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Despegue 2016

(Karina Vargas)
El gran atractivo era aprender el "Sutra del Vuelo", donde un estado de suprema alegría te hace volar. (Karina Vargas)

EN EL TONO DEL TONA

Rafael Tonatiuh


“Si yo fuera Superman, te llevaría volando, pero como no lo soy, caminando y meando para no hacer charco”: Batman


El 4 de enero del 2016, primer lunes del año, me atropelló un automóvil en la esquina de Morelos y Balderas, Ciudad de México.

Pudo haber sido una tragedia, pero yo lo hice performance. Si alguien pusiera en duda mis palabras, tiene derecho a que le muestren la grabación que seguramente registró una de las chorrocientas mil cámaras que mandó a poner Mancera para las fotomultas. Fue aproximadamente entre las seis y las siete de la tarde. Comenzaba a llover.

Salí de la redacción de MILENIO Diario y caminé bajo los techitos rumbo a Balderas, poniéndome mi chamarra con capucha, como un Diógenes urbano, apoyado en mi bastón. Me detuve en la esquina. El semáforo de Morelos se puso en verde, cruce tranquilamente la calle, estaba a punto de llegar al otro lado cuando inesperadamente sentí el empujón de una máquina metálica en el lado izquierdo de la cadera, volando por los aires, como aquella Huamantlada en Tlaxcala, en los años ochenta, cuando un toro me dio con la frente en las nalgas (salvándome de una cornada) y me aventó contra una banqueta, dándome un madrazo en la frente, mandándome a un hospital (donde un médico borracho me dijo que era capaz de hacer una sutura con mis propios cabellos).

Como aquel verano del 2010 (cuando me caí del escenario de un bosque de Zacatlán de las Manzanas, Puebla, cantando con el fabuloso grupo de rock agogótico La Capa de Batman), lo primero que hice fue corroborar que podía levantarme; en Zacatlán no pude, una ambulancia me llevó a un hospital; en Balderas me paré y sacudí el esqueleto. Estaba adolorido, pero no grave, miré al automóvil estacionado, miré hacia la estación de metrobús Juárez; cojeando, me encaminé hacia la estación, sintiéndome como Bruce Willis, quien se saca una bala con los dientes, bebe un poco de su propia sangre con un poco de whisky y sigue su camino con la misión de vencer a los malos.

No sé qué carro era (solo reconozco a los Volkswagen), pero espero que haya sido de buena marca, como el Cadillac que le regalara Paul McCartney a Maharishi Mahesh Yogui, gran gurú, a quien le agradezco la Meditación Trascendental.

Diciembre de 2008, Sierra Tarahumara. Un grupo de aproximadamente veinte meditadores llegamos con nuestro profesor de Sidhis, el chileno Rafael de la Puente (quien lograra introducir la meditación como forma de resistencia durante la dictadura de Pinochet).

Maharishi apenas había fallecido en febrero y la administración de su Centro cayó en manos de un mexicano, se modificaron algunos aspectos de los cursos que imparte su universidad; antes, para tomar los Sidhis, tenías que haber tomado dos cursos de meditación avanzada y la residencia duraba tres meses; ahora habían quitado los cursos y la estancia se reducía a un mes, con un descuento a mitad de precio, con transporte, comida y hospedaje en los tres Palacios de Paz construidos con arquitectura védica en la sierra cercana a Paquimé, Chihuhua, atendidos por tarahumaras y menonitas.

El gran atractivo era aprender el Sutra del Vuelo, donde un estado de suprema alegría te hace volar (aunque, como bien dijera Paul Macartney en sus memorias, en realidad no vuelas, sino que rebotas como pelota de básquetbol). En un video que nos pasaron de una entrevista de Talina Fernández a Maharishi, de los setenta, se dijo que existía el Sutra para hacerse invisible. Le preguntamos a Rafael si era cierto y nos contestó que sí, pero que se retiró del programa porque era muy peligroso. Yo nunca logré volar, pero con ese Sutra bailo brake dance en posición de flor de loto.

En 1968, a la edad de cinco años, salí volando de un estanque del Zoológico de Los Tecajetes, en mi natal Xalapa, Veracruz. Pues se me ocurrió meterme para acariciar una nutria y la móndriga me correteó con intenciones de despedazarme.

Entre 1970 y 1980 practiqué judo (tengo un tercer lugar panamericano y casi paso a cinta verde, pero preferí quedarme con la naranja, para insipirar confianza al enemigo). Allí nos enseñaban a volar y a caer, pero en un tatami (colchoneta), que es muy distinto a caer en la selva de concreto.

Me detuve en la esquina. Como peatón tenía el siga. Cruce tranquilamente la calle, estaba a punto de llegar al otro lado cuando inesperadamente sentí el empujón de una máquina metálica en el lado izquierdo de la cadera, aventándome por los aires. Es diferente a cuando te viene correteando un automóvil con una persona celosa al volante, este es el tipo de madrazo-sorpresa, como el de la rodilla con un tubo invisible, tan inesperado que no tienes tiempo de pensar si es justo, o si sé que este golpe ya no vuelvo a levantarme, sólo sé que me levanté y como si no hubiera pasado nada, seguí mi camino. Cool. Volando voy, volando vengo.

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