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Corona Capital: Jack White y el rock con agallas

Corona Capital
(Especial)

EL ÁNGEL EXTERMINADOR
David Cortés


Son las 9:30, minutos más, menos. La gotas comienzan a caer; ya antes ha llovido, pero ha sido soportable. En uno de los escenarios, Massive Attack inicia su set; en otro, DJ Zedd trata de atrapar a los asistentes con una ecléctica propuesta. Cuando el plato con “Canción del Mariachi”, tema popularizado por Los Lobos en el filme Desperado, gira en la tornamesa, el agua arrecia. En unos minutos pasa a ser chubasco para luego convertirse en tormenta eléctrica.

Zedd aguanta a pie firme, pero Massive Attack se ve obligado a suspender su participación. El agua cae en cascada, azota los rostros, vuelve inútil cualquier impermeable; el éxodo comienza, la calzada principal de acceso se torna un canal por el que circulan deshechos humanos. A falta de suficientes espacios para guarecerse del temporal es mejor huir. Ya habrá tiempo para más, una ocasión más propicia.

La información es contradictoria: “Se ha suspendido temporalmente” (los relámpagos quiebran la noche), “sí, ya, Protección Civil gira instrucciones para proteger a la gente, pero no sabemos si se reprogramaran los grupos faltantes” (la lluvia no para). Segundos después: “Ya están los grupos sobre los escenarios”. Es SBTRKT quien reinicia la noche….

Por la tarde el sol saluda la llegada de setenta mil personas. En su quinta edición el Festival Corona Capital, que ha tomado como política reciente no incluir en su cartel a ninguna agrupación de nuestro país, apuesta por la vanguardia en cuanto a la organización, aunque su brillante idea de las pulseras como moneda de cambio pronto se muestra inoperante, ya sea por los tumultos o por las continuas caídas del sistema.

Musicalmente la apuesta es por lo nuevo, aunque ello no es sinónimo de innovación. The Ghost of Saber Tooth Tiger, el grupo de Sean Lennon y Charlotte Kemp, deja claro que en el rock los linajes no son suficientes para obtener popularidad. Su paso por el escenario es solvente, melodías tintadas de pop, aderezadas con algo de fuerza, pero nada como para dejar una huella indeleble. Hay cierta frialdad en lo suyo, no en su música, sino en la manera de entregarla, algo que impide llegar a la celebración.

Best Coast, originarios de California, no se sienten lejos de casa. El sol en este momento hace de las suyas y el surf, la sicodelia a medias, todo ello perlado de pop, muestran una cara bonita, exultante, porque si algo tiene este festival es que al ingresar al recinto donde se lleva a cabo se entra a una ínsula, a un lugar utópico en donde Ayotzinapa, los problemas en el IPN u otra banal cotidianidad no tiene cabida. Best Coast lo ejemplifica bien: el rock de la sonrisa perenne, la reafirmación del mantra de los organizadores: “Hemos logrado crear dos días de celebración al año, durante los cuales lo único que importa es disfrutar del espacio y de la gente que está ahí convocada, lista para compartir la experiencia que nos une a todos: la música”.

Visto así, hay un menú amplio. Pond, mete la aguja en el pasado y nos hace llegar sicodelia, no en estado puro, pero sí con los suficientes elementos para viajar. Los teclados crean una alfombra espacial y sobre ella las guitarras se adentran en furiosos jams que se contienen cuando prometen salir de este mundo; entonces el grupo regresa al punto de partida para retomar la energía más adelante. Una música llena de vaivenes que electrifica la carpa en la cual se presenta.

Hoy, la geografía y las condiciones del clima hacen más lentos los traslados, pero con paciencia se llega a la ansiada Meca. Conor Oberst, que no termina de alcanzar la cima del éxito, visita el folk, el country. Ese sonido, al cual se le ha colgado el membrete de americana, lo practica con suavidad, incluso hay momentos en los que se acerca a esas canciones épicas de grupos legendarios como The Band o Bob Dylan. Gusgus intoxica con sus ritmos electrónicos, funkeados, no sucios, pero lo suficientemente calientes para burlar al viento. A ellos todavía les toca salir indemnes de las predicciones de los meteorólogos.

…la lluvia ha cesado, pero sus estragos están allí. El equipo de Jack White pone a punto los instrumentos. Mucha gente se ha ido, otros esperan a The Horrors, pero quienes aguardan por el nativo de Detroit se verán recompensados.

El guitarrista, compositor, líder de White Stripes y creador de bandas como The Raconteurs y The Dead Weather, ha rato se ha sumergido en las aguas del Mississippi para ungirse de blues. Su actuación es potente, pronto deja en claro que no se contenta con reproducir sus canciones como en el disco, las encara desde todos sus ángulos, mantiene el espíritu, el corazón, pero las maquilla (“Steady As She Goes”, escrita para The Raconteurs y salpicada con frases de un clásico como “Misirlou” es prueba de ello).  Es un cierre devastador para una jornada de música a la que White le devolvió el espíritu y mostró que sí, el rock aún tiene agallas, a pesar de que los tiempos modernos quieren venderlo totalmente pasteurizado.

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