie cambió entonces su atuendo (el traje rosa no se lo quitó sino hasta llegar a la Casa Blanca) por un traje negro, con un velo sobre su cabeza y tomando de la mano a sus pequeños —Caroline, entonces de seis años y John-John, de trágico futuro, pero en esa mañana de tres recién cumplidos— permitió que la fotografiaran. Su figura de sereno desconsuelo y decoro a toda prueba se reflejó (y uno no puede evitar pensar que ella sabía) como la proverbial bofetada con guante blanco sobre los sucesores de su familia. Había terminado una época de oro en el país y se avecinaban los años más recrudecidos de la Guerra Fría.

La viuda —ahora sí— salió con majestad al frente del cortejo, escoltada por Bobby Kennedy, orgullo del nepotismo de su difunto hermano, que en pocos años lo seguiría primero en la ruta hacia las primarias por el Partido Demócrata y después al más allá. Su segundo matrimonio con Aristóteles Onassis en 1968 tuvo todos los elementos de una tragedia griega (incluyendo a una neurasténica hijastra que la odiaba; la inefable Christina) y terminó en 1975 a la muerte de él, convirtiéndola no solo en una viuda célebre, sino también muy rica. La señora no llegaría a ocupar su discreto lugar bajo la flama eterna hasta mayo de 1994, no obstante, Jackie, bañada en sangre, ya había pasado a la historia desde esta curva en una avenida poco transitada de Dallas, donde ocurrió el asesinato que cambió la cara del mundo en que vivimos. 


< Anterior | Siguiente >