QrR

El Dios Ruido

El Dios Ruido
El Dios Ruido (Milenio)

Con palabras que rezumaban elegancia, Octavio Paz definió en su célebre El laberinto de la soledad el carácter gritón del mexicano, su amor al alboroto, al ruido, al desparpajo; Paz lo adornó de fiesta y canto, de goce ceremonial e identidad, con borrachos y hombres armados, sí, pero afines a una tradición; si hoy releyéramos a Paz o, bien, si el Nobel aún viviera y siguiera escribiendo en este año, el del centenario de su nacimiento, tratando de comprender el momento en el que partes de este país se echaron a perder, seguirían resonando en su visión, sin duda, el amor del mexicano al escándalo, su orgía vacía de celebrarlo todo con la nada y la violencia, su apego perenne al ruido, aunque en los tiempos que corren, dejaría de lado los adornos: ninguna fiesta; ningún goce ceremonial en todo ese desastre.

El mexicano, tan dado a la “talacha” y a las soluciones provisionales que se vuelven permanentes, ha reinventado la máxima cartesiana “pienso, luego existo”, por un simplón “grito, luego existo”; aquí, en México, se cree que si se grita, entonces se trabaja, se sabe, se enseña, se vive, se vende, se celebra. Desde los locutores de noticias —particularmente de radio—, pasando por los deportivos, los vendedores ambulantes, los conductores de peseros, adoradores de la cumbia, los conductores de automóviles, adoradores del claxon, los nuevos conductores de bicicletas que solo saben hacer prim, prim, prim aunque vayan en sentido contrario, los vagoneros, las pantallas y los pitillos del metrobús, cuyo volumen acabará con los tímpanos de generaciones y generaciones de mexicanos, y un sinfín inconmensurable de un largo etcétera que exige de altos decibeles, muchas veces acompañados de ignorancia, aquí todo el mundo grita, vocifera, se ofrece en ofrenda al Dios ruido.

Qué más podría esperarse de un país cuyo deporte más popular, el futbol, ha terminado por unir a su público con un grito orgásmico: no es la celebración del gol, ni de una jugada extraordinaria, donde la gente encuentra el éxtasis, sino la reverberante emoción, casi religiosa, con la que los aficionados creen tocar el cielo y haber visto a Dios en vivo cuando al unísono gritan “Puto” al portero rival que despeja; qué se puede esperar, pues, de un país que celebra homofóbicamente su deporte rey, con un grito despectivo y ensordecedor, precedido de un saque de portería. Qué se puede esperar, si del “Puto” se está pasando muy rápidamente a las burlas, gritos y sonidos humillantes en contra de los jugadores negros que vienen a ganarse la vida a México —para que luego digan que el mexicano no es racista, sino clasista— y que la Federación Mexicana de Futbol parece no escuchar, desinteresada en atender la denuncia.

No se puede esperar mucho, sin duda, porque entre otras cosas, los escandalosos supremos están de adorno: la policía. El señor Mancera, gobernador de esta ciudad —no sabemos por cuánto tiempo— debe de pensar que su policía trabaja mucho, porque la onomatopeya más común que se escucha en las calles de ciudad de México es un ensordecedor uuuuoooouuuu, uuuuoooouuuu, uuuuoooouuuu, seguida de ese carraspeo exasperante con eco en dolby estéreo: triiiuuuu, trriiiaaaa, triiiuuuu, trriiiaaaa, triiiuuuu, trriiiaaaa, con la que los “oficiales” se saludan de patrulla a patrulla. Y viene a cuento porque comienza a extenderse el mito de que en el DF sirena + luces = a protección. Los he visto: ponen la sirena por diversión mientras van a 20 k/h. No persiguen a nadie, solo hacen ruido.

Hace unos días yo mismo fui objeto, en la calle de Antonio Sola, de la colonia Condesa, en la delegación Cuauhtémoc, una de las más “vigiladas” y ruidosas por los veladores nocturnos, esto es, por franeleros y policías, de un acto violento. Un individuo a quien me negué a darle una propina por “cuidarme” el coche supo que esos ruidos de sirenas son ornamento atmosférico, similar al que hizo él, sin que nadie se percatara, cuando con una piedra, protegido por la oscuridad de la calle, martilló el parabrisas de mi vehículo, que descubrí al día siguiente, deshecho y perforado, a la luz de la mañana.

Antes, hace algunos años, la furia elemental de estos invasores de la calle, delincuentes disfrazados de cuidadores, era hacer un leve rayón al coche, cuando uno no se rendía a sus órdenes; la violencia inaudita con la que los marginados sociales están tomando revancha, aprovechándose de la impunidad que permea al país y a la ciudad, me parece inédita, a mí, que he pasado varios años fuera de ella. A mi vuelta, me sorprendió la negligencia con la que las autoridades han emprendido el sistema de parquímetros; uno pensaría que hubiese ayudado a desaparecer a las bandas de gánsteres que toman a los automovilistas como rehenes, mientras la policía se hace de la vista gorda; ahora la policía circula en permanente ruta, con sirena en marcha a toda ahora, haciendo creer que trabaja, mientras los gánsteres siguen haciendo de las suyas, en las horas muertas en las que los parquímetros han dejado de tragar monedas.

Si el ruido ha matado el sosiego, si en el Metro, en el Metrobús, en el transporte público se ha optado por pantallas, música ensordecedora, contaminación visual, en vez de silencio, tranquilidad, y un espacio para leer aunque sea el periódico cuando se va de camino al trabajo o se vuelve, se seguirán engendrando no ciudadanos de bien, sino sujetos analfabetas que solo saben gritar “Puto” —el que rompió mi parabrisas llevaba bien puesta una camisa de su equipo: los Pumas, hecho que relaté al Ministerio Público durante ese proceso que es una pérdida de tiempo en este país: la denuncia—, que lo único que han aprendido de su estado, de sus gobernantes, de su policía, es a hacer ruido, el mismo que hace una piedra cuando la mano anónima revienta un parabrisas por habérsele negado su extorsionadora tarifa de 30 pesos.

Juan Manuel Villalobos

< Anterior | Siguiente >