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El bikini, el trikini y el burkini

El burkini ha irrumpido en la agenda social europea ahora que empieza el verano y que la gente acude a refrescarse y a divertirse a las albercas municipales y a los clubes privados.
El burkini ha irrumpido en la agenda social europea ahora que empieza el verano y que la gente acude a refrescarse y a divertirse a las albercas municipales y a los clubes privados. (Mored)

EL ÁNGEL EXTERMINADOR

EL PEZ SOLUBLE

Jordi Soler


Como si faltaran temas de discusión en Europa, ahora salta a los medios de comunicación y a las conversaciones en el bar el curioso  asunto del burkini. ¿Qué es un burkini? Es el traje de baño que usan, para meterse al mar o a una alberca, las mujeres musulmanas que observan estrictamente las normas de su religión. Se trata de una evolución de las dos piezas del bikini, que fueron tres con el trikini y que ahora se han sintetizado en el burkini, que es una sola pieza que lo cubre todo, excepto la cara, las manos y los pies.

En México deberíamos reclamar, con toda modestia pero con mucha firmeza, la invención del trikini masculino, ¿o quién no ha visto, y no ha podido olvidar, a ese bañista que se deja mecer por las olas de Acapulco o de Manzanillo o de Barra de Navidad, que retoza alegremente en el agüita con su traje de baño verde, su camiseta amarilla con un estampado del canario Piolín y unos calcetines negros de resorte robusto que interrumpen temerariamente el flujo sanguíneo de las venas Safena, Tibial, Poplítea y Femoral?

Y en el inciso de las reivindicaciones, también podríamos reclamar la patente nacional, fundamentados en esas señoras que se remojan en la orilla del mar, en Mandinga o en las aguas mansas del río Papaloapan, esas señoras que sin necesidad de adentrarse mucho se mojan de pies a cabeza enfundadas en un fondo o en un camisón, en esa prenda larga y lánguida que se usa para dormir con soltura, pero muy bien cubiertas desde el cuello hasta las rodillas. El fondo o camisón que lucen algunas bañistas en el litoral mexicano sería la base del burkini, pero solamente la base porque la prenda religiosa cubre también la cabeza y la cabellera, los brazos, que con camisón generalmente van al aire, y la totalidad de las piernas, hasta el principio del tobillo.

El burkini ha irrumpido en la agenda social europea ahora que empieza el verano y que la gente acude a refrescarse y a divertirse a las albercas municipales y a los clubes privados. Es una discusión que se añade a la que hay, desde hace años, alrededor del velo islámico o hiyab, que llevan las mujeres, en las capitales europeas, al colegio, al trabajo, al restaurante. Por ejemplo, una chica que lleva hiyab a su escuela en París, donde la educación es laica y no admite los símbolos religiosos, ¿está infringiendo las normas?, ¿es el velo islámico un símbolo religioso como podría serlo un crucifijo?, ¿o se trata, más bien, de un artilugio que llevan las religiosas musulmanas por motivos sociales?

La discusión sigue ahí servida. Lo que sí se ha prohibido en algunas ciudades es el velo extremo, el burka (de donde viene precisamente el término burkini) que cubre todo excepto los ojos, y se ha prohibido por motivos de orden público, porque las mujeres de burka van técnicamente enmascaradas y en las democracias, ya se sabe, hay que ir con la cara descubierta. Recordemos los recelos que despertaba en las buenas conciencias, a finales del siglo pasado, el pasamontañas del subcomandante Marcos.

Pues el burkini ha venido a espesar la discusión sobre el velo islámico, con sus propias características o, para decirlo con propiedad, con su propia mística porque la sensación general es que meterse con tanta ropa a una alberca, donde hay más gente nadando en traje de baño es, de entrada, poco higiénico. ¿Lo es aunque el burkini esté escrupulosamente lavado? Aquí es donde diría yo que entra lo esotérico o, si se prefiere, el pensamiento mágico, porque los almacenes ingleses Marks & Spencer venden unos impecables burkinis, hechos con un material que parece neopreno que usan los buzos, que parecen tan limpios como un bikini. Desde luego una pieza limpia de neopreno esconde menos inmundicias que algunos cuerpos desnudos.

Pero más allá de la higiene está el factor diferencial que, en una democracia, puede llegar a molestar a quienes sienten la diferencia como una afrenta. En la alberca pública de Neutraubling, en Bavaria, Alemania, acaban de prohibir, hace unos días, el uso del burkini, porque el grupo de acuaeróbics se quejó de que todas las chicas, y el único chico, iban de traje de baño, excepto la pupila musulmana que llevaba burkini. El Ayuntamiento de Neutraubling prohibió la prenda, aunque no directamente; lo que prohibió fue nadar con otra prenda que no sea el traje baño canónico, lo cual perjudicaría directamente al usuario del trikini mexicano, que tendría que despojarse de la camiseta y los calcetines, y también a las precursoras del burkini, que no podrían nadar en fondo o camisón. El fenómeno se ha repetido en otras ciudades alemanas, como Múnich, y en algunas ciudades francesas. Por otra parte, hay mujeres, como la presentadora de televisión británica Nigella Lawson, que apareció de burkini en una playa australiana, no por motivos religiosos sino porque se sentía más a gusto con el cuerpo cubierto. O como algunas otras mujeres de piel delicada que ya empiezan a nadar con burkini para protegerse del Sol. En todo caso, esta curiosa prenda batalla este verano por su supervivencia. Ya veremos qué bando gana el pulso.

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