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"Il pentito eroticus"

mundos para-lelos
(Karina Vargas)

“UN HOMBRE ESTARÁ SEIS MESES PRESO POR GRITAR AL TENER SEXO CON SU PAREJA
El insólito caso se dio en Italia, donde los vecinos lo denunciaron por sentirse acosados con sus largas sesiones de sexo desenfrenado”.
‘The Local’. 14 de abril de 2014.

Salvatore fue arrojado dentro de una pequeña celda de la comisaría de Santa Maria Di Gesù, ataviado con su pijama y pantuflas.

En la habitación solo había una cama y una mesa con un par de sillas, bajo la iluminación de una lámpara que colgaba del techo. Minutos después entraron dos agentes de civil: uno bien parecido y baja estatura, el otro enorme y con rostro de gorila.

El agente bonito ocupó una silla y con un gesto invitó a Salvatore a tomar asiento. Salvatore accedió con aire desconfiado. El gorila caminó lentamente de un lado para otro.

Salvatore miró a su interlocutor fijamente a los ojos y, mesando su cabello engomado, expresó: “Lamento haber molestado a los vecinos con mis exclamaciones de placer con mi pareja, porque Margherita es mi pareja formal, llevamos ya tres benditos años, aunque no estemos casados”.

El policía agraciado sacó un paquete de cigarrillos, jaló uno con los dientes y con una amable sonrisa le ofreció el paquete a Salvatore, quien rechazó con la cabeza. El agente horrendo hizo un rictus macabro: “Fumar solo después de montar una buena hembra, ¿verdad?”.

Salvatore lo fulminó con la mirada y escupió en el piso: “Capito. El número del policía bueno y el policía malo, ¿por qué conmigo? Soy un ciudadano trabajador, conduzco un taxi. Los vecinos les habrán dicho, ruidoso pero honorable”.

El agente hermoso lanzó una voluta de humo y aclaró: “Soy el teniente Rocca, mi colega el doctor Nicastro”. El gorilón se identificó mediante una credencial que lo acreditaba como catedrático de la facultad de psicología de la Universidad de Catania.

Salvatore se estremeció y tomó un cigarrillo de la cajetilla sobre la mesa: “Soy siciliano, apasionado, ¿qué quieren? Lo llevo en la sangre. Prometo ser más silencioso para la próxima”. Rocca hizo una mueca de aprobación y comentó: “Bonita pijama”.

Salvatore se levantó bruscamente y arrojó el cigarrillo: “¡¿Qué tiene que ver mi pijama?! ¡Ya dije que lamento el daño que le provoqué a mis vecinos! ¡Puedo presentar una disculpa pública si es necesario! ¡¿Porqué estoy aquí?! ¡Quiero a mi abogado!”.

Rocca señaló la marca en la camisa con el dedo: “Pijama Grassi. ¿Conoce al diseñador?”. Salvatore: “Me niego a hablar hasta que no esté aquí mi abogado”. Rocca: “¿Recuerda lo que vociferó mientras eyaculaba?” Salvatore: “Respetuosamente, apelo a mi derecho a guardar silencio”. Rocca: “Usted no gritaba cosas como ¡Mama mía, qué buena estás! ¡Qué rico, dame más! ni ¡Lo estás haciendo muy bien!, según sus vecinos, usted gritó cosas como ¡Libero Grassi, stronzo di merda, Salvino, Toto y el Gordo te enseñarán a cantarle el contrapunto a Santoro!”. Salvatore: “Uno grita cualquier cosa cuando está en éxtasis”.

El doctor Nicastro intervino: “Según Carl Gustav Jung, la psique es un organismo que revela sus significados más profundos a través de arquetipos ancestrales y, como bien agrega nuestro Giovanni Canevari, el inconsciente colectivo recoge temores y deseos de determinados grupos sociales, que en nuestra región es la Mafia. Usted, querido amigo, sencillamente cantó mientras se hallaba en un estado irracional”. Salvatore soltó una carcajada y agregó: “Qué tontería. Que use una pijama Grassi no prueba nada”.

Rocca recostó su cabeza sobre sus manos: “Libero Grassi publica una carta en el Giornale di Sicilia, denunciando extorsiones a su fábrica, luego se presenta en el programa Samarcanda, entrevistado por Michele Santoro, donde agrega el robo de un camión que transportaba sus pijamas. El 29 de agosto de 1991, a las siete y media de la mañana, mientras sube a su auto recibe tres tiros en la puerta de su casa y a partir de ese momento se esfuma Salvino Madonia, ¡que coincidencia! Lo busca el Arma Dei Carabineri, pero no lo encuentra en ninguna parte, desparece cual Coriolano Della Floresta. Lo curioso es que usted haya mencionado a estos personajes durante sus alaridos de placer”.

Salvatore recuperó el aplomo y tomó asiento, encendiendo otro cigarrillo: “¿Saben qué? Fingí el orgasmo. De verdad, Margherita ya no me excita para nada. Hago el amor con ella porque siento lástima, su familia me ayudó para comprar el taxi, pero nada más. Pregúntenle a doña Ángela, propietaria de la trattoria de la esquina, su cocinera y su mesera son mis amantes, ella lo sabe, y también me desea, pero no es mi tipo. Si fingí el orgasmo, nada de lo que grité tiene validez jurídica. Déjenme ir y cuando sepa algo sobre el asunto que los tiene tan inquietos juro que cooperaré con la justicia. Lo juro. Soy persona de palabra”.

Rocca y el doctor Nicastro intercambiaron una mirada, este último se dirigió a Salvatore: “Usted padece una variante de agrexophilia que en la medicina legalista siciliana conocemos como il pentito eroticus. La Direzione Investigativa Antimafia nos autorizó emplear métodos más persuasivos para que colabore. Por lo que nos permitimos traer a la Camorra di Napoli”.

A Salvatore se le cayó el cigarrillo de los labios cuando entró a la celda una exuberante mujer de ropa entallada, contoneándose en sus zapatos rojos de tacones altos, quien tomó asiento en la orilla de la cama, invitándolo con un gesto a sentarse junto a ella. Salvatore comenzó a sudar copiosamente: “Por favor, no me hagan esto, no puedo resistirme a los zapatos rojos… ¡Por piedad, sáquenla de aquí! ¡Sáquenla o soy hombre muerto!”.

Rocca apagó su cigarrillo, guiñándole un ojo: “Por lo visto, la Camorra provocó en usted el efecto deseado”. El doctor Nicastro soltó una risita: “Eso, o usted oculta en sus pantalones una K-62”.

Los agentes vestidos de civil se levantaron y abandonaron la celda, en la cual se escucharon los incipientes ronroneos de Salvatore, con música de reggae de fondo.

Rocca y el doctor Nicastro ocuparon la habitación contigua, donde un oficial operaba una grabadora que registraba los sonidos de la celda. Tras unos chasquidos de besos y roces de ropa, siguieron unos gemidos que aumentaron de volumen, hasta que Salvatore gritó: “¡Leopoldo Tomiselli, del mandamento de Acquasanta, sobornó al comandante Tommaso Giannetti de Siracusa, quien disfrazó a Salvino de turista anciano en el Valle Dei Templi y lo sacó en un grupo rumbo a Roma, con pasaporte falso, esperando la oportunidad para reunirse con Trinitolueno Castronovo en Brooklyn! ¡Brooklyn! ¡Brooooklyyyyyn!”

Desde la celda contigua se escuchó: “¡Cállate, vaffanculo!”. Y después un largo silencio.

En Palermo jamás volvieron a escuchar a Salvatore, aunque algunos hombres de respeto juran haber oído sus estruendosos gritos en diversos hoteles de Las Vegas.  

 Rafael Tonatiuh

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