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En el mar la vida es más cachonda

El sexódromo.
(Sandoval)

EL SEXÓDROMO
Verónica Maza Bustamante


Piel que se vuelve suave cubierta de cuerpos tostados en reposo. Gotas convertidas en perlas decorando piernas y brazos, cuellos y hombros desnudos, calientes por los rayos del día que siempre llega luminoso, del verano permanente a la orilla del mar, ese que se abre como una boca enorme e interminable y, con sus olas como lenguas saladas, invita a perderse en esa invaluable sensación de estar ahí, en ese momento, sin nada más que hacer que fusionarse con el agua, percibiendo el propio cuerpo, entornando los ojos al creer que la vida puede ser así de simple, de sensual, siempre.

Ah, el poder del océano, esa masa de agua salada que cubre la mayor parte de la superficie del planeta y es tan provocadora, tan violentamente incitante, amorosa, fascinante. Siempre he visto al mar como un espacio insondable que te enfrenta con tu yo corpóreo cuando estás dentro de él pero también con lo que tienes dentro si te sientas por las noches a observar cómo sube la marea, llenando la arena con la sombra de su cresta, marca que parece durar apenas un instante pero en realidad lleva milenios ahí, tocando con suavidad la superficie una y otra vez en un baile erótico eterno.

Y siempre dan ganas de eso, de bailar a la orilla del mar. De mover el cuerpo suavecito, lentamente, siguiendo esa seductora canción que genera su vaivén, dejándose deslumbrar por su inmensidad. Ahí, sintiendo que no somos nada frente a ese espacio inaudito e inmenso, pero que a la vez, como en canción de La Barranca, sigue siempre ahí, persistente, lamiendo tu orilla. En la noche es un ente vivo que pulsa, que seduce porque transgrede en todos los sentidos, es inconstante, siempre novedoso, siempre caprichoso.

Danzar en postura horizontal y vertical. Los pies fundiéndose con la arena, el cabello pegándose al cráneo, a las mejillas, a los hombros por el sudor y la sal, la entrepierna sintiendo la elevada temperatura del ambiente, los ojos que no intentan encontrar algo en la negrura del cielo, en ese gris oscuro y azulado del líquido. Te vuelves caracola. Eres, como cantaría José Manuel Aguilera, solo un pez sin respuestas. Eso vuelve a semejante situación en un acto erótico. Emancipado de presiones laborales, de horarios y casi de ropa, la liberación te llega, y eso es una provocación tan grande para nuestra vida cotidiana que no podemos hacer más que enamorarnos de las posibilidades del mundo, de nuestro ser que se vacía para volverse un fluido, de anhelar hacer el amor justo ahí con nuestras parejas, con nosotros mismos, con el oleaje. El animal domesticado que llevamos dentro se rebela ante ese aroma salino que envuelve y penetra, como pistilo acuático, nuestro espíritu. Un rugido como de tormenta anuncia vendaval marítimo mientras la excitación nos invade. Abarranca nuestro barco, se alija la carga que llevamos dentro, nos perdemos en el camarote de nuestros anhelos en ese refugio tropical que nunca lograremos comprender. Pero no hace falta. Es, ahora lo sé, muy parecido al deseo.

***


El fin de semana pasado estuve en Ixtapa, Zihuatanejo, en la tercera etapa del Surf Open League organizado por Neofreak y la Secretaría de Turismo del Estado de Guerrero. Fue la primera vez en 24 años de reporteo intensivo que fui a la playa para realmente trabajar EN la playa. En chanclas y bikini, fui feliz entrevistando a surfistas de todas las edades, mirándolos en sus tablas, escuchando sus historias. Contemplándolos no tratando de domar el mar, sino fusionándose con él, volviéndose parte de las olas, unos  cuantos más dentro de un cardumen de seres humanos fascinados por ese espacio, por la emoción de estar ahí adentro, deslizándose como si fueran lilliputienses sobre el cuerpo de un Gulliver acuoso. La imagen de los deportistas incitaba a la admiración.  

En algunos de mis tiempos libres me dediqué a la contemplación; de todo y de nada. Del entorno. De los demás. Me gustó el silencio en la concurrencia. A pesar de la música que salía de los altavoces, muchos de los asistentes estaban largo rato callados, mirando hacia el océano como si fuera un cuadro en un museo, una imagen que mutaba en donde, de pronto, en medio de una ola, aparecía un cuerpo enfundado en un traje de licra, montado en una tabla de colores con las rodillas ligeramente dobladas, en cuerpo firme negándose a abandonar la plataforma, como si estuviera pegado a ella. Algo hipnótico por repetitivo pero, a la vez, diferente siempre.

Al salir del mar, los surfistas mutan de alguna manera. Sin las tablas, se vuelven hombres de cuerpos correosos y firmes, de piel dorada o ennegrecida, cabellos rubios, decolorados ya por tantos días entregándose a los elementos naturales, de mirada fija enfocada en eso que es una pasión para ellos, en esas olas volubles,  a veces más benevolentes con unos que con otros. 

En el surf hay que ser pacientes, pensaba. Se lo dije a un instructor del deporte, quien me contestó: “Sí, claro, pero sobre todo hay que ser astuto, hábil. En las competencias te dan 15 minutos para buscar la ola; no puedes conformarte con esperar, tienes que aprovechar lo que el mar te da para hacer sobre la tabla lo mejor que puedas”. Me pareció muy interesante, como una metáfora de la vida en general, incluso del encuentro sexual (pero ahí sin límite de tiempo). Volvimos a guardar silencio para contemplar.

Alguien me contó sobre el surf en olas grandes (de más de dos metros de altura) y los tipos de ola: la “orillera”, que rompe muy cerca de la orilla; la “hueca”, que al levantarse crea una sección cilíndrica y da mayor fuerza y velocidad; la “tubera”, que se riza sobre sí misma, creando un espacio cilíndrico… podrían ser nombres de posturas del placer.

Miré videos sobre la práctica en ríos, vi las olas gigantes, contemplé lo que hacen los surfistas. Me parece sumamente sensual. En un estudio publicado en los Archives of Sexual Behavior se afirma que el surf y, en general, los deportes extremos, aumentan la adrenalina en el sistema nervioso y los latidos del corazón de una manera muy parecida a la que se da durante la excitación sexual. Sin duda.

En mi mente, Caloncho cantaba: “Quisiera navegar cual sudor tu piel morena, rumbo a hacerme vapor, echados al sol, sin tu bañador”. Pensé en un orgasmo náutico, en un placer oceánico. Me levanté de la arena para ir a platicar con esos surfistas que cocinaban en la playa, levantando con su fogata una capa de humo que convertía el entorno en un espacio casi místico.

La canción “Palmar” acompañaba el movimiento de mi cuerpo, la osadía de cada poro de mi ser que disfrutaba ese instante, ese acto erótico que no integraba a dos ni desnudo alguno, cercanía o penetración. Es el bienestar lo que siempre me excita. Es el beso del sol. Las lamidas de las olas. Las sonrisas de la gente. “Huele a tropical”, parafraseé a Caloncho. “Poder disfrutar del día siempre, echarnos al sol, nunca regresar a la ciudad”, fui tarareando. “En el mar la vida es más cachonda”, me dije a mí misma, y también sonreí a la nada.

@draverotika

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