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‘Hotel Estrella y Media’

El sexódromo
(Sandoval)

EL SEXÓDROMO
Verónica Maza Bustamante


Viernes por la noche. Dirijo mis pasos hasta el Foro Shakespeare, en la calle de Zamora, colonia Condesa, del lluvioso De-efe del alma mía. Bien acompañada de mí misma, pido en la taquilla un boleto para entrar al Hotel Estrella y Media. Me lo dan. Me indican que la puerta está a lado, en el Foro Urgente 2. No sé cuál palabra me incita más, si la del “cinco letras” o aquella que habla de apremios.

En el portal, otras personas esperan. No todas parecen ser pareja. Sin darme cuenta me coloco en medio de todos. Un hombre se acerca. Pregunta quién viene con quién. “Yo vengo sola”, le digo. Me pide que me una a otras cuatro y nos entrega una llave de hotel. Sonreímos en complicidad. No importa si somos más mujeres que hombres en el quinteto; una chica sostiene la llave mientras vemos cómo se van conformando otros grupos de tres, de cuatro. Nos dan la bienvenida abriendo el acceso a unas escaleras. Justo donde terminan, hay una mesa con vasitos de anís. El hombre dijo que podíamos tomar los que quisiéramos, para “aguantar” lo que viviríamos, así que todos tomamos uno. La chica que lleva la llave la introduce en la cerradura.

¿Qué habrá detrás de la puerta? ¿A dónde se habrán ido los otros?, me pregunto, mientras nuestra acompañante lucha por abrir. Cuando lo logra, ingresamos a una habitación de hotel que pudo haber sido de medio pelo hace 50 años. Hoy luce decadente, decrépita, pero a la vez con un encanto difícil de describir. Alrededor de la cama y las mesitas de noche hay unas sillas. Conforme vamos entrando, nos sentamos.

En la cama matrimonial una pareja retoza en ropa interior. Platican en voz baja, juguetean, se sirven alcohol. La música suena e impide escuchar la conversación. Es imposible determinar si en la concurrencia hay algún o alguna voyerista, pero si es así debe estar feliz.

A los pocos segundos, otras llaves suenan. Se abren otras puertas que dan al mismo lugar o, al menos, eso parece. Los asientos se ocupan. Un cuarteto tiene que pasar a un lado de la cama para ubicarse frente a los que llegamos antes, de tal manera que tenemos la escena principal más la posibilidad de ver otros rostros, mudos, ajenos, cuyas expresiones quizá sirvan de espejo para nosotros, los del otro lado, quienes nos movemos inquietos cuando la música baja y las voces de la pareja se hacen audibles.

Son José y Esther. Amantes. Pero no de esos a la antigua, sino de los que se joden en el colchón. No de la manera más sabrosa. Sus diálogos son ácidos, duros, se molestan entre sí. Eso me choca más que su semidesnudez o la visión colectiva de un espacio íntimo. ¿Por qué se tratan así? ¿Qué no se supone que dos que llegan a un hotel de paso —y más si están ahí por gusto, no por obligación o rutina— deberían estar extasiados, deleitados? Aquí parece que no es así, y a mí, que me dicen hedónica, me cuesta trabajo entenderlo. Ambos son guapos, andan quizá en sus treintas, se nota que él es de posición económica holgada y eso, se percibe, parece que le da derecho a maltratar a la chica. Surge el llanto. Ella le pide que deje a su mujer. Él se niega. Tampoco quiere dejarla a ella. Ama a las dos. Es, hasta ese momento, the same old story. Entre besos y reclamos se visten. Abandonan la habitación.

Los asistentes aprovechan para beber un poco de su anís. No se escucha el trago gordo que cierra las gargantas debido a la música de fondo, pero seguro se da. La puerta se abre de nuevo. Un hombre con corbata de moño y actitud nerviosa y ridícula aparece. Coloca regalos sobre la cama, se muestra nervioso. Emocionado. Una rubia irrumpe en la habitación. Esbelta y de rostro juvenil, es como un remolino. Se le monta, le reclama, lo demerita, suelta algunas frases que suenan a cliché. Él no puede más y hasta nuestros ojos parece que la penetra sin llegar siquiera a quitarse la ropa. Cinco segundos después termina. Se separan. Ella es Anabel, la esposa de José. Él es Sebastián, su mejor amigo y su asalariado. Son amantes.

En una vuelta de tuerca, nos enteramos que Anabel incitó a José para que se ligara a Esther. José a Anabel para que provocara a Sebastián. Pero aún hay más: José también desea a Sebastián. Y tienen el dinero más el poder suficientes para lograr que les cumplan sus antojos. El tiempo pasa mágicamente; de pronto tenemos a los cuatro en esa misma habitación de hotel de una estrella y media tratando de llenar sus vacíos, de volver a desear, de experimentar, de ser crueles, absurdos, ilógicos, de entrarle todos con todos, unos por el simple hecho de que lo pueden hacer, otros por necesidad, poca autoestima, confusión, soledad. Lo que pasa después es un subibaja de emociones que incitan al espectador a tomar partido en silencio, a asombrarse o determinar qué está pasando ahí hasta que el final llega y el cuarto se queda vacío. Silencio. Silencio. Silencio.

Han pasado justo 69 minutos. Las luces se encienden. Un pequeño espacio teatral cobra vida. Acabamos de ver una puesta en escena. Los actores aparecen de nuevo. María José Jiménez (Esther), Xana Sousa (Anabel), Roberto Guerra (Sebastián) y Javier de la Vega (José). Los aplausos suenan contundentes. A la sombra del lugar están Hiram Molina y Eloy Hernández, los directores de Hotel Estrella y Media, obra de teatro que lleva unos años en cartelera, de manera intermitente y con diversos actores (aunque los actuales llevan esta temporada juntos), explorando lo oscuro del amor y el erotismo.

Escrita por Molina, tiene altibajos y aciertos, lo mismo que las actuaciones, aunque en general me parece que acabo de ver una buena función. ¿Cómo será ir en pareja? Mi soledad de ese momento no me permite experimentarlo, pero mi especialización hace que me enfoque en uno de los temas: el sexo y el amor como arma para controlar a los demás. A veces, el desnudarse, el desnudar a los demás, es un acto de poder. Mucho más común de lo que creemos o quisiéramos.

Le comento a Xana Sousa que eso es lo que más me gusta del libreto. Entiendo que se mete con el asunto swinger, el de los amantes, con la bisexualidad. Pero lo que más me sacudió fue el aspecto sórdido del deseo que plantea. A simple vista parece que hay consenso: en términos rigurosos, nadie obliga a los demás a encerrarse en el cuartucho, a meterse de todo y sin medida (literalemente) para anestesiarse. El matrimonio luce, a ratos, sólido; hasta amoroso. Sus deseos son comunes, pero lo que en realidad les excita, teniendo todo lo material que anhelen en la vida, es poseer en el sentido completo de la palabra a otros seres humanos. Usarlos, desecharlos a su antojo, aunque en el fondo eso no les deje un placer real o duradero sino, por el contrario, termine aburriéndolos.

La cercanía de los actores casi en cueros con el público puede ser perturbadora. Es un reto actoral. Xana me explica que habitualmente el papel de Sebastián lo interpreta Gabriel Hernán, pero por el momento lo hace Guerra. Con el paso de los meses han ido modificando algunos detalles de la estructura, de las actuaciones.

El próximo viernes 29 de agosto habrá dos funciones de Hotel Estrella y Media: 21 y 22:30 horas. Todos los viernes de septiembre, a las 21 horas. El precio de entrada es de 200 pesos, y el lugar, el Espacio Urgente 2 del Foro Shakespeare (Zamora 7, Condesa, DF). Si se animan a entrar en esa habitación, se darán cuenta de que, en una de esas, deberían quedarse ahí para siempre.  

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