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Gimiendo en la oscuridad

Nymphomaniac
(Especial)

Con un halo de prohibición, de “hay versión porno y versión soft”, de interpretaciones libres de la palabra que le da título y una serie de imágenes en donde aparece la ya mítica (y casi mística) Charlotte Gainsbourg en medio de dos negrazos, se estrenó el primer volumen de Nymphomaniac, la cinta más reciente de Lars von Trier, en la 56 Muestra Internacional de Cine, en la Ciudad de México.

No conseguí boleto para las primeras funciones en la Cineteca Nacional, así que esperé dos semanas por su estreno en el cine Diana y apenas alcancé lugar al comprarlo con un día de anticipación. Es decir, no era una ni éramos dos, sino varios los interesados en presenciar la película que, curiosamente, no estaba anunciada en la marquesina el día de arranque: una mujer desnuda no tuvo espacio entre una bicicleta verde y un hotel en Budapest (a saber si fue por descuido, pudor o indiferencia).

Evité leer reseñas y caer en la tentación de verla por internet. Quería llegar inocente a la sala, escuchar a los asistentes tragar saliva, como en El Anticristo, carraspear como en Dogville o suspirar como en Melancolía. No sucedió; a lo más que llegamos, compañeros eropoetas, fue a unas suaves risitas.

No alcancé la meseta del paroxismo en la sala, pero al final comprendí que eso no era lo importante. Es un guión demasiado cerebral y por eso me pareció fascinante: se vuelve transgresor en el momento en que le quita lo excitante a las escenas de sexo explícito para meterte en un estado contemplativo que, más tarde, se puede tornar reflexivo. Hasta me recordó los maravillosos congresos de sexología: todos piensan que nos la pasamos follando, cuando en realidad todo es hablar y escuchar, entender y preguntar.

Así, Lars, convertido en una suerte de sexólogo de quién sabe qué rara escuela (en donde no saben que ya no se llama “ninfomanía” sino “trastorno del deseo sexual hiperactivo” al apetito sexual exagerado de una mujer), nos enfrenta al tema haciendo uso de metáforas y paralelismos relacionadas con la pesca, la música, la caza, que logran que algunos espectadores disfruten más eso que no se dice del todo, que aquello que se muestra en close up. Sí, hay muchos desnudos. Se puede ver en primer plano un cunnilingus y una penetración profunda, el pubis sin rasurar de la protagonista, el miembro en reposo de varios de sus amantes y el erecto de aquel que la habita con amor, pero al menos para mí (será deformación profesional) eso no es lo más importante ni lo que más me dijo; fueron los diálogos, las imágenes poéticas, varios conceptos los que me hicieron salir complacida tras acabar la función.

Entiendo a los que, advertidos de que se muestran más penes y vulvas que en cualquier otra película que no es tres equis, se toparon con esas anécdotas que podrían parecer sin sentido sobre la pesca. Que no encontraron esos monólogos rabiosos y mordaces contra algo, esa rebelión enfurecida o tremendamente triste de otras creaciones del danés. Que vieron a una Charlotte Gainsbourg empijamada y con la mirada ida en lugar de estar gimiendo para complacer a los presentes en la sala oscura (aunque dicen que eso pasará en el volumen 2), pero yo me quedo con la escena en donde, haciendo un paralelismo con las polifonías de Bach, nos habla de esos tres amantes que muchas mujeres quisiéramos tener a la vez: el servil, el apasionado y el enamorado (no es cliché, es mero antojo).

Ninfomanía no es una película para quienes quieren lubricar pero tampoco para las buenas conciencias. Es una historia, bastante sencilla en realidad, que habla de muchas mujeres. No porque sea común lo vivido por la protagonista, con sus diez amantes al día, sino debido a que innumerables congéneres han experimentado —a su manera— una primera vez, el despertar del deseo, el anhelo de pertenencia (que a veces nos lleva a experimentar con el placer sin el menor conocimiento de causa, sino solo para agradar a alguien más), sus propias dudas sobre el objetivo y/o ganancia al permitir que alguien más entre en nosotras.   

Creo que es sobre la búsqueda de uno mismo (mujeres pero también hombres); que nos habla del cuerpo y el pensamiento, del cuerpo y las emociones, del cuerpo y los recuerdos, del cuerpo y los misterios propios, más los de quienes orbitan a nuestro alrededor.  

A mí Lars no me decepcionó. Salí agradecida del cine. No hubo gemidos en la oscuridad, como me imaginaba, ni cosquillitas en la entrepierna o el sonoro paso de la saliva a nivel grupal, pero sí una interesante meditación sobre la sexualidad —la mía y la de l@s otr@s—, sobre la manera en que la sociedad califica las prácticas eróticas, aderezada con imágenes bellas, música y sus característicos recursos sobrepuestos. Además, Uma Thurman me hizo sonreír con sus comentarios de esposa cornuda en el drama total.

Si ya tengo el cine porno de verdad para calentarme, ¿qué más le puedo pedir al buen Von Trier que no me haya dado al generarme un orgasmo mental con Ninfomanía?  

Verónica Maza Bustamante

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