QrR

Herodes recargado

Time: Dictadura perfecta
(Especial)

EL ÁNGEL EXTERMINADOR
Iván Ríos Gascón


La ley de Herodes (1999) perfiló a Luis Estrada como el director más osado e irreverente del cine nacional, porque la desternillante fábula de la monstruosa evolución de un político trepador en un pueblucho miserable encalado en el desierto terminaba por tejer una brillante metáfora de todo México. En cuestión de usos, perversiones, códigos y costumbres de la grilla posrrevolucionaria e institucionalizada, a La ley de Herodes no le falta nada: la maldición de la silla embrujada (Zapata dijo: “En México, la silla presidencial está embrujada. Cuando un hombre bueno se sienta en ella, se vuelve malo”, por eso se rehusó tajantemente a sentarse en la butaca del Ejecutivo y le cedió el lugar a Pancho Villa en la foto que Agustín Víctor Casasola tomó en diciembre de 1914, pero esa es otra historia, y en la cinta de Estrada la silla es una poltrona patética por harapienta, por menesterosa: el asiento es de una presidencia, sí, pero municipal), la maquinaria del moche, el deporte del fraude electoral, la puñalada trapera, las relaciones peligrosas (y desventajosas) con los gringos, el abuso de autoridad, los crímenes de Estado, el complot, los chivos expiatorios, el enriquecimiento obsceno, el estilo patrimonialista de gobierno, el escarceo con el crimen organizado y, vamos, hasta la obsesión por la permanencia voluntaria: en el clímax de su locura y deshonestidad, Juan Vargas (interpretado hábilmente por Damián Alcázar, lo que lo haría desde entonces el actor fetiche de Estrada) decide modificar ni más ni menos que la Constitución, para permitirse una cómoda, ventajosa e indefinida temporada en el poder.

Impecablemente divertida y desoladora al mismo tiempo, pues el relato traza un círculo perfecto, un periplo de 360 grados en la narrativa de la realidad de este país, y pieza excepcional del cine mexicano de aquellos años, encasillado en la comedieta insulsa o los montajes de lirismo acartonado, a La ley de Herodes la ungió, también, un elemento novedoso: a Estrada no le tembló la mano a la hora de referirse a sus ilustres homenajeados, y el PRI es el PRI, el PAN el PAN, ahora sí que el director aplicó la máxima de “las cosas como son”.

Tras otra película menos afortunada, Un mundo maravilloso (2006), en que Alcázar interpretó a un tal Juan Pérez que consigue extorsionar al gobierno con un intento de suicidio “provocado” por su pobreza extrema, Estrada volvió a cimbrar al público con El infierno (2010), hasta el momento su definitiva obra maestra, sobre el narco-Estado en que vivimos (imposible no pensar de otra manera si Michoacán o el infausto episodio de Ayotzinapa no nos dan otra evidencia), y las delirantes peripecias delincuenciales de Benny García (Alcázar) y El Cochiloco (Joaquín Cosío), volvieron a recrear un agudo cartón político cuyo desenlace es simbólicamente colosal: en la ceremonia del grito de Independencia, Benny García le aplica la ley de Herodes a don José Reyes (Ernesto Gómez Cruz), el narco del pueblo convertido ya en presidente municipal, y a sus respetables acompañantes: un general, el sacerdote, un policía y un representante del gobierno federal. ¿Así o más claro?

Con estos antecedentes, las expectativas de La dictadura perfecta eran muy altas. Centrado en un principio en la prácticamente imbatible penetración sociocultural e ideológica, en la influencia, la arrogancia y la amoralidad de los consorcios mediáticos, porque en todo caso aquello de la dictadura perfecta no lo ostenta un partido o un grupo político sino las televisoras, Estrada se extravía en el argumento, se enfría y se embrolla en la trama que apenas alcanza a esbozar la picaresca de un sistema cínico y corrupto, sí, pero ingenuo y patéticamente elemental: el góber Carmelo Vargas (Damián Alcázar but of course) es ventaneado en el noticiero estelar de televisión mexicana a través de un video que lo muestra recibiendo una maleta rebosante de billetes de manos de su compadre El Mazacote (Hernán Mendoza), el narco del pueblo. Como medida de control de daños, sus asesores le recomiendan adquirir un billonario paquete de promoción política con la televisora. A partir de este momento, las experiencias del productor Carlos Rojo (Alfonso Herrera) y del reportero Ricardo Díaz (Osvaldo Benavides), elegidos personalmente por el jefe de la empresa (Tony Dalton) para llevar a cabo la difícil encomienda de limpiar la imagen de ese góber súpertransa, super malo, supervengativo y superlujurioso, serán como un terrible viaje por todos esos extraños y alucinantes mundos que hemos tenido que cruzar en los últimos años: foxilandia, calderolandia y peñalandia sin escalas.

Réplica quizás involuntaria de La ley de Herodes, en La dictadura perfecta se repiten dos situaciones: el pleito encarnizado entre el góber y el Mesías (Joaquín Cosío), líder de la oposición conservadora que ahora no tiene nombre pero es igual de santurrona, hipócrita y corrupta como, bueno, como ya todos sabemos qué partido político se ajusta a esa descripción, y la manera en que se resuelve dicho entuerto, a través de una acusación de pederastia, exactamente como Juan Vargas lo hizo con el doctor afiliado al PAN interpretado por Eduardo López Rojas, aunque eso es algo menor, quizás a la hora de escribir el guión a Estrada y a Jaime Sampietro los traicionó el subconsciente, porque lo que malogra a la película es el pitorreo simplista en los referentes más obvios del Estado fallido: las ligas de René Bejarano, el copete presidencial, los colgados en puentes carreteros, el secuestro de las gemelas en alusión al triste y vergonzoso caso de la niña Paulette, y la impunidad, la impunidad, la impunidad, donde lo que desaparece, se esfuma sin remedio, es el desplante, la grosera autocracia de la televisión que si no impone presidentes, al menos consigue atornillarlos fuertemente en el imaginario de los analfabetas funcionales, los desinformados, los conformistas. La dictadura perfecta de tan larga se queda corta (le habría caído bien una edición más precisa y no colgarse tanto, por ejemplo, en la trama del secuestro) y de tan reiterativa se desgasta rápidamente, quizá porque Luis Estrada no quiso arriesgarse y prefirió apegarse a la fórmula del éxito seguro: un Herodes recargado.  

< Anterior | Siguiente >