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Desconectada

Drenaje
(Karina Vargas)

“UNA JOVEN QUEDA ATRAPADA EN UNA ALCANTARILLA AL TRATAR DE RECUPERAR SU ‘SMARTHPHONE’.
La chica de 16 años compró el teléfono hacía dos semanas. Como mucha gente, andaba por la calle usando su nuevo juguete, pero al querer guardarlo en el bolsillo, el móvil resbaló y cayó por la alcantarilla”.
BBC. 04/04/2014.

 

Lady Alice, oriunda de Dover, Inglaterra, envió el último mensaje a través de su iPhone: “Nada podrá separarnos”, antes de que el teléfono celular resbalara por sus manos y se esfumara dentro de la coladera. No pensó en el precio del aparato ni en las hermosas calcomanías de One Direction que con tanto cariño lo había decorado; ni siquiera pasó por su mente la cantidad de información que había guardado (contactos, fotografías, música, aplicaciones, etcétera), sino que le entró un pánico desmesurado al sentirse desconectada del mundo inalámbrico por un tiempo indefinido, que comenzaría justo al salir corriendo hacia la tienda de teléfonos más cercana y que culminaría en el preciso instante que encendiera el aparato substituto: “¿Qué pasará durante ese lapso? ¿Cuántos chismes ignoraré? ¿Cómo podré corroborar mi existencia sin un selfie transmitido y retransmitido incitando los más diversos comentarios?”.

Sin pensarlo, dos veces apartó la pesada y pestilente tapadera calada y se zambutió dentro del agujero, con la esperanza de recuperar su dispositivo electrónico.

Para su sorpresa, halló cientos de aparatos, quienes al sentir la presencia de la joven, empezaron a repiquetear sus ringtones y encender sus lucesitas, con la esperanza de llamar su atención y volver a sentir la calidez de unas manos humanas.

Lady Alice comenzó a revolver los escandalosos aparatos en búsqueda del suyo, arrojando monedas, peines, chicles masticados e inútiles carteras repletas de billetes y tarjetas de crédito; deseaba estrechar a su viejo camarada y cerciorarse si su último mensaje de texto ya tenía respuesta. Cada vez que creía tener su celular, aparecían horrendas fotografías capturadas por engendros de mal gusto, muchachas de su edad mostrando sus partes privadas a galanes de dudosa reputación.

Un conejo blanco vestido con un frac del que pendía un reloj de bolsillo que miraba continuamente, surgió de lo más negro del túnel y pasó presuroso a un lado de lady Alice, quién, dejando de lado que entablar conversación con un conejo dentro del desagüe es un acto más propio de una junkie que tiene a lord de ringtone, que de una adicta al Sims Social con Adele en 3GP, le pidió ayuda para encontrar su teléfono. El conejo no se detuvo ni un segundo y se escabulló murmurando: “¡Llevo mucha prisa, otro día me cuentas!”

Desalentada, se sentó sobre el montón de chatarra electrónica extraviada. Un nuevo teléfono cayó sobre su cabeza y rebotó en sus manos. En seguida reconoció el aparato: el Samsung Galaxy S5 que presumía la insoportable Kimberly, hija del dueño del ferry que lleva a los acantilados de Albión; era una valiosa oportunidad para enterarse de información privilegiada y usarla para crear enredos, difamaciones, chantajes, intrigas y otras prácticas comunes entre las chicas británicas normales.

No dudó en fingir la voz para organizar una fiesta en la residencia de la odiosa Kimberly, convocando a inmigrantes sin papeles, hooligans, dealers, cyber-punks, travestidos y, por supuesto, a su severo tío con un escaño del Conservative Party, sin olvidar a los reporteros de Love.

Así se percató de la mina de oro que tenía a su disposición bajo la superficie de Eaves Road, en el puerto más grande del Canal de la Mancha. Bajando algunas aplicaciones, se formó como hacker autodidacta, y su experiencia como okupa clandestina le brindó el conocimiento para localizar las mejores alcantarillas donde se tiraban restos de comida. Dispuso de tiempo suficiente para investigar cada “teléfono inteligente”, cuyo coeficiente intelectual no oponía resistencia a la curiosidad de lady Alice, empecinada en abrir códigos de seguridad para penetrar en la privacidad de los propietarios de los teléfonos huérfanos y propiciar inusuales acontecimientos en su natal Dover, fraguados desde su imperio underground. La ventaja de habitar el subsuelo es que podía desplazarse de un lado para otro, dentro y fuera del condado de Kent, desconcertando a los rastreadores satelitales de teléfonos, consiguiendo desde el anonimato proezas que nadie hubiera imaginado: el feliz matrimonio de Paul McCartney y Yoko Ono, el triunfo de Alcohólicos Anónimos como partido político en Irlanda, conseguir que la UNESCO declarara a la gastronomía inglesa como Patrimonio de la Humanidad, etcétera.

Todo marchaba a la perfección hasta que se topó con su teléfono original, atestado por mensajes del Whatsapp. Bastó con responder a su primera notificación: “Amo a la irresistible Kimberly. Su amor podrá separarnos”, para que Scotland Yard diera con su paradero, cuando no llevaba escrita ni la mitad de su serie de improperios.

El mundo, Reino Unido y Dover, retornaron a su apacible rutina, ajenos al inexplicable conejo que corría presuroso bajo el tedio, como un árbol que cae a mitad del bosque, sin que hubiera nadie para oírlo.  

Rafael Tonatiuh

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