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La 'Dolce' Anita

Anita Ekberg.
(Especial)

EL ÁNGEL EXTERMINADOR
Miguel Cane


Usted conoce la escena; es uno de esos clásicos que han trascendido de tal manera, que ni falta hace haber visto La Dolce Vita (Fellini, 1960) para reconocer ese momento mágico en el que la muchachona de hermosos atributos se mete, con un vestido de gala, a chapotear en la fuente de Trevi, uno de los puntos más famosos de Roma.

Aunque hay más acerca de Anita Ekberg que solo esa mítica escena. Para empezar, su nombre verdadero era Kerstin Anita Marianne Ekberg, y era la sexta de ocho hermanos nacida en Mälmö, Suecia, el 29 de septiembre de 1931. Sus padres eran gente muy estricta y casi les da una embolia, cuando, a los 17 años, su preciosa rubia copa 36 C fue descubierta en una tienda departamental en Estocolmo y comenzó una carrera como modelo, primero en desfiles y después en anuncios impresos.

En 1950, la invitaron a concursar representando a su ciudad en el certamen Miss Suecia, y ganó, por lo que en 1951 viajó a Estados Unidos —sin saber nada de inglés más que “Yes”“Hi!”y “Thank you”— para participar en Miss Universo y llegó a la ronda de seis finalistas, por lo que Estudios Universal le ofreció un contrato (¡y le pagaron clases de inglés!) con la intención de convertirla en “Una nueva Ingrid Bergman” —es de que Santa Ingrid, por aquél entonces, había caído en desgracia con Hollywood al abandonar a su marido por el bravo cineasta Roberto Rossellini y no solo haber sido infiel, sino por haberse atrevido a tener hijos (entre ellos la hermosísima Isabella), que eran fruto del pecado— y la joven se dejó, encantada: así fue que el inefable Howard Hughes la vio y quedó prendado de ella: quiso convertirla en una belleza americana y, de este modo, le hizo una lista de presuntas mejoras: operarse la nariz, retocarse la dentadura y cambiar el apellido Ekberg por otro más fácil de pronunciar, como “Smith”o “Lee”. A esto, Anita querida le dijo: “A ver, Míster Hughes. No me voy a operar nada. Y si me hago famosa, el público aprenderá a pronunciar mi apellido; y si no, es algo que me vale sombrilla”.

Como parte de su contrato, Anita tomó lecciones de inglés, dicción, esgrima, equitación, modales y postura (¡sí, postura!). Su debut fue con un papel pequeño en la película Abbott and Costello go to Mars en 1953. Después intervino en dos comedias estelarizadas por la taquillera dupla de Jerry Lewis y Dean Martin: Artistas y modelos (1955, en esa salía con traje de baño de dos piezas) y Loco por Anita (1956), que se filmó cuando ya era estrella por derecho propio; antes de esto tuvo una breve aparición en Blood Alley, de William A. Wellman con John Wayne y Lauren Bacall, que le valió obtener un Globo de Oro como estrella emergente ese mismo año y la fama también la llevaría a la Paramount —en préstamo— para interpretar a Hèléne en la superproducción La guerra y la paz, de King Vidor, sobre el novelón de Tolstói, con un extenso reparto que incluía a Henry Fonda, Audrey Hepburn como Natasha, Mel Ferrer y Vittorio Gassman (con el que alegremente saltó al catre, sin importar que éste estuviera comprometido con la suculenta Shelley Winters); el año lo cerraría con su primer rol protagónico, junto a Robert Ryan (que podía ser su papá) y Rod Steiger en la cinta de aventuras Regreso de la eternidad (1956), en cuyo rodaje Steiger hizo un berrinche porque la Ekberg le dio calabazas y mejor se encamó alegremente con Gene Barry —el famoso vaquero Bat Masterson de la televisión.

Anita reconocería más tarde, en sus tiempos difíciles, que se engolosinó con la fama fácil —le encantaba salir en los periódicos: de hecho, un célebre escándalo ocurrido en Londres cuando “se le reventó” el vestido y se le salió una bubi en pleno Leicester Square durante el estreno de una película se arregló de antemano con un fotógrafo— y no cultivó una carrera seria como pudo haberlo hecho.

Su momento cúspide le llegó cuando Federico Fellini la llevó como uno de los personajes clave al lado de Marcello Mastroianni, protagonista absoluto de La Dolce Vita. Como Sylvia, la superstar americana que pone de cabeza la ciudad, Anita alcanzó un momento de fama que la elevó más allá de símbolo sexual a auténtico mito del cine. Lo echaría todo a perder al atreverse a declarar que no fue Fellini quien le dio fama, sino viceversa “¡Yo ya era alguien en Hollywood cuando llegué a Roma! ¡Fellini es famoso gracias a mí!” —algo que la perjudicaría a la larga. Casada dos veces —con los actores de la serie B Anthony Steel y Rik Van Nutter, ambos fortachones—Anita no tuvo hijos y permaneció en Italia el resto de su vida (por muchos años fue la querida de Gianni Agnelli, el mero mero de la Fiat). Fellini no le guardaba rencor por sus “puntadas”y le dio trabajo en un par de cintas más, aunque la carrera de Anita ya no se recuperó de tanto churro que hizo en los 60.

El fin de sus días la encontró pobre, obesa y solitaria, en su casa de Castelli Romani, y aunque ya no esté, esa imagen de Sylvia en la fuente queda para toda la eternidad.


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