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¿La Gloria Trevi eres tú?

Ilustración de Gloria Trevi
(Apache Pirata)

PEPE EL TORO ES INOCENTE
Jairo Calixto Albarrán

 

Hace años se acudía a la televisión y a las autobiografías procaces y precoces para mantenerse al día en el telenovelón de Gloria Trevi, que era como una versión noventera de Las Poquianchis sin la maestría de Ibargüengoitia. Es decir, una tragedia bíblica notable por su menosprecio al sentido común y carnita suficiente para alimentar una nación ávida de morbo: una estrella singular del pop, ajena a la fresez por ilustrar que colmaba los escenarios de Siempre en domingo (Thalía, Paulina Rubio y demás núbiles y aburridas starlets emanadas de la factoría Televisa), destacada por sus afanes provocadores enseñando los chones, encuerándose para calendarios con legendario gatito incluido, especialista en escandalizar con sus libérrimas y hasta macuarras declaraciones, admirada por el público conocedor y reconocida hasta en el siempre modorrol mundillo intelectual (Monsiváis y Elena Poniatowska la llenaron de elogios, así como todo poeta, escritor, cronista que babeaba ante sus esculturales encantos de fierecilla indomable), se vio involucrada en una historia que, en estos días, se hubiera tratado de trata.

La estrellita que había desafiado al stablishment de los espectáculos, jugado con los sentimientos de las televisoras, era acusada de asesinar a su propia hija, formar parte de un clan satánico de abuso de menores de edad, puesto todo al servicio de los apetitos de un tal Sergio Andrade —más tarde apodado Sergio El Violador— cuya megalomanía musical lo llevó crear bonitas melodías que hacen ver a Arjona como si fuera Serge Gainsbourg.

Bueno, cómo estaría el nivel de autocomplacencia de Andrade que junto con la Trevi produjo uno de los más sonados bodriazos escatológicos de que se tenga memoria llamado “La papa sin catsup”, que, hasta donde se sabe, no ha sido superado aún ni por toda la filmografía de Alfonso Zayas ni las obras maestras de Eugenio Derbez ni todos los promocionales del Partido Verde.

Una nota como para el ¡Alarma!, alármala de tos, que sin duda acompañó a la sociedad mexicana desde la persecución del clan, su apañón en Brasil, el paso por la cárcel con un extraño embarazo y alumbramiento, la llegada a México y la salida de la cárcel de Chihuahua como si nunca hubiera pasado nada hasta su alucinante resurgimiento artístico, mucho de ello atribuible a la muy mexicana vocación por el alzhéimer selectivo.

Hoy, resurge el monstruo en el cine con la película Gloria, biopic sobre el livin la vida loca de la intérprete del “Doctor siquiatra”, debidamente apertrechado con el blindaje intelectual que da el guión y el libro en que se basa la historia hechos por Sabina Berman, quien no necesita presentación.

Tanto hoy como ahora, hay quienes se quejan del morbo que ha generado el caso Trevi que lleva casi tanto tiempo en nuestra conciencia colectiva como En familia con Chabelo. Incluso los más fundamentalistas acusan al pueblo mexicano de ser ignorante y superficial por abismarse en ese loco culebrón de padroterapias intensivas.

Y es que  con todo y todo el affaire de la intérprete de “Zapatos viejos” es el culebrón más entretenido que se haya visto, aún por encima de los videoescándalos de Ahumada, la podóloga que La Volpe quiso convertir en pornócrata, la loca academia de las selfies de la Tuta que anda más libre que nunca y las rupestres historias de amour fou de los Abarca de la parca.

Como todo el mundo, vi Gloria para confirmar mis prejuicios y por poco no lo consigo. Afortunadamente dentro de la increíble y triste historia de la cándida Trevi y el Sergio Andrade desalmado, aunque no es parte de la intención preclara, sino que hay que encontrarla entre líneas, al final queda claro que es imposible que la Glorieta, redimida y rediviva, no se hubiera dado cuenta de que aquel clan era en realidad la leonera de un megalómano adicto a la padroterapia intensiva.

Como quiera que sea, el filme dirigido por el simpático Cristian Keller (al llegar a la entrevista en el programa Charros vs Gangasters se presentó como el actor encargado de encarnar a Gloria Trevi) nos narra este cuento con limpieza y eficacia: la chica provinciana que está dispuesta a todo con tal de triunfar y que termina en manos de un manipulador que le lavó el cráneo. Tristemente en algún momento renunció a darle el tono de episodio del Sensacional de traileros o el Libro vaquero que hubiera sido lógico, dada la naturaleza de esta fábula de horror. El origen suizo del director, por más esfuerzos que hubiera hecho, le impedían entender lo que viene siendo la mexicana alegría.

Muchos críticos han concentrado sus ataques en minucias triviales que poco o nada afectan este recuento de los daños. En ese sentido hay quienes se lamentan que haya más desnudos de Marco Pérez durante las orgifiestas en su encarnación como Sergio Andrade, que de Sofía Espinoza en su interpretación bastante solvente de Gloria Trevi nada reacia a esas festividades de la carne, en muchos casos acompañada de menores de edad. Incluso han señalado a Sabina Berman porque la película no se parece en nada al libro. Por supuesto que no: el libro reconstruye el trabajo periodístico para elaborar la imagen de Gloria Trevi, confirmando algo que ya la propia cantantilla había mostrado en una entrevista con Adela Micha, que es una mujer fundamentalmente antipática, tanto o más que el pesado de su marido. Gran momento como de canción de Paquita la del Barrio cuando las dos mujeres reconocen que “Todos nos hemos enamorado de la persona equivocada”. En ese sentido recuerdo ese pasaje donde lloraba al tiempo en que relataba la muerte de su hija cuando, nada más por ese pequeño detalle, tendría que haber descuartizado personalmente a Sergio Andrade y su clan de ninfetas huecas por permitirlo.

En la película se refleja todo esto cuando, luego de que le cayeron todos los veintes a partir de esta tragedia, Gloria se da de topes contra la pared y repite a manera de mantra la frase “Pendeja, pendeja, pendeja, pendeja…”.

Claro, eso no impidió que la Trevi mantuviera su relación con Andrade hasta la aventura brasileña, que nunca lamentara los excesos ni los abusos.

A fin de cuentas era su creador, la había moldeado, construyó su mito guarro y la usó como marioneta para cumplir sus deseos, realizar ciertas venganzas y nutrir sus alucines rancheros.

Seguramente Gloria adolece de varias cosas: dar apenas una pincelada crítica sobre los padres que abandonaban a sus hijas en manos de un viejo cochino con tal de enriquecerse con el éxito de sus criaturas, por ejemplo; sin olvidar los excesos melodramáticos, a ratos cursis, a los que se recurre para reforzar la imagen de Gloria que tendrían que haberse evitado pues la Trevi, enfadosa como es, nunca va a agradecerlos.

Aunque Gloria le arranca de cuajo a la protagonista la espontaneidad bárbara que la hizo famosa para reducirla a las manipulaciones de Andrade, lo cual la convertía en un borrego nada distinto de los que se burlaba en sus canciones, nos recuerda que en los territorios del espectáculos nadie quiere traer el pelo suelto.

No Gloria, la gloria no eras tú.  

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