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Despilfarro cultural

Fondo de Cultura Económica
(Especial)

EL ÁNGEL EXTERMINADOR
Juan Manuel Villalobos


Se ha venido hablando desde hace algunas semanas de la utilidad que representa el Fondo de Cultura Económica para la sociedad, para la cultura, para el medio ambiente —por añadir un factor a considerar, ante el descomunal desperdicio de papel destinado a bodegas que se encuentran quién sabe dónde—. Pocos —Gabriel Zaid lo hizo de inmediato, nada más conocerse la designación en un texto que publicó en enero de 2013 en Letras Libres y tituló “Caprichos presidenciales”— han cuestionado el nombramiento de José Carreño Carlón al frente de esa emblemática editorial e institución, después de que ocupó con el priismo más abyecto, el cargo de vocero presidencial de Carlos Salinas de Gortari y, luego, la dirección de la carrera de comunicación de la Universidad Iberoamericana, siendo su periodo recordado porque puso fin a muchas libertades en esa licenciatura; entre otras, tomó la decisión de cerrar el periódico La Buhardilla, un semanal universitario que servía de ensayo y ejercicio para los alumnos de periodismo, y que fue plataforma de muchos periodistas y comunicólogos que hoy son editores, reporteros, conductores. El cierre se debió al miedo que ocasionaba un periódico universitario consolidado y respetado en el seno de la universidad.

No todos, pero algunos de los hombres y mujeres que han entrado al debate sobre la utilidad que tiene el Fondo hoy en día, han sido también personas privilegiadas del sistema de “Estado Mecenas” mexicano que los arropa, cuando han recibido becas anuales para llevar a cabo sus proyectos literarios, no siempre afortunados, y muchas veces mediocres. Otros, han ocupado cargos diplomáticos en representaciones culturales en el extranjero, han cobrado en dólares un sueldo extravagante, han escrito parte de su obra en sus puestos pagados con dinero público —en vez de dedicarse a lo que se les envió: la promoción cultural— y han facturado comidas privadas a costa del erario nacional. Lo sé, porque así funciona el mundo intelectual en muchos lados, a tal grado, que una premio Cervantes exigía en sus viajes a Madrid, cuando se la invitaba, ir en clase Business como requisito indispensable para aceptar dar una charla o conferencia; lo sé, porque entonces yo trabajaba en el Instituto Mexicano en España, con un rango de becario mal pagado, y me enteraba de muchos chismes y sinsabores de nuestros hombres y mujeres cultos, dispuestos a claudicar a sus propios principios cuando se trataba de dormir en la mejor habitación de Madrid.

Obviamente, esto no es nuevo, pero si ahora se comienza a juzgar la utilidad de una casa editorial fundamental para entender el mundo de los libros en español, habría que empezar por juzgar las canonjías, las becas, los privilegios que durante años ha recibido la clase intelectual y artística mexicana, no siempre produciendo obra a la altura del dinero que se otorga para que la hagan; esto, por no mencionar la obviedad sempiterna: los privilegiados son los mismos de siempre; y son, además, unos pocos: si no, repasemos la lista de las becas de los jóvenes creadores en sus 25 años de vida y veremos que son como el mercado futbolístico: un año le toca a uno ir al América, y otro año le toca a otro, pero siempre le toca a los mismos. Esa eterna repetición de nombres conocidos coincide con el hecho de que, la gran mayoría, paralelamente a su a creación financiada por papá Estado, obtienen ingreses por cada texto que publican en periódicos, revistas, editoriales, en el tiempo que deberían de estar ocupándolo para escribir su obra financiada por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, a imagen y semejanza de lo que hacen nuestros escritores que no vacilan en aceptar un cargo en un instituto cultural, siempre que éste en Europa, Asia, o Estados Unidos, porque saben que allá escribirán “con libertad”, no en sus tiempos libres, sino precisamente en el que deberían estar utilizando para darle salida a la obra y nombre de sus connacionales, que no “amigos”. La pregunta sería, ¿cuál es la retribución que entregan a la sociedad todos estos escritores, por no hablar de otras especialidades? Y no me refiero a Octavio Paz, o a Carlos Fuentes, cuya obra habla por sí sola, sino a la de muchos que habla poco, y habla mal.

La doble moral del discurso cultural en México –y en el mundo– es sintomática en este país. Los primeros que alzan las mano para decir esto o aquello son los que se escandalizan de la usura con la que se mueve la iniciativa privada, de las editoriales que publican puro Best Sellers, editoriales que a más de alguno de estos escritores le han regalado un premio literario dotado con cifras más propias de cualquier otro sector, y no del negocio de los libros. Y escribo negocio porque, al final, la cultura se ha convertido en eso.

Sin duda, es oportuno el diálogo, el análisis y la crítica sobre nuestro patrimonio cultural pero, antes que eso, deberíamos hacer conciencia y comenzar a ver a quién, cuándo, y por qué, se beneficia con dinero que podría ser utilizado de forma más exigente, plural, consciente, eficiente, transparente, y todo lo que usted quiera sumarle.


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