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Confesiones de un sufrido DJ de los setenta

dj musica
(Martha Castillo)

El oficio de DJ tenía otra orientación en la década de los años setenta. El DJ era un individuo que ponía y mezclaba canciones, como hoy, pero el entorno era radicalmente distinto. Digamos que quien ponía los discos no gozaba de la atención del público, como le sucede al DJ contemporáneo, sino que era un elemento más del huateque que competía con las conversaciones, los gritos, la pata de elefante de Bacardí o su sucedáneo natural, que era la olla donde alguien, nunca se sabía quién, había mezclado una enorme cuba que se administraba con cucharón de sopa.

Todos estos elementos iban contra el sufrido DJ de fiestas de los años setenta, más la incómoda ubicación que el dueño de la casa le asignaba y que solía ser dentro del metro cuadrado que había entre el paso al baño y la mesa que hacía las veces de bar, que era siempre una superficie movediza coronada por la olla antes mencionada y una ordenada torre de vasos de plástico blanco que, poco a poco, se iban diseminando por la mesa, los alféizares de las ventanas o la tierra de las macetas, en la que también solía uno apagar el Kent, el Lark o el Delicado sin filtro. En ese metro cuadrado permanentemente revolucionado ejercía el DJ su oficio, expuesto a los aspavientos, los caderazos y culebreos característicos de quién comparece frente a una mesa de bar. Tanto aspaviento era un atentado contra la tornamesa, de aguja, que manipulaba el DJ, pues el más mínimo golpe repercutía, en forma de chirrido atroz, sobre la canción que se estaba reproduciendo. En este punto quisiera hacer notar la diferencia de instrumental, de bártulos con los que trabajaba el sufrido DJ de los setentas: a la computadora u iPod, con que hoy se presenta el que va a poner la música, hay que oponer la parafernalia que necesitábamos entonces, cuando íbamos a musicalizar una fiesta: dos tornamesas, dos bafles gigantescos, un amplificador y una mezcladora, y ocho o diez huacales de plástico llenos de discos, todo metido en el Volkswagen de un primo.

Aquí ya notaran ustedes que he adoptado el tono personal, la dimensión narrativa de quién ha estado presente en el episodio que está narrando. La historia es una simpleza: tres amigos invertimos en los aparatos, con la ilusión de tener muy pronto ganancias; cada quién poseía una importante cantidad de discos que pusimos al servicio de nuestro negocio y lo demás, pensamos, era poner música, cosa que ya de por sí hacíamos todo el día, beber cubas infectas, pero pagadas por otro, y al final cobrar un dinero que a nadie nos venía nada mal. El problema, que ninguno vislumbró durante la fase de planeación, fue que los tres éramos obcecadamente roqueros y que no teníamos ningún disco de fiesta, digamos, standard: no teníamos ni Bee Gees ni Kool & the Gang ni Sylvester ni Teri de Sario, ni tampoco teníamos Barry Manilow ni el “Just The Way You Are” de Barry White para meterle mano a la novia en la fase de las calmaditas. “¿Calmaditas?”, preguntaba el DJ, o sea yo, escandalizado, cuando el dueño de la fiesta, o sea el que nos pagaba, sugería que Led Zeppelin y Black Sabath y Deep Purple estaban bien pero para un ratito, y que ya llevábamos dos horas de dureza musical y los invitados, consecuentemente, se querían ir huyendo de esas grandes bolas de fuego que salían de nuestras tornamesas. “Mi esposa ya se tuvo que ir con los niños a casa de su mamá”, nos dijo una noche un cliente de mirada vidriosa y asesina. “¿Y no tendrás un Amii Stewart, un KC & the Sunshine Band, un Bonnie Pointer o siquiera un Van Mc Coy por ahí entre tus discos?”, preguntaba el que pagaba, señalando el universo casi infinito de discos que ofrecían los ocho o diez huacales que, para esas alturas de la fiesta, había que defender continuamente pues no faltaba quién posaba ahí su vaso o echaba entre los LP la ceniza de su Kool mentolado. “De eso no tenemos nada” —le respondía yo— “pero te voy a poner esta de Foghat en vivo para levantar la fiesta”, le decía con gran desparpajo, como si aquello fuera una respuesta a la altura de su petición desesperada. La verdad es que ni yo ni mis colegas estábamos dispuestos a transigir, nuestra negativa de poner a Tavares y a Andrea True Connection, obedecía a una sólida pulsión evangelizadora: los que oían música disco estaban muy equivocados y nosotros teníamos la misión de sacarlos de ese gravoso error, a fuerza de gritos de la Joplin o de los guitarrazos de John Mayal y sus Bluesbreakers. Aquello era una batalla desigual que libraba nuestro trío de DJ contra las decenas de invitados que acudían a las fiestas que musicalizábamos, con la ilusión de bailar con las Three Degrees.

El final de aquellas batallas era siempre el mismo: el que pagaba nos daba la mitad de lo acordado y nos pedía educadamente, o no, que nos retiráramos, y acto seguido sacaba la consola Telefunken y ponía “Mandolay”, de La Flavour, y la gente, para nuestro asombro, se animaba y se ponía a bailar.

Jordi Soler
@jsolerescritor

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