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Estúpidos móviles

Mundos para-lelos
(Fotoarte: Karina Vargas)

MUNDOS PARA-LELOS
Rafael Tonatiuh

“MÉDICO MATÓ Y DESCUARTIZÓ A SU ESPOSA PORQUE REPROBÓ SUS CLASES DE FRANCÉS Y, ADEMÁS, LE ERA INFIEL.
Con tal de ocultar su crimen, el pasado 11 de junio el médico acudió a las autoridades para denunciar la supuesta desaparición de su cónyuge”.
‘La Policíaca’. Junio 28, 2014.


Al enterarme del espeluznante crimen del hombre que mató a su esposa por reprobar su examen de francés (y serle infiel), vinieron a mi mente dos grandes escritores policíacos mexicanos: Antonio Helú, y su colección de relatos publicados bajo el título La obligación de asesinar, y Rodolfo Usigli, con su novela Ensayo de un crimen (desde mi particular punto de vista, desafortunadamente desperdiciada al adaptarse al cine por Luis Buñuel, pues, extrañamente, el gran cineasta le sustrajo humor, restándole al refinado asesino Archibaldo de la Cruz, varios de sus torpes intentos para realizar el crimen perfecto).

Atreverse a matar requiere una firme decisión y una fuerte voluntad, es casi como atreverse a levantarse de la cama calientita cuando todavía invita a retozar. Para algunos asesinos, el crimen es una obra de arte efímero, como la tauromaquia, pero otros matan toscamente, siguiendo su impulso, sin preocuparse en los aspectos estéticos de su acto (¿y qué se podría esperar de alguien que mancha todo con sus huellas digitales, no lava el cuchillo y es incapaz de trapear el lugar de los hechos?) Esos locos-desaliñados ponen en vergüenza a los locos-genios, quienes procuran demostrar la tesis de que, si bien es cierto que cometieron una falta de cortesía garrafal, también lo hicieron porque su nivel intelectual es superior al de los que nos limitamos a eliminar a nuestros enemigos únicamente en el Facebook.

La diferencia está en el móvil. Imaginemos a Charles Manson por primera vez en el patio de la prisión; le preguntan: “¿Por qué estás aquí?” “Pues verás, mandé un grupo de hippies a matar a una estrella de cine y sus amigos porque así me lo dictaron los Beatles a través de ‘Helker Skelter”, suena casi tan estúpido como declarar: “Mandé un ejército a exterminar judíos porque así me lo dictó Friedrich Nitzche a través de Así habló Zaratustra”. Es tonto, pero no suena obvio. Para los asesinos refinados un móvil original es mejor que un móvil tipo “lo maté porque me debía dinero, tenía una vida mejor que la mía o me llamó hipopótamo”. Eso es comprensible y en cierto modo lo haría cualquier persona normal, bajo la influencia de un agente que altere su estado de conciencia. Por eso un “la maté por reprobar su examen de francés” es un móvil aceptable para la comunidad de los Anibal Lecter. Lo inaceptable es el agregado: “Además me era infiel”.

Una cosa es el móvil excéntrico y otra el móvil estúpido. Si jamás hubiera usado la infidelidad, uno pensaría: “Bueno, con esa disciplina ya veremos si su hijo se atreve a reprobar matemáticas. Ese hombre es un profeta de la pedagogía”, pero sacar a colación la infidelidad es prosaico, el asesino pierde encanto y queda como un completo idiota.

En nuestro país hemos conocido un montón de geniales estúpidos móviles: “No quiso lavar mi máscara de luchador”, “se atrevió a faltarle el respeto a las Chivas en plena liguilla”, “no me gustaba que fueran japoneses” (o el que le encantó al ya citado Luis Buñuel: “Lo maté por necio”, cuando la víctima tocó el timbre del agresor por segunda vez, equivocándose de domicilio). El remate de la infidelidad destruye la belleza irracional del examen de francés y de paso justifica un misógino castigo hacia la mala mujer.

Agregar “me era infiel” conlleva cierta carga moralina, como la del panista Chema Martínez, presidente de la Comisión de la Familia en el Senado, quien ya declaró que usará su investidura para combatir el aborto y las uniones matrimoniales gays.

No sé si el homicida de marras sacó la infidelidad por consejo de su abogado: “Nadie va a aceptar que mates a alguien por reprobar francés, agrega que te era infiel, para granjearte la simpatía de los defensores del orgullo machosexual”, y con ello, aniquilar cualquier valor de la víctima (quien, para colmo, se ve obligada a tragarse la acusación, pues ya no tiene oportunidad de defenderse).

Cuando un grupo conservador tiene el poder de censurar en Facebook las fotos de Gracie Hagen y la exposición del Munal El Hombre al Desnudo. Dimensiones de la masculinidad a partir de 1800, como en los tricolores tiempos que corren, ese tipo de acusaciones se vuelven peligrosas, pues los asesinos del futuro podrán esgrimir: “Lo maté porque agarró una rebanada de mi jamón… además era anarquista, amigo de Mireles y presumiblemente gay”, y ya tendremos a Luis Echeverría Álvarez haciendo una ola desde su silla de ruedas: “¡Eeeeeeeeeeeeeh putooo!”

Aunque los Anibal Lecter no suelen escabecharse a los matones de tercera, porque su refinamiento se los impide (no tanto el temor a la policía), nada les imposibilita crear un grupo en las redes sociales, deslindándose de los asesinos con móviles que se pasan de estúpidos.  

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