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Detrás de las cámaras: El Grito

Héroes de la Independencia
(Tacho)

EL ÁNGEL EXTERMINADOR
Alejandro Rosas

Con guión exclusivo de la historia oficial, el sistema político mexicano llevó a las pantallas de la conciencia nacional la historia del Grito, que de acuerdo a su versión sucedió más o menos así.

Érase una vez un cura conspirador, con toda la pinta de padre de la patria desde antes que ésta naciera; lo acompañaban conspirando, una avejentada mujer con chongo que se hizo famosa a punta de taconazos —mejor conocida como la Corregidora—; el capitán Ignacio Allende, el capitán Aldama y otros; todos eran cuates.

Los conspiradores estaban cansados de la desigualdad, la pobreza, la falta de libertad y la injusticia que vivían todos los habitantes de la Nueva España, menos los españoles avecinados en México. Como nunca falta un soplón fueron delatados —que de haber tenido cámara de video habría subido a YouTube las ardientes noches de conspiración.

A la Corregidora le correspondió darle duro al tacón para avisarle al alcaide Pérez que corriera raudo y veloz a comunicarle al capitán Allende que los habían descubierto —aquí cabe cualquier intepretación—; y luego nada se supo de ella hasta que apareció más de un siglo después plasmada en los billetes de 5 pesos que alguna vez hubo en el México de los años setenta y en los quintos… la moneda fraccionaria, pues.

Una vez notificados, a Hidalgo le pareció buena idea madrugar, no tanto por aquello de que “al que madruga Dios lo ayuda”, sino porque en la historia mexicana el madruguete siempre ha dado buenos dividendos. Así, en las primeras horas del domingo 16 de septiembre de 1810, el cura Hidalgo despertó al pueblo con sonoras campanadas, lo invitó a tomar las armas e ir a coger gachupines, gritó “¡Viva México!” “¡Muera el mal gobierno!” “¡Viva la independencia!” y comenzó la independencia.

Además, como para la historia oficial Hidalgo y sus amigos estaban predestinados, el cura ya tenía planeado desde niño, que la virgencita de Guadalupe sería una inmejorable bandera para la sacrosanta causa de la independencia, por eso se detuvo en Atotonilco para tomarla, pero además, desde el comienzo tenía pensado lanzarse a la lucha armada con el pueblo, por el pueblo y para el pueblo.

El movimiento fue creciendo, el pueblo se unió a la lucha por la libertad, el movimiento logró conformar un ejército de cerca de 100 mil hombres mal armados, mal vestidos, mal comidos, pero con un patriotismo que ya quisiéramos hoy, y en todo momento Hidalgo y Allende mostraron una estrecha amistad. Llegaron las victorias y más rapido llegaron las derrotas, el cura abolió la esclavitud, luego los traicionaron y los capturaron y para junio —Allende, Aldama y Jiménez— y julio de 1811 –Hidalgo-, los primeros insurgentes yacían dos metros bajo tierra.

“¡No, no, no! ¡Corte! Así no”

La historia oficial es un mosaico de verdades a medias —en el mejor de los casos— o mentiras completas –en el peor de ellos-. Sí hubo, conspiración, cura, y cura dando el grito, pero las circunstancias fueron un poco distintas.

El mero mero de la conspiración, desde un principio, fue Ignacio Allende, por entonces sex symbol y el soltero más deseado del momento en San Miguel el Grande y Querétaro: 41 años, viudo, con sus buenos ahorros y guapote, aunque tenía la nariz chueca porque lo había cogido un toro. Capitán del Regimiento de Dragones de la Reina, por sus relaciones, podía disponer de sus compañeros de armas para iniciar el movimiento.

Allende se encargó de poner en marcha las conspiraciones en San Miguel y coordinar con Josefa las de Querétaro –aquí cabe cualquier interpretación-. En uno de tantos días pensaron en la conveniencia de invitar a un hombre carismático, agradable al tratro, con don de gentes, con reconocimiento público y social, algo así como un seductor de almas; pensaron entonces en el cura Miguel Hidalgo, quien al principio, no estaba muy convencido del plan de los conspiradores, pero al final aceptó sumarse a la causa.

Todo estaba listo para iniciar el levantamiento en el mes de octubre y el jefe del movimiento debía ser, Ignacio Allende no Hidalgo. Pero llega el diablo y sopla. Los conspiradores son delatados. Todo el asunto de la corregidora, sucede tal cual lo contó la historia oficial: delación, el corregidor encierra a su esposa, Josefa taconea y pide que le avisen a Allende que los descubrieron —aquí cabe cualquier interpretación otra vez.

Aldama llega hasta Dolores, a la casa de Hidalgo, donde se encuentra el cura con Allende y les avisa que los descubrieron. Un instante de dudas; un instante de reflexión, un instante que cambió por completo la historia de México. Al escuchar las noticias, Allende recula, sugiere dispersarse y reunirse más adelante para ver qué hacen.

De pronto, se escucha un grito —el primero de los varios que Hidalgo daría esa noche—; “¡No! Perdidos somos, señores. Es hora de ir a coger gachupines!”. Y así sin más, la duda de Allende, le entrega el liderazgo completo del movimiento a Hidalgo.

Pero no fue todo. Las dudas de Allende costaron muy caro. El plan de los conspiradores no incluía al pueblo. Era un movimiento de criollos contra los españoles. Cuando Hidalgo toma el movimiento, se le hace fácil invitar al pueblo y convierte la rebelión en una lucha popular y social. México fue el único caso en las independencias de América Latina en que el pueblo se convirtió en el motor de la insurrección, y también el único donde hubo sacerdotes convertidos en caudillos.

Hidalgo entonces decide convocar al pueblo, pero antes ¿por qué no? ordena un chocolate con agua e invita a sus amigos a que lo acompañen, los demás no aceptaron, pensaban que algo un poco más fuerte les caería más fuerte para pasar saliva.

El cura entonces sale al atrio de la parroquia de Dolores y se encuentra con que la plaza ya está llena, pues era día de mercado —domingo— y los indígenas de las zonas cercanas ponían sus puestos desde temprano. Aún así, envía a un propio a que haga repicar la campana —Hidalgo jamás la tocó como lo hace ahora el presidente, no había una cuerda tan grande que llegara al piso desde lo alto del campanario.

Una vez que la gente se acercó, lo primero que seguramente les dijo fue: “háganse pa’cá, para que oigan”, de otro modo es imposible que la gente hubiera escuchado lo que quería decirles el cura.

Nadie tomó nota del grito, pero presumiblemente dijo: “Muera el mal gobierno”, “Viva Fernando VII”, “Viva la libertad” ¡y ya! Jamás dijo, “Viva el tercer mundo” como Echeverría; o “Viva la democracia” como Fox, y mucho menos “Viva la revolución”, como Calderón.

En fin. A partir de las dudas de Allende, el capitán se sintió menos y comenzó una creciente enemistad con Hidalgo, sobre todo, porque el cura permitía el saqueo, los asesinatos y los excesos. Y le cayó como bomba que Hidalgo, en diciembre de 1810, se autoproclamara: “Alteza Serenísima”. Como todo eso le fue llenando el buche de piedritas y además era cierto que Hidalgo fue perdiendo el piso ante la soberbia, Allende intentó envenenarlo porque consideraba que le hacía mayor bien al movimiento acabar con él, que permitir que siguiera al frente. Nunca se presentó la oportunidad y ambos terminaron sus días frente al pelotón de fusilamiento.

Muchas historias más guarda el Grito, sin embargo, es innegable, como dijo el historiador Edmundo O’Gorman, que Hidalgo hirió de muerte al virreinato y ya nada volvió a ser igual. La independencia, desde el 16 de septiembre de 1810, estaba en marcha. Por otra parte, con chocolate caliente o no; a pesar de las dudas de Allende, o el chongo de doña Josefa, lo cierto es que fue un grupo de hombres que se atrevió a dar el paso que nadie más quiso dar y rompieron con su realidad.

“Para hacer una insurrección —escribió Lorenzo de Zavala, historiador del siglo XIX— era preciso estar dotado de un carácter superior, de una alma elevada, de una fuerza de espíritu capaz de sobreponerse a los obstáculos que oponía un sistema de opresión tan bien combinado como el del gobierno español. Estas cualidades no podrán disputarse a estos hombres ilustres”.

@arr1910


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