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Fellini y el sol

Fellini
(Apache Pirata)

EL PEZ SOLUBLE
Jordi Soler


El aristócrata español José Luis de Vilallonga cuenta, en uno de sus libros de memorias, de su paso por los estudios de Hollywood, porque además de aristócrata era actor, periodista y hasta novelista de éxito. Cuenta que cuando estaba rodando Breakfast at Tiffany’s (1961), el director Blake Edwards lo mandó al departamento de vestuario para que le hicieran un esmoquin, y a la joyería para que eligiera una cigarrera de oro. Vilallonga, como buen aristócrata, iba cargando desde París, la ciudad donde vivía entonces, una completa batería de trajes y conjuntos diseñada para sortear cualquier ocasión social, por lo que, el día que iba a rodarse la escena, apareció con su esmoquin, cortado a medida por su sastre francés, y pasó a la joyería del estudio para elegir la cigarrera que, una vez escogida, llenó de cigarros. Durante el rodaje, donde él aparecía departiendo en una animada reunión, se le ocurrió echar mano de la cigarrera, sacarla del bolsillo y llevarse un cigarro a la boca, como se hacía entonces en las fiestas. En cuanto el director vio que Vilallonga sacaba la cigarrera suspendió la escena y le dijo que ese objeto debía permanecer todo el tiempo en el bolsillo. Al final le preguntó a Edwards sobre la excentricidad de enviarlo a elegir una cigarrera de oro que no iba a aparecer en la película. “Lo que quiero es que la lleves en el bolsillo, porque un hombre que lleva una cigarrera de oro en el bolsillo se mueve de un modo distinto, ve las cosas de otra manera”, le respondió el director.

Unos días antes este aristócrata había llegado puntualmente al llamado del director, que lo citaba en el estudio a las seis de la mañana. En cuanto llegó, se encontró con un asistente que le dijo que se pusiera cómodo, porque el rodaje empezaría a las diez. Vilallonga, naturalmente, protestó, y el asistente, al tanto de que era la primera vez que rodaba en Hollywood, le explicó: “Pues mire, aquí la gente bebe mucho, y por la mañana el cuerpo humano necesita un par de horas en posición vertical para volver a su estado normal. Puede hacer lo que le dé la gana; jugar al golf, nadar en la alberca, irse al gimnasio, a la sauna, todo menos meterse en la cama”.

En el camerino de Fernando Lamas, un actor que Vilallonga había conocido en Buenos Aires, había un hombre sentado en una silla que anotaba cosas en una libreta. El camerino era muy pequeño y, además, todo el tiempo cruzaban obreros con herramientas y tablones de madera que necesitaban para terminar de montar el set. El hombre de la silla estorbaba el paso de los obreros que todo el tiempo le gritaban ¡Hey, Willy, move!, (¡muévete, Willy!). A Vilallonga Willy le parecía conocido, estaba seguro de haberlo visto en algún lado y, para salir de dudas, le preguntó a Lamas que quién era el hombre de la silla: “William Faulkner”, respondió su amigo.

De Federico Fellini, que lo dirigió en Giulietta de los espíritus (1965), cuenta que después de una noche de copas, se encaminaron hacia un palazzo que estaba en la Piazza dei Pópolo, para tomar el desayuno. A Vilallonga le pareció raro que a esas horas, las seis de la mañana, hubiera alguna casa en Roma donde les sirvieran de desayunar, pero como su guía era Fellini lo siguió sin protestar, se metió detrás de él al palazzo y siguiéndolo subió cinco pisos por una escalera oscura y desconchada. Llegando al quinto piso, Fellini empujó una puerta y Vilallonga se encontró, súbitamente, en una típica casa fellinesca. Los recibió una sirvienta que, sin decir nada, los condujo hasta una gran habitación, en la que había una cama enorme, ocupada por la dueña que estaba frente a una mesa larga, en la que humeaba un desayuno, recién preparado, para unas quince personas, según los cálculos de Vilallonga. Sin decir absolutamente nada, Fellini se sentó en la cama, al lado de la señora y le hizo una seña a Vilallonga para que se sentara del otro lado. La señora tenía entre cuarenta y cuarenta y cinco años, era, como dirían los romanos, una bella tardona. Fellini desayunó en riguroso silencio mientras Vilallonga conversaba con la tardona sobre temas diversos, todos frívolos como el clima o la diferencia de sabor que hay entre el café de Roma y el de París. Después de desayunar Fellini se levantó de golpe, besó a la señora en la frente y le dijo a su amigo que tenían que irse. Cuando estaban a punto de abandonar la habitación, Fellini voltea y le dice a la señora: Cara, mostramelo (Querida, enséñamelo). La señora retira la mesa, se pone en cuatro patas y se levanta el camisón para dejar al aire un hermosísimo trasero, “uno de los culos más bonitos que he visto en mi vida; era enorme, pero blanco y terso”, dice Vilallonga. Fellini lo contempla durante un minuto largo y al final le dice: Grazie, cara, a domani (Gracias, querida, hasta mañana). Cuando van cruzando la Piazza dei Pópolo, Fellini le dice a su amigo: Una giornata senza quel culo é una giornata senza sole (Un día sin ese culo es un día sin sol).  


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