QrR

Echo & The Bunnymen: Nostalgia en una noche de meteoros

Echo & The Bunnymen: Nostalgia en una noche de meteoros.
Echo & The Bunnymen: Nostalgia en una noche de meteoros. (Especial)

In starlit nights I saw you
 so cruelly you kissed me
 your lips a magic world
 your sky all hung with jewels.

The killing moon…

¿Echo & The Bunnymen en concierto? Claro que quiero ir. Eso sí me hace sentir joven”, me dice por escrito y a mí me parece perfecto que instalado en la segunda mitad de sus cuarenta no le importen los autos convertibles de color rojo, las excitantes veinteañeras o las treintonas con los pechos llenos de silicona. Pienso en una frase que Alberto Ruy Sánchez plasmara en su libro Nueve veces el asombro: “Toda la música es extensión de la piel de sus habitantes pasados y presentes, de su manera de estar en el mundo, de sus armonías y contrapuntos, de sus explosiones percusivas y fugas, de su añoranza del sol cuando se oculta y, simultáneamente, de su júbilo al aparecer la luna”.

La música es nostalgia. Es una manera de descubrir el mundo cuando somos jóvenes que nos sigue inquietando aún en la adultez más profunda. Los oídos melómanos lo saben, y para ellos hay bandas como Echo & The Bunnymen, fundada en la misma ciudad en donde The Beatles surgió —un astillero con vistas al río Mersey— una década y media después, y que, a diferencia de los Fab Four ha tenido un éxito discreto, llegando a oídos especializados, interesados en la escena post-punk inglesa, amantes de esos ritmos rabiosos que lo mismo te pueden poner a bailar que hacerte escucharlos como si se tratara de una parvada de pájaros buscando refugio al atardecer.

Eso es uno de sus principales encantos: sus primeras canciones, como “Crocodiles” o “The Puppet”, te levantan de tu asiento, pero otras que le tiran a lo cursi como “The Killing Moon”, “Nothing Last Forever” o “Rust” te pueden meter en un estado introspectivo que también se agradece por conmovedor (¿cómo no sentirse aludidos frente a frases como “I can feel the stars/ shooting through my heart like rain/ leaving on the scars where the pleasure turns to pain” o las de ese himno escuchado cientos de veces que afirma: “I want it now, I want it now/ not the promises of what tomorrow brings./ I need to live in dreams today/ I’m tired of the song that sorrow sings”).

McCulloch es la mentecilla diabólica detrás de la banda, que complementada por Will Sergeant y Les Pattinson (más otros) ha protagonizado una historia borrascosa de separaciones, muertes, esperas y reunificaciones desde hace 37 años. Con su álbum debut, Crocodiles, inauguraron un estilo oscuro y dramático que se ha conservado, pasando de los arreglos acompañados por una caja de ritmos a la tardía exploración pinkfloydiana en Meteorites, su álbum más reciente, que  Ian presentará dentro de unos días en México junto con Will, sobrevivientes ambos de lo que el viento se pudo llevar.      

Imaginen la escena en Inglaterra, 1977. Joy Division con su Ian Curtis epiléptico en Manchester. Echo & The Bunnymen, en Liverpool, consolidados con la presencia del baterista Pete De Freitas.  Siouxsie and the Banshees y su tendencia a terminar en prisión, en Londres. En Sussex, The Cure, explorando el mundo de Camus con “Killing an Arab”. Eran los paladines de una nueva ola musical, de un estilo que no se había escuchado jamás. Sus integrantes, herederos de Sex Pistols, The Clash, Ramones y Patti Smith, hijos del “no futuro”, del desempleo, de una moral gris como el cielo británico en invierno, supieron darle algo a esa juventud desencantada. El baile se volvió escape, terapia de choque frente a la realidad.

Ian McCulloch, enamorado de los estadunidenses de Velvet Underground, siguió un poco ese estilo, alcanzando lugares principales en las listas de popularidad a finales de los setenta, pero instalándose en una fama discreta las décadas posteriores. Dicen que después de su ausencia en los ochenta, lo que hicieron fue una copia de lo primero. Tal vez. Pero es cierto que en todos los álbumes de su discografía hay una o dos canciones, cuando menos, que te hacen volar (las cuales se pueden chutar de un jalón en la caja Crystal Days, que integra sus grabaciones de 1979  a 1999).

Fanáticos de The Doors, su cover “People Are Strange” es mundialmente conocido, e incluso Ray Manzarek participó en su disco Echo & The Bunnymen, de 1988. Un año después, Ian emprendió una carrera en solitario, Pete murió en un accidente en motocicleta; la banda siguió sin ellos, pero el chiste se acabó (aunque realizaron algunas grabaciones). O eso parecía. En 1997 los tres integrantes iniciales volvieron a unirse y lanzaron tres grabaciones antes de Meteorites, producción de 2014, introspectiva, con ciertos tintes de rock progresivo que recuerdan al Marillion noventero y al Pink Floyd lisérgico, pero sin abandonar lo suyo, lo suyo, que es ese post-punk oscuro que no llegó a convertirse en gótico. “Meteorites”, “Constantinople”, “Holy Moses”, “Lovers On The Run” y “Market Town” son las mejores canciones de este disco que presentarán en México el próximo sábado, para solaz de oídos todos nuevos pero también de quienes iremos para sentir que somos jóvenes otra vez y deseamos bailar con frenesí como remedio frente al desencanto de la realidad social.

Vaya, por lo visto, los tiempos no han cambiado.

 El próximo sábado 15 de noviembre la banda de Liverpool ofrecerá un concierto en la Ciudad de México después de dos años de ausencia. El Plaza Condesa será el foro que resguardará a Ian McCulloch y sus compinches, quienes presentarán Meteorites, su más reciente álbum.

VERÓNICA MAZA BUSTAMANTE




< Anterior | Siguiente >