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Godzilla, 'big in Japan'

Godzilla
(Apache Pirata)

Todo en el mundo está tan caótico y decadente, y por lo tanto tan al borde del abismo, que no estaría mal que Godzilla se nos apareciera nomás para poner orden y progreso en formatos destructivos más serios que los de un Apocalipis zombie al que siempre le sobrarán ambiciones de telenovela y le faltará rigor mortis.

Como que ya nos hace falta una nueva bestia que no requiera de rieles para cometer salvajadas portentosas que nos saque del marasmo en Michoacán, Morelos, Tamaulipas, Guerrero y varios más.

Por eso el próximo estreno de la nueva versión de Godzilla en su apretado corsé hollywoodense (hace diez años fue un estropicio triste, por no haber dejado que los nipones expertos en Gojira le metieran a la producción algo de su terror radioactivo) se espera con cierta ansiedad entre quienes su educación sentimental en buena medida está basada en las evoluciones mayestáticas y de desastre que dejaba a su paso esta bestia que nunca documentó nuestro optimismo, sino nuestras pesadillas más edulcoradas en formatos manga y anime.

Parte del plan secreto del imperialismo del Sol naciente para vengarse de sus derrotas y las explosiones atómicas que le recetaron desde el Enola Gay, era algo que al final se logró: volvernos  adictos a la naturaleza desmesurada de sus criaturas, bestias y sus artificios concebidos desde una cultura consumida por obsesiones y traumas, terapias y fugas. En ese paquete, junto con Ultraman, Ultraseven, la Señorita Cometa, Astro boy, Goldar, Marino y la patrulla oceánica, venía Godzilla que era de suyo atemorizante desde que lo veías en todo su corajudo esplendor en los stills que se exhibían en la entrada de los cines, vomitando rayos desde sus hambrientas fauces, mientras aplastaba con lo impúdico de sus garras descomunales a la masa histérica que se replegaba en estampida ante los edificios que iba desmembrando aleatoriamente a su paso.

A diferencia de lo que afirmaba Monsiváis, los mexicanos fuimos en algún momento parte de la primera generación de nipones paranoicos nacidos en México. Aún recuerdo en la primaria, la profunda envidia que me producía un extraño compañero que era capaz de dibujar con particular maestría escenas de Godzilla en estado incontenible y letal, que la factoría Toho no hubiera sido capaz de imaginar porque no padecían las noches en vela templando historias de destrucción masiva en la Torre Latinoamericana del género kaiju. Era la edad de la inconsciencia en que te atemorizaba más un ser desgobernado y bárbaro, producto de la insensatez humana que jugaba con fuerzas que no podía controlar, a la guerra fría que a pesar de su cercanía concreta, parecía solo involucrar a Nixon y a Brezhnev con su índice en espera de presionar el botón rojo.

Esos basiliscos nutrían con severidad las historias imposibles de nuestros sueños-martirio que retornan con la eventualidad arbitraria de los miedos como terapia ocupacional, donde entes regurgitantes, protoplásticos, rabiosos, sáuricos hasta la saciedad, cuajadas de gruñidos y vocación caótica, cuya función era la de abandonarnos bajo las sábanas con el alma pendiendo de sus azufrosas lenguas, en espera del mandibulazo final.

Con los seres torbos que nos recetó Guillermo del Toro en Pacific Rim, ya todo nos parece poca cosa, pero cuando se vio por primera vez la batalla entre Godzilla y Montrha (mejor conocida como “La Cosa Monthra”, una especie de gusano gigante con apetitos malsanos), Anguirus o a Meka Kong, supe que aquello se me quedarían anclado en la memoria a la manera de un tatuaje existencial.

Imbatibles miriadas de criaturas nada morigeradas made in Japan, hechas con los materiales bizarros de la hiperviolencia que con verdadera voluntad democrática desmantelaban todo con lo rasposo de sus garfios y garras, lo mismo que viviendas de interés social que rascacielos, orgullo de las multinacionales japonesas cuya posmodernidad nos rebasó por la derecha como una Katana en la carretera.

Godzilla, padre y madre de todas las teratologías de fin de siglo, de Tiburón a Orca, pasando por el Tiranosaurio Rex y velocirraptores que lo acompañan, cuya rabia desatada no conocía ni fronteras ni letargos. Hijo putatitivo de Hiroshima y Nagasaki, engendrado desde el vientre del Enola Gay que, al soltar la bomba bautizada como Little boy, propiciaba una devastación inconmensurable cuyas secuelas pavorosas transforman al mundo en fábrica de freaks: humanos tullidos, aberraciones biológicas y un catártico rompe esquemas fundamental, Gojira por su denominación kamikaze (Gojira: unión de dos palabras, gorila y ballena), que ve la luz desde la muerte nuclear, desde una horfandad irreversible de átomos liberados y libertinos.

Godzilla, como el resto de los fenómenos de su especie, nace de un horror convertido en especulación romántica. Al igual que Drácula, se desliza por la oscuridad solo para recordarle a Dios, cual venganza, las posibilidades de su soberbia creativa, cual estentóreo Moby Dick 4x4, transita los mares en busca del Capitán Ahab que habrá de clavarle los arpones definitivos que le darán sosiego a su alma llanera.

El monstruo solo tiene presente; es lo que destruye.

Esos ejercicios de demolición apuntalan, sin duda, el atractivo que Godzilla siempre ha ejercido sobre los espectadores. A diferencia de Kin Kong, cuya fiereza indómita es domesticada por el amor (y en nombre de éste es capaz de sacrificarse, primero por Fay Gray,  luego por Jessica Lange y Naomi Watts, quizá porque no sabía que los gorilas no deben llorar por una mujer que ha pagado mal), la fascinación por la figura de Godzilla radica en lo primitivo de su perfil. Es un natural born killer incapaz de experimentar remordimientos como Mickey y Mallory Knox, que traen el demonio en el cuerpo (Radiguet & Hutchence dixit).

De ahí que Ishiro Honda, templario de la cinematografía godzilliana, derrapó en la tentación de confrontar a estos campeones de la sin razón apasionada, no por un simple acto pugilístico, sino en el encuentro del amor en los tiempos de la cólera (King Kong), y la demoatración de que los bárbaros —contra lo que afirma Cavafis— no tienen un plan (Godzilla).

Lástima que esto haya sido traicionado en la versión de 1998 (aplaudámosles a Emerich y a Devlin), donde de pronto Godzilla descubre un cierto sentimiento maternal-paternal tan decepcionante como cursi. Aquí, la lagartija hiperdesarrollada cambia su naturaleza feroz por un acto sentimentpaterna parece contribuir al 10 de mayo.

Y me imagino lo que experimentaron lo creadores de la leyenda de Godzilla. Tomoyuki Tanaka; Eiji Tsuburuya, especialista en maquetas y efectos especiales; actores como Kenji Sahara, Takashi Shimura; legendarios directores godzillescos como Jun Fukuda y Noriaki Yuasa y el aguerrido Inoshirô Honda. Pobres.

Y es que está cosa es tan oriental que en esta nueva oportunidad, Godzilla, dirigida por Gareth Edwards (lógico, pues su primer largo metraje se tituló Monsters, pero no incorporated) y con Brian Cranston en el reparto (algo que también suena lógico cuando el nombre de Breaking Bad —valiendo madre por su traducción libre en español— se puede aplicar también la actitud del saurio radioactivo), dicen los japoneses que está muy pasado de peso.

Que lo lleven al gym para que no sea tan Big in Japan.

Jairo Calixto Albarrán

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