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El día que vimos a Deep Purple a golpes de Oso Negro

(Waldo Matus)
(Waldo Matus)

Hace dos artículos me puse a contar, en este mismo espacio, las desventuras del roquero mexicano de principios de los años ochenta; empecé con un amargo concierto en el Toreo de Cuatro Caminos y seguí con las sesiones, aleatorias y accidentadas, del Gimnasio de Coyoacán. Ahora, para completar el espectro —y después prometo cambiar de tema— me gustaría regresar a un concierto inolvidable, por desgraciado, de la banda Deep Purple, que tocó una sola canción en el Estadio de la Ciudad de los Deportes (que hoy se llama Estadio Azul), junto a la Plaza de Toros México, en esa misma época.

Antes de entrar en materia cabría una pregunta pertinente: ¿una plaza de toros y un estadio son motivo suficiente para llamar Ciudad de los Deportes al cuadrángulo que los contiene? Pues un promotor musical anunció, en aquellos años, un concierto de Deep Purple, la famosa agrupación inglesa, en ese estadio. El anuncio era literalmente inconcebible, los conciertos de altura internacional, como era el caso de aquel, no pasaban por la Ciudad de México, y los que sí pasaban habían terminado en desastre, como aquel de los Doors con un Jim Morrison luciendo un vistoso coma etílico o aquel en el que Joe Cocker no podía, ya no digamos cantar, sino tenerse en pie, así que, con esos antecedentes, ya se imaginarán ustedes la ilusión, y el temor, que produjo aquel anuncio del concierto de Deep Purple. La formación del grupo había ido cambiando con los años, pero el anuncio sugería que veríamos cantar a Ian Gillan y tocar la guitarra al legendario Ritchie Blackmore.

Como no había más en el panorama roquero de entonces, no tuvimos más remedio que creer en el anuncio; en el imaginario de aquella época pesaba más la fantasía de ver a Deep Purple que la realidad, áspera y bien tangible, de ver en vivo a los Dug-Dug’s. Las entradas se vendían en las taquillas del estadio el mismo día del concierto, por temor a las falsificaciones y a la reventa, como conté en un artículo anterior, y esto exigía un esfuerzo titánico del público, porque tenía que hacer varias horas de cola y luego esperar a que empezara el concierto, matando el tiempo a fuerza de ginebra Oso Negro con jugo Yus, una bebida explosiva, típica de la época, que generaba visiones apocalípticas y trastornos graves de personalidad, dos estados psicológicos de peligrosidad extrema en vísperas de un concierto de aire internacional, como lo era sin duda aquel de Deep Purple. De entre las visiones apocalípticas, en la víspera de aquel concierto, recuerdo las de mi primo Roberto, que corría despavorido por la avenida San Antonio, huyendo de una jauría de perros negros que nadie alcanzábamos a ver. Todo el tiempo sonaban las grabadoras con los éxitos de Deep Purple en caset, unas grabadoras de pilas que eran del tamaño de un buró, y que proveían la calistenia para el concierto, reproducían una y otra vez “Smoke On The Water” y “Strange Kind Of Woman (Live in Japan)”, para deleite de los fanáticos que, con su jugo bien bautizado en la mano, reproducían, como podían y a su buen entender,  los alardes guturales de Ian Gillan. El concierto empezó, como era costumbre, dos o tres horas tarde, lo cual quería decir, en términos reales, que hubo que beberse litro y medio extra de jugo; al estadio había que entrar sin bebidas, la policía, que con cualquier pretexto repartía una patada o un macanazo, exigía un orden marcial a los roqueros, que nos íbamos acomodando en el graderío, en nuestras localidades sin numerar. El concierto empezó justamente después de un tremendo cohetón, que se le salió de control al operario y chamuscó un tapete de aires persas que servía de escenografía; el accidente produjo una nube negra, que olía a pólvora y a lana quemada, dentro de la cual apareció Ritchie Blackmore sacándole a la guitarra los primeros acordes de “Smoke On The Water”, y en la medida en que aquel nubarrón se disipaba fuimos viendo, con asombro y mucha rabia, que Ritchie no era el Blackmore nacido en la ciudad inglesa de Weston-super-Mare, sino un doble nacido, probablemente, en Cosamaloapan, Veracruz, y lo mismo pasó en cuanto salió Ian Gillan; “a poco Gillan es morenito”, preguntó una despistada que no entendía muy bien de qué iba la cosa, ¡smooouk-in-de-guorer, faierindescai!, gritaba el morenazo que desde luego no era el Gillan de Londres, Inglaterra, sino un entusiasta que cantaba con lujo de gallos y que venía, probablemente, de la colonia Aragón-Inguarán. Los del público, por supuesto, comenzamos a protestar, lo que estábamos presenciando tenía el calibre de una de las visiones apocalípticas que producía la ginebra con jugo Yus, así que empezamos a silbar y a exigir que trajeran al Deep Purple de verdad o que nos devolvieran nuestro dinero, y la policía, que no estaba para tolerar los reclamos de la juventud, suspendió el concierto y vació el estadio a macanazos. Los falsos Deep Purple no alcanzaron a tocar otra canción y nosotros nos fuimos a quitarnos el mal trago con otra andanada de tragos de jugo con ginebra.

Jordi  Soler

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