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Educación y diversidad

EL SEXÓDROMO


Verónica Maza Bustamante

  elsexodromo@hotmail.com

@draverotika

FB: La Doctora Verótika


La diversidad afectivo-sexual (es decir, ser heterosexual, gay, lesbiana, bisexual, transexual, transgénero, intersexual) se debería percibir —sin temores ni prejuicios— como una riqueza en la que el respeto a la diferencia sea un valor principal, y donde la dignidad de todos y cada uno de los seres humanos sea una prioridad que jamás pueda ser menoscabada, como se señala en Diferentes formas de amar. Guía para educar en la diversidad afectivo-sexual, que promueve la Federación Regional de Enseñanza de Madrid. Y estos conceptos son universales, por lo que deberían aplicarse en escuelas, barrios, ciudades, familias de todo el mundo. 

Uno no puede obligar a nadie a que piense de tal o cual manera, pero sí debería ser una obligación del gobierno el educar en la pluralidad, ser incluyente y dar educación laica, así como de cada familia darle información a los más jóvenes para que crezcan con una idea real y certera sobre lo que es la diversidad sexual, entendiendo que no hay orientaciones “normales” o “anormales”, sino que todas las posibilidades existen y no deberían ser rechazadas, criticadas o atacadas si se viven de manera sana, segura y consensuada.

La homofobia encierra a las personas en roles de género rígidos y estáticos que disminuyen la creatividad y la capacidad de expresión. Impide desarrollar vínculos en la intimidad, limita la comunicación y los vínculos familiares. Empuja a tener encuentros eróticos desajustados para demostrar “lo contrario”. Inhibe la capacidad de apreciación de la riqueza en la diversidad.

Hoy en día, cuando tanto se habla del famoso bullying o acoso escolar entre chavos, hay que impedir que esta homofobia crezca en los colegios y los hogares. Numerosos adolescentes LGBTTTI sufren acoso por parte de sus semejantes a causa de su orientación sexual. Los alumnos que padecen este tipo de abuso en las escuelas o incluso dentro de su propia familia a través de hermanos o primos (no menciono a los padres porque hablamos de agresiones físicas y verbales entre chicos con edades parecidas, pero también se da el caso de que sean los progenitores quienes las provoquen), no se atreven a denunciarlo porque no quieren hacer patente que son víctimas de discriminación. Algunos logran superar los años de acoso, pero otros dejan la escuela, se ausentan de ella con frecuencia o toman medidas tan drásticas como el suicidio. ¿Y es eso lo que quisiéramos para nuestros hijos?

Evocar la homosexualidad en la escuela, en la casa, desde el gobierno, no implica que uno sea homosexual ni estar haciendo proselitismo, lo mismo que educar contra el sexismo no es responsabilidad exclusiva de las mujeres ni educar contra la xenofobia es tarea de extranjeros. Todos deberíamos hablar sobre las diferentes orientaciones sexuales quitándonos prejuicios y tabúes.

No hay que olvidar que educar es, también, evitar sembrar en alumnos, escuchas, público, hijos, nuestros propios prejuicios morales. El respeto a las diferencias es un principio fundamental, y así se debería plantear en la educación de todo niño y adolescente (incluso del adulto que aún no lo ha comprendido). La homosexualidad debería ser vista como otro modo de vida normal, viable, y sería necesario ofrecer modelos positivos de homosexuales con el fin de que aquellos que lo son se reconozcan positivamente como gays o lesbianas o con el fin de aceptarlos como vecinos, colegas, profesores, amigos, padres o hijos.

Si nuestros hijos aprenden desde pequeños a despreciar aquello que es diferente o que pertenece a una minoría, a burlarse, a señalarlo y rechazarlo, no podremos esperar de ellos respeto cuando seamos ancianos. Criaremos chicos irrespetuosos con las personas de razas diferentes a la suya, con discapacidad, con las mujeres. La educación en la diversidad no puede ser “a la antigüita”, sino acorde a los tiempos modernos.

Los invito a que reflexionen al respecto y traten de comprender, si aún no lo han hecho, que la orientación sexual no es una opción y, por lo tanto, no puede ser elegida ni cambiada a voluntad. Aquellos que viven fuera del heterosexismo dominante en nuestro mundo también deben experimentar una vida afectivo-sexual con privilegios como lo es el matrimonio, y con el derecho de crear familias felices, aunque estén fuera del estereotipo al que estamos acostumbrados.

 

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LAS PALABRAS PARA SALIR DEL CLÓSET EN LA ADOLESCENCIA


En Queer, la guía LGBT para adolescentes, Kathy Belge y Marke Bieschke le dan algunas claves a los lectores sobre las maneras en que pueden salir del clóset cuando tengan clara su orientación sexual. Es importante determinar a quién se le dirá primero: ¿a un amig@, a los padres, a un maestro? Es importante tener claro lo que se quiere decir, el momento adecuado, a las personas a quienes se le va a contar de inicio y cómo hacerlo.

“¿Y ahora cómo lo expresas en palabras? Dependerá, en buena medida, de la cercanía de la relación y de su estilo de comunicación”, señalan los autores, y dan dos sugerencias:

1) Dile a la persona que hayas seleccionado que hay algo importante de lo que te gustaría hablar en privado. “Esta es una buena manera de hacerle ver que hay algo primordial que te preocupa. Cuidado: también podría parecer que tienes una mala noticia que dar y tu amigo puede sentirse nervioso. El lado bueno de esto es que cuando le menciones que eres queer, ¡tu amigo quizá se sienta aliviado!

2) Menciónalo de manera casual en alguna conversación. Si los chicos hablan de chicas, podrías mencionar que otro chico te parece atractivo. Quizá también puedas decir que te gustaría que en tu escuela hubiera una Alianza Gay-Heterosexual y que si así fuera, tú te unirías a ella. Hacerlo de esa manera ayuda a que la situación sea algo común y le resta importancia.

 

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Solo a través del prisma del sexo el pasado se vuelve claramente inteligible. La lejanía de la Antigua Roma o de la dinastía Ming de China es solo aparente, por más que se interpongan las barreras del idioma y la cultura, porque en aquel entonces la gente también sentía la atracción de una mejilla sonrosada o unos tobillos bien formados. Durante los reinados de Moctezuma I en México o de Ptolomeo II en Egipto, se sentía más o menos lo mismo al penetrar o ser penetrado por alguien y al jadear placenteramente cuando el propio cuerpo se frotaba contra otro.

Sin sexo seríamos peligrosamente invulnerables. Podríamos creer que no hemos hecho el ridículo. No conoceríamos el rechazo ni la humillación tan íntimamente. Podríamos envejecer dignamente, acostumbrarnos a nuestros privilegios y pensar que hemos entendido de que iba todo. Podríamos desaparecer entre números y palabras. Es el sexo lo que crea el descalabro necesario en las jerarquías de poder, estatus, dinero e inteligencia…

Cuando todo lo malo y lo bueno haya sido sobre nuestros infernales deseos sexuales, podemos seguir rindiéndoles homenaje por no permitirnos olvidar durante mucho tiempo lo que realmente implica llevar una vida que es corporal, química y, en gran medida, disparatada.

ALAIN DE BOTTON

Cómo pensar más en el sexo

Ediciones B.

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