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El gran amigo que nunca conocimos

Cerati
(Sandoval)

EL ÁNGEL EXTERMINADOR
Verónica Maza Bustamante


Primavera del 2007, Foro Sol, Ciudad de México. Noche. Miles de personas se abrazaban mientras las luces del escenario daban color a sus rostros emocionados. Ahí arriba, en el centro, se encontraba Gustavo Cerati. Vestido con una sencilla camisa de mezclilla oscura coronada por un botón con forma de estrella, cantaba temas de Fuerza Natural, Ahí vamos, Siempre es hoy, Bocanada y tres de las que compuso con Soda Stereo.

Muchos lloraban en compañía de sus amigos, de sus parejas (y, a la vez, tan en el anonimato que dan las muchedumbres). Cada quien sus dramas, sus ganas, sus impulsos. Pero esa magia tenía el argentino: independientemente de ser un genio de la música, Gustavo logró, con sus letras y su voz, meterse en el ser de quienes lo escuchábamos con frecuencia, de las almas que asistían a sus conciertos. Sus canciones forman parte del soundtrack de nuestra vida. Fue —lo será por siempre— ese gran amigo que nunca conocimos, ese camarada que parecía saber de nuestras vidas y, al cantar, llenarnos de consejos, reflexiones, esperanzas o duelos, a pesar de nunca haberle dado la mano, haberle mirado a los ojos o lanzar carcajadas a su lado.

“Todos los de las generaciones que crecimos con su música tenemos una canción de Cerati solista o en Soda que nos ha marcado”, me dijo una amiga el día que murió y tiene razón. Cuatro décadas de composiciones conforman un legado tan vasto que debería dar pena, en su final, usar únicamente dos de sus frases para despedirlo: “Gracias totales” y “Me verás volver” (lo cual me parecería una tortura. Si finalmente se fue por completo, ¿para qué querría regresar?).

 El Gustavo que fue mi amigo, con el que me senté largas noches a establecer un diálogo música-mente-corazón sin que estuviéramos uno frente del otro de manera física, era un hombre intenso que amaba con fiereza, sufría las separaciones con dolor pero con esperanza, a veces difusa, confundida, pero siempre liberadora. Mi cuate Cerati era muy sensual; poseía una idea del erotismo que, según dejó vislumbrar en varias canciones, estaba cerca de las prácticas de sumisión y dominación, del hedonismo, del placer sexual y sensual. Lo recuerdo como ese hombre guapo, entrando en la madurez corporal, un divertido aventurero que sabía burlarse de sí mismo, disfrutar de los placeres como en el singular video de su canción “Paseo Inmoral”.

Desde su primer álbum, Soda Stereo (1984), nos hablaba del encanto de esas noches locas que vivió hasta que ya no pudo continuar: “Manchas en el techo/ bailando hasta cambiar la piel/ sorbiendo esa poción salvaje/ afrodisíacos, afrodisíacos” (como sueño premonitorio de sus días en Viagra, que salieron a relucir con su muerte). Esta experiencia de viajar como en un rayo la plasmó en “Ni un segundo”: “No sé, mi amor/ no sé muy bien si es que te quiero o es que/ ya no nos queda ni un segundo/ y no te has desvestido aún”.

En el segundo disco, Nada personal (1985), el amigo Cerati ya estaba instalado, sin vergüenza, en su experiencia como explorador del placer: “Voy a ser tu mayordomo/ y gozarás el rol de señora piel/ o puedo ser tu violador/ en la imaginación/ esta noche todo lo puede/ te llevaré hasta el extremo/ te llevaré/ abrázame/ este es el juego de seducción”, cantaba de una manera tan directa, con una melodía tan intensa y unos acordes inolvidables que los adolescentes nos agitábamos sin entender bien a bien por qué, con el deseo apenas aflorando ante la posibilidad de ser llevados hasta el extremo. Ese tema, tan educativo para las parejas de todas las edades, la siguió cantando el músico en sus conciertos como solista y en la gira de reunión de Soda Stereo, quizá porque nunca serán malos consejos los que da al sugerir entrarle en los juegos de rol: “Estamos solos en la selva/ nadie puede venir a rescatarnos/ estoy muriéndome de sed/ y es tu propia piel/ la que me hace sentir este infierno”.

En 1990 llegó Canción animal, el disco más sexual de Soda, no solo en su lírica, sino también en su música, más roquera que la de los álbumes anteriores. Su portada, con un par de leones copulando, fue prohibida en varios países, y en la contraportada del acetato se podía leer la frase: “Y para mayor placer animal, escúchalo a todo volumen”.

Con sus canciones, mi carnal El Tavo me hizo pestañear e imaginar lo que pasaba, en aquellos años, al amparo de la luz de un autocinema, y me enseñó que a veces sobran las palabras pues gemir es mejor. Me reveló el hipnotismo que puede tener un flagelo y, en plena efervescencia sexual, jadear el nombre “que mata”. Más que con Sabina o Serrat, más que con Led Zeppelin o Queen (bendito idioma español), con Soda Stereo aprendí —a principios de los noventa— que se puede vivir el amor como si fuera de música ligera y quizá desde entonces, de manera inconsciente, asumí mi ahora frase de batalla que invita a “apechugar el resultado de nuestros antojos consensuados”. También sembró las raíces del perdón cuando se ha amado: “Un nuevo acorde te hace mirarme a los ojos/ aún tengo al sol para besar tu sombra/ hoy caí al dejarte sola/ ya pague por quebrar la calma”.

Pero fue con Bocanada(1999) con el disco que se volvió mi mejor amigo por unos meses, mi compañía, mi paño de lágrimas, mi esperanza de construir nuevos puentes. Organizaba tertulias en su compañía fantasma, conjugaba el “Verbo Carne”, me subía a su viaje para dar con él un “Paseo inmoral”. Ahí, caminando bajo la lluvia, entrando en tugurios, armando jolgorios, amaba que me dejara así, en la divina obscenidad, sin librarme de él gracias a su Siempre es hoy (2002).

Con Cerati me enamoré, con Cerati lloré los crímenes de amor, con Cerati aprendí que decir adiós es crecer. Ahí vamos (2006), me dijo. Le creí. Lo seguí hasta su Fuerza natural (2009), me perdí de ver en persona su sonrisa en una cabina de radio debido a mi embarazo avanzado y le dije hasta luego hace cuatro años.

Hoy pongo un acetato de Soda en mi tornamesa. Me siento a escuchar su voz. Hay carnales que te van a acompañar siempre, hay amores eternos. Las lágrimas son inútiles, supongo que diría a todos los terrícolas que le chillan. “No morirá lo que debe sobrevivir/ a una terapia de amor intensiva”, me dice al oído. Yo le sonrío y me dejo llevar por su propuesta, pues uno debe siempre confiar en los amigos, aunque no los haya conocido nunca en vida.

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