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El viaje a la felicidad de María Elena Velasco

La india María
(Waldo Matus)

EL ÁNGEL EXTERMINADOR
Miguel Cane


Para Iván, Goretti, Ivette, Rossana e Iván Jr.

María Elena Velasco siempre será, como los antecesores que tuvo en la pantalla de plata, recordada con su personaje más emblemático, La India María. Aunque en contraste con otras figuras —principalmente masculinas— como Germán Valdés, Antonio Espino, Adalberto Martínez o el mismo Mario Moreno, que acabaron siendo sinónimos de sus personajes, ella sí logró establecer una diferencia entre ella y María Nicolasa Cruz.

Detrás de la cándida aborigen de trenzas y sonrisa deslumbrante, había una persona completamente diferente, que podía incluso acceder a un anonimato en el cual guarecerse de la popularidad, misma que trataba con iguales dosis de gratitud y escepticismo: sí, era famosa, y mucho, pero cuando el personaje se quedaba en el camerino, podía hacer su vida cotidiana como le diera la gana, sin el escrutinio insaciable que a otros les hacía imposible separarse de su creación. Y esta era quizá la mayor ventaja de todas, lo que le permitió tener una vida real, apartada del reflector, con una familia cercana y plétora de intereses que nadie hubiera podido asociar nunca con la fresca indígena de etnia indeterminada, pero inagotable ingenio.

María Elena Velasco, coreógrafa, bailarina, directora de cine, guionista, empresaria y madre —que se hizo cargo de un hogar con tres hijos pequeños siendo aún muy joven al enviudar— nació en Puebla, el 17 de diciembre de 1940 y llegó a la Ciudad de México aún adolescente, deseosa de perfeccionar algo que siempre le había gustado: la danza, aunque —como le sucedió a la mismísima Audrey Hepburn en sus tiempos antes de ser estrella— pronto descubrió que, aún siendo una excelente bailarina, había una paga mejor en los teatros de variedades capitalinos, que formando parte de alguna compañía de danza o ballet folklórico, así fue como a los 21 años comenzó a bailar nada menos que en el celebérrimo Teatro Tívoli y posteriormente pasó a formar parte del mítico Blanquita (donde habían bailado Tongolele, Su Muy Key, Margo y muchas otras exóticas importantes, años antes de que el ser vedette cayera en decadencia) donde además de bailar, comenzó a participar en sketches cómicos.

Pero no crean que era una improvisada, tampoco, o que de buenas a primeras decidió hacer todo lo que hacía, sin pensar dos veces en las consecuencias de cada paso (literalmente, no daba paso sin huarache, como se dice) en su carrera; había estudiado no solo danza clásica, moderna y regional, sino también interpretación y así participó en teatro universitario en obras como Inmaculada, del maestro Héctor Azar, y una versión escénica de El séptimo sello, de Ingmar Bergman. A principios de los 60, conoció al actor de carácter Julián de Meriche ( Vladimir Lipkies-Chazan, nacido en Rusia y 31 años mayor que ella), con el que compartía el enorme placer de bailar —antes de ser actor en México, interpretando usualmente a extranjeros, había sido bailarín profesional de tango en Argentina— y se casó con él. Antes que él muriese, en julio de 1974, tuvieron tres hijos, y juntos ya habían dado origen al personaje que se convertiría en la última figura irónica en el territorio de la comedia cinematográfica en México, el cual, por cierto, había estado regido básicamente por hombres desde la aparición de Cantinflas, cuando ella nació.

Para cuando en 1971 filmó, a las órdenes del boricua Fernando Cortés (ex actor que dirigió con buen oficio, entre otras, el lacrimógeno clasicazo de César Costa y Patricia Conde Dile que la quiero —¡menudo tragedión!— y que sería su director de cabecera por años, hasta su muerte, para después ser sucedido por la propia María Elena y luego por su hijo Iván Lipkies) Tonta, tonta, pero no tanto, su primera cinta con La India María como rol protagónico, el personaje ya estaba muy bien construido: había aparecido por primera vez en 1967 en una cinta de Arturo Martínez, llamada El bastardo, con Tito Junco y Rodolfo Landa Echeverría (es decir, hermano del tremendo Luisito) y lo había ido perfeccionando con distintas apariciones en tv, incluyendo algunas en las primeras emisiones de Siempre en Domingo, donde sus corretizas al Güero de sus amores —el inefable Raúl Velasco— se volverían institucionales.

Con cintas subsecuentes como El miedo no anda en burro, La madrecita, Pobre pero honrada, Okey, Mister Pancho, El Coyote emplumado, María Elena se convirtió en un fenómeno de taquilla. Por supuesto, no eran películas que aclamara la crítica —más por esnobismo que otra cosa—, pero su target demográfico (específicamente familias con niños) la abrazó con fervor: presentaba un humorismo blanco, mas no por ello insulso, en el que la candidez de María Nicolasa Cruz servía como un pretexto para un slapstick coreografiado con esmero (su mayor gracia era que parecía improvisado y natural) al tiempo que mostraba un espejo: la discriminación social a la que era objeto el personaje, que no obstante salía airoso sin ser afectada por el clasismo que ayudaba a exhibir. Esto consiguió que sus filmes lograsen algo que ni los últimos de Cantinflas, que ya para los 70 se había vuelto regañón, moralino, didáctico y pedante: transmitir un mensaje claro, sin caer en la gazmoñería.

María Elena no era alguien que gustara de recurrir a terceros y fue su feroz independencia, lo que en algún tiempo la mantuvo con cierta lejanía de la televisión —su único sitcom fue breve, en los años 90— y se enfocó más en hacer películas mientras éstas fueran un negocio viable, en el que tuviera libertad para escribir, y en su momento, dirigir. No propensa a la improvisación, había aprendido mucho del oficio observando a Cortés y dio su primer paso en 1981 con Okey, Mister Pancho. Paralelamente, hizo estudios independientes y se convirtió en directora. Además de esto y de la danza, María Elena era una mujer de diversos intereses, lectora voraz, afecta no solo a la literatura, sino también a la filosofía y la psicología; supervisó de cerca la educación de sus hijos y supo llevar con mano firme su propia empresa, con la misma voluntad férrea que la hizo salir adelante y demostrar que en un mundo machista, podía ser una triunfadora aún bajo la apariencia inofensiva de una de las figuras más menospreciadas en la escala social.

Como es natural, tampoco estuvo exenta de detractores, pero nunca los vio como obstáculos. No hacía cine de arte, y su honestidad al respecto siempre fue clara. Trabajaba para entretener a familias, ese era su público y a él le fue leal incluso con su última película, estrenada el año pasado, La hija de Moctezuma, realizada tras casi 15 años de ausencia de los estudios —aunque había participado como actriz, guionista y coreógrafa en Huapango, cinta dirigida por su hijo, que era un proyecto muy personal y largamente acariciado, la translación del Otelo shakespeareano a la provincia mexicana.

De carácter jovial y profundamente discreta, María Elena Velasco no publicitó su enfermedad terminal. Su deceso cierra un capítulo importante en la historia del cine nacional; era la última comediante con un personaje emblemático y consistente en cine. Una mujer de excepcional estamina, de inteligencia bien aplicada, y con un círculo afectuoso y cercano. Alguien que podía dejar su personaje a un lado, para ser ella misma. Y vivir como todos los demás.

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