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El Gran Rivero

Parecía que alguien le estaba jugando una broma al reportero.

Al llegar al sitio donde se efectuaría la velada, se presentó con un amable ciudadano que custodiaba la puerta de ingreso. 

—Vengo de MILENIO.

—Ah, pase usted, lo estábamos esperando.

Declaración que si bien confundió al primero, se quedó corta ante el hecho de que su anfitrión lo escoltara hasta el centro de una estancia donde Jorge Rivero irradiaba luz y energía hacia una audiencia conformada por queridos conocidos y colados. “Señor Rivero, este señor viene a entrevistarlo”, le anunció quien después sabríamos es el empresario Roberto Yacar.

El defeño, ya con doble nacionalidad, vino a México para terminar los detalles de su biografía autorizada, Un Adán y muchas Evas. La vida de Jorge Rivero, que redacta junto al escritor Guillermo Seguin. Además, aprovechó para promover El crimen del Cácaro Gumaro, cinta donde interpreta a Jorge El Pajarero.

En la rueda de prensa de la cinta, donde se le asignó un lugar al final de una larga mesa, el actor radicado en Los Ángeles se sorprendió primero y conmovió después cuando, al final, todos los reporteros se agolparon a su alrededor, ignorando a los demás invitados. ¿El nacimiento de un actor de culto?

Con solo tres medios de comunicación presentes en el brindis, el reportero de MILENIO Diario aguarda su turno para la entrevista y se atreve a sentarse junto a Isaura Espinoza, una de las actrices que más lo erotizó en su juventud y a quien Rivero recibió esa noche con un emotivo y prolongado beso en la boca. Nervioso y emocionado por estar junto a la más hermosa de Las 7 Cucas, el entrevistador la escucha alabar todo el tiempo al festejado: “Con él hice mi primer desnudo en cine, nos metimos debajo de las sábanas sin ropa y nunca abusó”. El reportero no puede dejar de admirar su ensayada actitud un poco zafada, decididamente extrovertida e irremediablemente sensual, y casi la quiere abrazar por haber superado el cáncer. Aunque no recuerda en qué cinta de Rivero sucedió lo narrado, rozar sus rodillas con las de Isaura es uno de los más sencillos, pero considerables logros en la carrera del redactor.

Finalmente, se sienta frente a Rivero, pero a punto de iniciar la plática, llega Isela Vega a despedirse de su “gran amigo”. Le dice: “Querido, me retiro, pues mañana viajo al interior de la República”.

Jorge se decepciona un poco, y enseguida canta el inicio del célebre bolero que dice “tanto tiempo disfrutamos de este amoooor, nuestras almas se acercaron tanto así”. No acaba la estrofa por los gritos de los demás.

Isaura Espinoza: Jorge, es que no nos cansamos de decir que eres un actor vigente, guapo, inteligente, todo lo que se pueda decir de ti en sentido positivo es poco.

Isela: Jorge, te tengo que agradecer que hayas sido un gran compañero, pero sobre todo te agradezco que me hayas enseñado Acapulco. Esa no se la sabían, ¿verdad? Es que tenemos tantos recuerdos, tantas cosas que compartimos.

Jorge: Cállate la boca, ¡uffff!

Isela: Quiero revelarles aquí un chisme. Jorge y Betty, su mujer, adoptan animalitos en malas condiciones y en su casa les dan una vida ejemplar. Eso refleja la clase de ser humano que es.

Isaura: Y cuya frase maestra es “para morirse hay que estar bien”.

Isela: Así es, el doctor le acaba de hacer unos análisis y le dijo: “Estás muy bien, te vas a morir, pero sano”.

¿POR QUÉ SE FUE?

Una mañana, en la primavera de 1984, dos apuestos cuarentones, de nombre Jorge y apellidos Rivero y Luke, subían por las escaleras de los productores en los Estudios Churubusco. El padre del segundo, a quien todos conocían como “El señor Segura”, salió a su encuentro con funestas noticias: “Señores, esto (el cine) se acabó; váyanse buscando otra cosa qué hacer”.

En esta parte de la entrevista Jorge confunde las fechas y afirma que en ese momento le habló a su agente en Estados Unidos y que éste le consiguió actuar en la serie Centennial, pero la verdad es que dicha serie se grabó en 1978, cuando él aún era uno de los más emblemáticos sex symbols del cine mexicano.

También destaca la suerte que tuvo en 1970 tras grabar Rio Lobo; con el estelar John Wayne enfermo de cáncer, el capitán Pierre Cordona (su personaje en esa cinta) tuvo que realizar la gira de promoción. Ahí lo descubrieron y casi raptaron los productores italianos con los que realizaría una serie de cintas en el género spaghetti western.

A sus 76 años, Rivero está muy cómodo con sus memorias y disfruta al recordar anécdotas. Cada que puede, se avienta hacia atrás en su silla, abre los brazos y mira al cielo como para magnificar un episodio de gran fortuna. O suelta discretas carcajadas ante la ocurrencia de los cineastas gringos que quisieron rebautizarlo como “George Rivero” y los italianos que lo llamaron “Giorgio”. Recuerda parlamentos en italiano o en inglés y relata con harta picardía el parlamento que le tocó decir frente a una guapa mujer en la cinta que se estrena mañana. Nunca deja de sonreír.

Le pregunto si no le parece injusto que varios lo relacionen con el cine de ficheras, pero deja pasar la insidia y se vuelve a emocionar. “Fue una de las épocas más fregonas en mi carrera, pues significó un rompimiento a la moral con que nos habíamos conducido como país. El famoso destape. Era muuuuy divertido hacerlas con la Sonora Santanera en su mejor momento, Sasha Montenegro en biquini, La Corcholata Carmen Salinas, Rafael Inclán, Lalo El Mimo…”.

Le digo que era el mexicano más envidiado por salir en una alberca besando los senos a dos vedettes. Por supuesto que no recuerdas sus nombres, reafirmando la etiqueta de caballero que repiten sus amigas en esta reunión. Pero tampoco es un santo.

Y lo notamos porque la entrevista vuelve a ser interrumpida, ahora por la actriz Paty Muñoz, cuyas licras a rayas blancas y negras parecen no poder contener sus  caderas. Viene a tomarse una foto con el festejado, que junto al reportero dedica tremenda escaneada a la hermosa mujer. La lujuria sigue intacta, por fortuna. “Es que es mi ídolo”, dice la ex Big Brother mirando al reportero como buscando una disculpa.

Más invitados se acercan para su foto del Feis, y la charla tiene que concluir.

—¿Aún tienes tu lavadero, insiste su interlocutor ya para dejarlo en paz.

—Tócalo —lo reta.

El metiche pasas sus dedos sobre el abdomen duro.

—Te ves bien, Jorge.

—Creo que tiene que ver con una sola cosa: nunca me he tomado la vida tan en serio.

El reportero quiere llorar, quiere llorar.

Juan Alberto Vázquez

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