QrR

60 años sin Frida

EL ÁNGEL EXTERMINADOR
Daniel Vargas Parra

“Diego no para de pintar, un día se lo va a tragar una de sus creaciones”, me comentaba Frida mientras lo miraba volcado en una de sus más intrépidas pinturas. Rivera llevaba ocho días devorándose el lienzo y ni siquiera se daba el tiempo para platicar con ella. Cuando reposaba del cuadro se lanzaba excitado a Chapultepec, donde comenzaba la aventura de pintar el cárcamo del Lerma. En ratos así era cuando podía platicar con Frida sin miedo a que nos escucharan. La casa era solo para nosotros y podíamos dedicarnos a recordar el mundo de cuando jóvenes.

A veces discurría casi en monólogo sobre su atormentado romance con León. Me comentaba atropelladamente sobre las estrategias de Trotsky para disimular frente a su mujer. Los recados escondidos en libros que “inocentemente” le obsequiaba y los arrebatos del viejo al recibirla en el rancho en Hidalgo. Aunque los recuerdos más dolorosos de Frida eran las infidelidades de Diego. Ese fue su demonio más grande.

Por aquellos días Frida tomaba el pincel con desgano y la idea de terminar obras ya comenzadas meses o años atrás simplemente le parecía absurda. Cómo sea, yo le insistía en continuar, tal y como el maestro Rivera le exigía, aquellas preciosas figuras que asomaban por los paisajes de sus invenciones.

Ella recordaba, incluso con enorme simpatía, que quien le había enseñado a cocinar había sido Lupe, la segunda mujer de Diego, y que los mejores platillos que sabía hacer eran producto del conocimiento del recetario que la familia Marín conservaba por generaciones. “Solo así le pude llenar el buche al panzas”, decía.

En aquel tiempo Diego y yo intentábamos resolver el techo de la casa-museo para la colección arqueológica. Le decía a Frida que me diera su opinión sobre mis soluciones, a lo que ella solo respondía que terminara aquel templo como lo que inicialmente era, “una pirámide”, y que dejara de “estar fregando”.

Frida incluso me mostró ideas sacadas de sus cuadros surrealistas, como les gusta decirles a los fifirifis, donde aparecían los ídolos al lado de distópicas ciudades industriales. En otras ocasiones deliraba, con cierta lucidez, claro, sobre el origen del monoteísmo a través de una revisión iconográfica de las religiones, cosa que había pintado en el cuadro más íntimo y vital que logró terminar bajo el tutoraje de su exaltado maestro y esposo: El Moisés. Lo que alcanzaba a ver desde la pura contemplación de piezas precolombinas.

Habrá sido por alguno de esos días que Diego llegó empapado por una pertinaz lluvia. Entró a la cocina sonriente y buscó algo que tomar para calmarse el frío. Pronto Frida avivó el calor con algunas canciones que las muchachas de la cocina le ayudaron a corear.

Después de esa frenética bohemia, Diego sacó entre sus ropas un dibujo sobre un arrugado papel. El trazo tenía la virtud de la genialidad pero padecía la velocidad del garabato. Rivera parecía tan excitado con el bosquejo que no podía ni describir sus formas. Se trataba del diseño para una de las esquinas de su casa-museo en San Pablo. Sobre el rincón que daba al ojo de agua, en la parte sur del edificio, Diego había pensado construir una especie de urna funeraria. Le comentó a Frida la loca idea pues juntos habían pensado aquel sitio como una especie de tumba desde años atrás.

Era la primera vez que yo escuchaba tal cosa. Frida le alentó con ideas extravagantes sobre cascadas de agua cayendo de los muros y Diego imaginó renacuajos, ranas, ajolotes y sapos brincando en una suerte de estanque bajo el nicho. Ambos concluyeron que bajo el techo de aquella enorme torre funeraria un mosaico, como el que se construía en el cárcamo, debía contener la figura de Tláloc para aludir a la idea del paraíso precolombino que los antiguos solían llamar Tlalocan. Diego entonces nos pidió que sus cenizas fueran depositadas ahí, a lo que Frida de inmediato rezongó: “Pero si a la que va a cargar patas de cabra primero será a mí”.

Cuatro años después de esto Frida comenzó el viaje por el Mictlán. Dejó su cuerpo segura de que sus restos serían llevados al Anahuacalli, acompañando los de Diego Rivera, en aquel rincón diseñado para emular el Tlalocan. Al partir Frida, Diego ni siquiera sabía si podría terminar su edificio, entre costos y enfermedad la hazaña parecía imposible. Triste y decaído en vigor, el muralista comenzó el diseño del Museo Frida Kahlo, planeó todo tipo de homenajes y fue el principal promotor del enorme talento de la pintora.

A la muerte de Diego, la casa-museo seguía inconclusa, sin techo ni genio. A 60 años, los restos de Frida yacen en la casona de Coyoacán y los de Diego en una vulnerada Rotonda de Personas ilustres en el Panteón de Dolores. Y de aquella promesa solo permanece su megalomanía, su locura y exceso.

El Anahuacalli está ahí, sin Diego ni Frida pero con todo su legado en las entrañas.

vargasparra@gmail.com

@inmitros

< Anterior | Siguiente >