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Fabricantes de máquinas, sueños y sonidos

EL ÁNGEL EXTERMINADOR

En México los inventores han roto las barreras de lo imposible para concretar sus fabulaciones .

David Cortés

Hay muchos instrumentos musicales, pero no parecen ser suficientes. Al menos esa es la consigna de algunos individuos que, insatisfechos con lo disponible, se han dado a la tarea de concebir otras formas de generar sonidos. Luigi Russolo no solo fue el autor de El arte de los ruidos (1913), manifiesto futurista hoy considerado precursor del noise; además inventó el Intonarumori (entonador de ruidos), máquina que, construida siguiendo sus escritos, puede escucharse en The Orchestra of Futurist Noise Intoners (Subrosa, 2012).

En México los inventores, alentados por una inquieta imaginación, han roto las barreras de lo imposible para concretar sus fabulaciones. Uno de ellos es Ariel Guzik, quien en 1996 dio a conocer Plasmaht (Fonca), disco que recoge auditivamente el flujo de la vida de las plantas mediante el uso de la máquina o el espejo Plasmaht. Ballena gris (Conaculta/ Fonca, 2003) y Máquinas (Conaculta/Fonca/Casete, 2013), son otros de sus trabajos, pero uno de los más ambiciosos es Cordiox (conformado por tres elementos principales: cuarzo puro fundido, un conjunto de cuerdas divididas en tres arpas y un sistema de puentes de madera articulado entre sí cuya función es acoplar las cuerdas de las arpas con el tubo de cuarzo) presentado en el Pabellón México en la 55 Bienal de Venecia.

Discípulo de Guzik es Daniel Aspuru, músico que toca en El Gabinete y Nine Rain y quien recientemente grabó Correspondances (Subrosa, 2013) al lado de Steven Brown y Manrico Montero. En este álbum, la “estrella” fue el Transductor Eólico, “aparato de dos metros de alto y dos de fondo, construido con circuitos de electrónica analógica y neumáticos que funciona con una compresora de aire conectada a una manguera y ésta a su vez a unas pipas de bambú. Al aplicarse un voltaje a la válvula electromecánica, ésta abre y deja pasar aire a las flautas que son las que producen la música”.

A Aspuru siempre le llamó la “atención la electrónica, desde niño; después tuve contacto con Ariel, trabajamos juntos y creo que el gusto por el conocimiento y la diversidad de temas que está uno dispuesto a aprender es lo que te puede llevar a combinar distintas disciplinas en el arte”.

Para Ernesto Martínez, quien “ya perdió la cuenta” de los años de ser músico, la misma “música le ha pedido crear instrumentos. Tocamos micro-ritmia y ésta tiene requerimientos muy especiales porque es necesario que el instrumento se apague inmediatamente y no todos tienen esa característica porque siguen vibrando”.

Esa necesidad llevó a Martínez, actualmente radicado en Querétaro, a diseñar tres instrumentos. “Todo viene del querer utilizar distintos timbres para micro-ritmia. Así diseñé el zampoñofóno que son flautas de carrizo percutidas por un breve chorro de aire; la guitarra compuesta es una guitarra con un injerto de piano en la mano derecha. Y por último el hyperión es un piano portátil con 32 cuerdas de guitarra clásica de nylon”.

El trabajo de este compositor se encuentra en tres discos: Micro-ritmia (Lejos del Paraíso 1996), Mutaciones y Sincronario (Tzadik, 2004 y 2012, respectivamente).

Pablo Castro y Mónica Martínez son artistas visuales. Ambos crean diferentes artilugios que engloban bajo el nombre de Armatostes (www.flowelegante.net), “instrumentos grandes, enormes y estorbosos que se percuten, rasgan y generan sonidos extraños, algunos de ellos construidos ex profeso para presentaciones”.

Uno de esos armatostes tuvo su presentación estelar en Futuro-Pasado, festival celebrado hace un par de meses en el Museo Universitario del Chopo, aunque aún no se ha grabado nada con él de manera oficial. “Queremos editar el primer disco —dice Pablo—, pero es difícil controlar el sonido. No suena a ningún instrumento existente, no tiene escalas, no se puede tocar con un método, por eso es algo puramente experimental, de pronto suena a cello, luego a guitarra, crea sonidos que son irrepetibles”.

La necesidad de crear otras fuentes de sonido no es nueva; hoy pocos recuerdan que Arturo Meza, antes de inclinarse por las canciones, dio sus primeros pasos en la música instrumental y diseñó sus propios instrumentos: el yeloguerlizet, las cuerdas pulsadas.

“Cuando estaba en la escuela de música, diseñé un gasófono: tanques de gas cortados y montados sobre estructuras. Eran como campanas y se frotaban con arcos de cello o se raspaban con vidrio”. El yeloguerlizet era un secreter con unos resortes fijados en sus extremos por unas rejillas de refrigerador; las cuerdas pulsadas era una guitarra de ocho cuerdas con el brazo completamente plano y preparada con lápices o plumas entre las cuerdas.

Instrumentos de extraña apariencia nacidos de mentes cuyos diseños surgen en medio de las sombras o largos periodos de reflexión, artificios que braman, rugen y encuentran cabida sólo en la música experimental. La lista es amplia, tan amplia como el ansia de los creadores por crear sonidos que aún se encuentran en su imaginación.


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