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Crónica de mi muerte anunciada

Crónica de mi muerte anunciada
(Fotoarte: Karina Vargas)

EN ELTONO DEL TONA
Rafael Tonatiuh


"Nuestro Señor no escribió la promesa
de la resurrección en los libros,
sino en las hojas de la primavera":
Martín Lutero

El Día de Muertos siempre ha tenido un gran significado para mí, pues tengo una relación muy especial con el más allá de los allás.

Cuando llevé una vida mágico-religiosa de origen africano tuve un muerto, quien me acompañó y ayudó hasta que abandoné la religión (más que nada, porque dejé de ser compatible con el sacrificio de animales). En 2010 me deshice de todo lo que había en mi altar, incluyendo la vasija de barro con mi muerto; pensaba devolverlo a la tierra, tal y como me dijo mi padrino, pero las circunstancias cambiaron los planes y lo abandoné en una pasillo de la terminal de camiones Sur de la CdMx, en la vía Tapo, dentro de una bolsa del mandado; lo dejé ahí y me fui sin mirar atrás (en mi película ahondaré sobre el asunto). Eso fue hace seis años y mi muerto sigue molesto.

Ahora veo la razón de algunos acontecimientos: un viaje a París hace cinco años, donde me sentí triste y abandonado y un coreógrafo hebreo me dio unas anfetaminas chinas que me deprimieron más; un Día de los Muertos de hace cuatro años, me casé con una joven bella y escultural, no por la ley de los hombres sino mediante un performance mágico-cómico-musical en el que, de manera imprudente, tomé de la mano a mi consorte y le dije, “al pasar sobre este indigente chemo y teporocho, que cruza la banqueta, estaremos casados”, haciendo un pacto con el inframundo que comprendí cuando mi coche se quedó sin marcha sobre Eje Central, esquina Soria, colonia Álamos. Fue a principios de este año. Lo sentí como un cañonazo sobre el ala de un avión, que comienza a perder vuelo hasta aterrizar en una gasolinera maldita (prometo dar más detalles en mi próximo libro, que luego se volverá película).

En enero de 2016 busque a mi padrino para pedirle ayuda. No lo había visto en cinco años. Lo encontré en su consultorio: gordo, gigante, explosivo, rapado, me dio su nuevo teléfono. Después de dos infructuosos intentos para verlo, mis llamadas dejaron de entrar y su consultorio no ha vuelto a abrir.

En marzo falleció mi mamá, Lety Pérez, como resultado de un atropellamiento de bicicleta. Se fue contenta, sin agonía, aunque sin fumarse el último cigarro que se había reservado para despertar, pero ya no despertó. Sus cenizas están mi casa. Cada fin de mes le pongo de ofrenda una cajetilla, de la que extraigo cigarros que prendo y dejo en un cenicero, y que mi mamá manipula cual Poltergeist, haciendo figuras con las colillas, moviéndolas de lugar e incluso sacándolas de la basura para seguir jugando. Desde que un viejo amigo le hizo una misa se ha tranquilizado un poco, pero hay que llevar sus cenizas al cementerio; mientras tanto, y ante la ausencia de mi padrino para comunicarme con ella (y con mi muerto), he consultado el oráculo de los cocos (de una manera poco ortodoxa, pero que espero funcione).

Hace 666 minutos (con 666 segundos) tronó el disco duro de la computadora que he usado en MILENIO desde que ingresé, hace 16 años. No solo salieron volando por los aires todos los “En el tono del Tona2 que escribí, sino un montón de textos que me gustaron, como mi homenaje al Loco Valdés, mi entrevista a Monsiváis, mi ensayo sobre el pendejo que se metió a la jaula de los leones mientras decía: “¡Si Dios existe, me va a salvar!”.

Puse mi calaverita sobre ese disco duro que no es duro de matar. Mi mamá había guardado todos los ejemplares impresos de mis publicaciones. Cuando falleció eran casi tres costales de papel que nadie quiso y yo no tuve espacio donde guardar. Se fueron a un boiler. Sentí como si hubiera muerto, sin haber dejado un legado palpable de lo que me gusta hacer: compartir lo que me parece divertido (quizás porque los quiero un poco).

Medité sobre mi propia calaverita y concluí: si murió “En el tono del Tona” 2000-20016, es porque seguramente el Tona que resurgirá de sus cenizas será mejor (y comprará una USB). Decía Sócretes: “Sé un riguroso testigo de ti mismo”; bueno, yo he sido un testigo de mí mismo que se la pasa pacheco y pedo y mis observaciones sobre mí mismo no son confiables. En vez de perder más tiempo en el vicio y la pornografía, tengo que explotarme como personaje (como Woody Allen, Jodorowsky, Britney Spears) y para ello hay que estar sobrio, planificar, actuar, prepararme, entrenar, ensayar; recuperar la paz, la creatividad; ser propositivo, experimentar con el stand up, el arte narrativo digital, volver al rocanrol.

Ya rebaso los cincuenta años y no soy precisamente rico. No tengo más remedio que renovarme o morir, crear un “En el tono del Tona” que se publique en un libro y que luego se haga película (esto que están leyendo son unos avances).

Resucito con un propósito en la vida: hacer mi película, ganar un Oscar y dejar el mundo aburrido y miserable de los pobres. Deseenme suerte.

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