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Fitsex

Sexódromo
(Sandoval)

Recuerdo muy bien la llegada de los aeróbics a México. Era una niña, y me llamaba la atención la forma en que sus practicantes iban vestidas, con esos mallones de colores encendidos, los famosos leotardos, una banda en la frente y, el máximo de la época, unos extravagantes calentadores en las pantorrillas como continuación de los tenis —Reebook por favor—, que tenían caña, velcro y una onda que me encantaba.

Las chicas aparecían así en los programas de televisión, bailando a ritmo de la música. Todas querían inscribirse a un gimnasio, ajuarearse de semejante manera y sentir que en breve estarían guapas y esbeltas como Olivia Newton-John en su video “Physical”.

Vaya, hasta en mi calle en los suburbios mexiquenses, una vecina convirtió su sala en estudio de aeróbics quitando los muebles, cubriendo la pared principal con espejos y poniendo la música en una grabadora para discos compactos recién traída de Estados Unidos, junto con una videocasetera Beta. Me inscribí a mis 13 o 14 años. Era una adolescente flaquísima, un palito, pero quería probar la experiencia (¿les suena? Uno es como es desde sus primeros años de vida).  

No le pedí a mis padres que me compraran la ropita apropiada, pues no sabía si me iba a gustar, así que fui con unos pants y listo. A la tercera canción quería llorar e irme a mi casa. No podía seguir el ritmo de la entrenadora, sudaba y me ponía roja, no lograba agacharme demasiado. En fin. Un desastre. Crucé la calle, me metí a mi casa, eché el buche y decidí que por el momento iba a seguir practicando únicamente el patinaje sobre ruedas nivel kamikaze en las empinadísimas calles de mi fraccionamiento.

Sin embargo, siempre me gustó ver los videos de mujeres haciendo ejercicio. Ahora supongo que me asombraba la maravilla del cuerpo humano moviéndose, la forma en que sus contornos serpentean, el sudor que escurre. Tiene mucho de erótico en algunos casos.

Ahora voy al gimnasio por gusto. Me encanta sentir mi anatomía estirándose, mis músculos hinchándose y deshinchándose cuando me siento en “los aparatos”, trotar, subirme a la escaladora, todo, siempre, con música. Sigo siendo una fachosa del gym. No soy amiga de los uniformes, así que voy jalando lycras y playeritas al paso, sin mayor preocupación.

Curiosamente, voy a la hora en que las chicas del table están ahí. Sé que son bailarinas exóticas porque alguna vez las escuché platicar al respecto y porque sus cuerpos lo revelan. Ellas sí llevan el look indicado, tirándole a sexy. Es muy interesante mirarlas abriendo las piernas para hacer flexiones, cargando pesas, dando brincos en la elíptica. Parecido a sus shows pero a la luz del día. Algunas veces las he visto tomándose fotografías. Me parecía sensual el hecho, pero nunca pensé cómo serían esas imágenes, si servirían para excitar o solo para revisar las posturas o el avance de las sesiones.

Recién me entero que hay una nueva tendencia en las redes sociales llamada Fitsex. Hombres y mujeres suben fotografías haciendo ejercicio pero con poses sugestivas, en ángulos provocadores, con detalles sutilmente eróticos o muy directos, con el fin, dicen, de invitar a quienes las vean a hacer ejercicio. Algo así como “hacer ejercicio es sexy”.

Twitter, Facebook y, sobre todo, Instagram, se han llenado de imágenes amateurs, selfies en muchos casos, que van acompañadas por el hashtag #FitSex. No es una práctica individual. En numerosos casos son parejas las que aparecen en las fotos, haciendo ejercicio pero con posturas que recuerdan las del encuentro erótico. Algunas, con mayor producción, captan las gotitas de sudor en la epidermis, los músculos crecidos, las redondeces de las nalgas, una mano tocando el vientre, el muslo, el cuello. Los usuarios solitarios buscan hacer poses curiosas que demuestren su capacidad en la ejecución del ejercicio, pero también lo sabros@s que están.

Los promotores de esta tendencia tienen un eslogan: “Las parejas que se ejercitan juntas, permanecen juntas”, y recuerdan que el ejercicio evita el estrés, aumenta la confianza y mejora la resistencia de las personas.

La revistaCosmopolitan, en su edición estadunidense, publicó que #FitSex “está motivando a los Instagramers para ir al gimnasio y mejorar su vida sexual o usar el sexo como un entrenamiento”. Pero también advierte: “Algunas usuarios experimentan una especie de vergüenza corporal por el estereotipo que se vende de que para disfrutar del sexo se debe ser delgado, atlético y musculoso”.

El bienestar físico es, sin duda, una obsesión del mundo moderno. Yo aún me asombro cuando paso afuera de una prepa cercana a mi casa a la hora de la salida, y veo a los morritos de 16, 17 años, presumiendo cuerpos a la Silvester Stallone en sus mejores días como Rambo. La semana pasada que estuve en Cancún, una noche de antro se convirtió en una velada vouyerista de todos esos estudiantes que daban el Lou Ferriñazo pero en lugar de tener la piel verde, la tenían tatuada. Toda una marea de testosterona, músculos y selfies.

A pesar de que ahora los jóvenes tienen estas rutinas deportivas constantes, los seguidores del Fitsex afirman que se han olvidado del bienestar sexual. Sabiendo eso, el urólogo Juan Luis Arcila (quien fue director científico de la primera Unidad de Rehabilitación del Piso Pélvico de Medicina 2000) abrió en Colombia el gimnasio Fitsex System. Inaugurado en febrero de este año en Medellín, es el primero creado en el país para “mejorar la función sexual a través de ejercicios que fortalecen la musculatura del piso pélvico, mejorando el desempeño sexual en las mujeres y la disfunción eréctil en los hombres”.

Arcila sostiene que para alcanzar bienestar sexual se requiere firmeza y tonificación de los músculos sexuales o piso pélvico, a los cuales ve como “órganos sexuales activos” tanto en mujeres como en hombres. Constituido principalmente por el músculo pubococcígeo (el grupo de músculos que va desde el pubis hasta el coxis, encargado de cerrar la abertura ósea de la pelvis rodeando la abertura vaginal, la uretra y al recto), puede ser voluntariamente contraído “como cualquier otro músculo del organismo, por lo tanto, es sujeto de mejorar tono y fuerza con base en entrenamiento: una adecuada identificación, con tracción y relajación”.

Lograr esto requiere disciplina y dirección de un instructor. “La meta del entrenamiento es que la persona tenga mayor conciencia y control del piso pélvico con lo cual mejora el desempeño sexual. Como beneficios secundarios, al fortalecer este músculo se disminuye el riesgo de sufrir de incontinencia urinaria o fecal, prolapsos vaginales. A las mujeres les devuelve la firmeza que se pierde con partos, edad, sobrepeso, ejercicio de alto impacto; pueden desarrollar, dice el médico, “vaginas activas con capacidad de contracción voluntaria, aumentando la gratificación a la mujer y a su pareja”.

A los hombres también les va bien con este Fitsex profesional: “Mejora el control sobre la erección, pudiendo generar erecciones más fuertes y de mayor duración, y el de la eyaculación, pudiendo generar hombres multiorgásmicos”. El sistema consta de seis niveles, cada uno de seis sesiones de media hora. Se llevan a cabo con una frecuencia de una a dos veces por semana, de acuerdo con el deseo y la capacidad de cada persona. Al terminar los niveles se programa un sistema de mantenimiento.

Total que sea por pose para las redes sociales o a nivel médico, hacer ejercicio para sentirse bien y mejorar la calidad de vida es una maravilla, más si de alguna manera impacta de manera benéfica a nuestra vida sexual. Además, por suerte ya pasaron hace mucho esos días de aeróbics en donde uno se debía calentar las patas para estar al día.

Bienvenido, Fitsex.

 

Verónica Maza Bustamante

@draverotika

elsexodromo@hotmail.com

Facebook: La Doctora Verótika

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