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Conchuda y guitarrona

Guitarrona
Guitarrona (Apache Pirata)

por Jordi Soler

"A veces finges ser conchuda y guitarrona”, es el misterioso título de un poema de Daniel Sada, que bien podría ser una de esas frases comodín que se utilizan para dar por zanjada una discusión o para cambiar de tema e irse cómodamente por las ramas o, incluso, para terminar una agobiante relación sentimental: “A veces finges ser conchuda y guitarrona”, le suelta uno a la novia y se da la media vuelta y se va. Y lo mismo opera al contrario, si el que agobia es conchudo y guitarrón.

Daniel Sada murió hace dos años y dejó una de las obras más importantes de la literatura en español. Basta asomarse a las páginas de Porque parece mentira la verdad nunca se sabe (Tusquets, 1999), esa novela espesa y asombrosa, para percibir la fuerza arrebatadora de su escritura, su inconcebible oído que producía novelas dodecafónicas. Pero ese mismo oído lo aplicaba a su poesía que, siguiendo con la idea de lo dodecafónico, era también atonal y, por tanto, distinta, rara, siempre sugerente. Quiero decir que en cada poema, que se nos presenta como un pentagrama sin jerarquías, a lo Schönberg, aparece un ramalazo que nos dispara la imaginación en múltiples direcciones. De su fastuoso poemario Aquí (FCE, 2007), he elegido estos severos ramalazos, que debería uno apuntarse en la palma de la mano para tenerlos siempre presentes: “La verdad es redonda, pero está muy distante”. “Querrá observar el rumbo del tornado ¿sí o no?: su contoneo burlón, su orla marimoña”. Al parecer citando a un rey de Armenia, Sada propone: “El secreto para obtener las cosas es despreciarlas”. “Flores como ideas. Darlas. Olvidarlas”. “Lo pazguato que esconde verdades implacables”. “Mi vida habrá de ser desecho pertinaz”. “Enorme casa en ruinas, el punto de partida”. “Tiene el hartazgo un desnivel, que apuntala y trastoca a la necesidad”. “Nada está por demás y todo es mucho menos”. “Será caos que se anegue a mis espaldas”. Y esta última que he elegido para empezar estas líneas: “A veces finges ser conchuda y guitarrona”, título de un poema que más abajo, en uno de sus versos, abre la siguiente puerta: “Se finge guitarrona, conchuda como concha que nadie abre”. Ahí está ese misterio que nunca podremos revelar del todo, en la perla que oculta esa concha, y en el brumoso significado del calificativo guitarrona, que podría aplicarse, grosso modo, a una mujer cuyas formas recuerden una guitarra, o cuya actitud, pasiva mientras no se le toque, recuerde la inmovilidad de las guitarras, o más bien guitarronas, que han de ser más toscas o más anchas, o más hoscas, que las guitarras normales.

Si en lugar de guitarrona el poeta hubiera propuesto guitarruda, estaríamos hablando de una mujer mucho más fibrosa, con menos caderas y una severa tendencia a la hiperactividad y, probablemente, de carácter explosivo. ¿Pero qué sería de esta mujer si el poeta la hubiera llamado guitarrosa?, pues sería un personaje de poema menos pulcro que las dos anteriores, pero también con más asideros terrenales, y probablemente más llevadera, e incluso más hermosa, que las otras dos. ¿Y guitarresca? Sería bastante más delicada e intolerante, seguramente con alergia a los gatos, al polen, a los lácteos, a las especias orientales y al centro de la piña, la antítesis de esa otra que hubiera merecido el calificativo de guitarrera que, lejos de sufrir alergias,  sería una mujer sumamente combativa, partidaria de experimentarlo todo, afecta a las emociones fuertes y a los hombres poco timoratos, esos que no se avergüenzan por la mañana de los lodazales en los que se revolcaron la noche anterior. Una versión parecida a la guitarraza, que sería aquella con una visión prístina y sobrecogedora de la existencia, capaz de intentar cualquier cosa que se le ponga entre ceja y ceja y de cosechar, a causa de esto, los piropos: “Estás hecha una guitarraza”, y, “ese guitarrillo con el que sales no te merece”, entendiendo por guitarrillo a ese hombre timorato, en el que nunca se fijarían ni la guitarrera, ni la guitarrosa, ni tampoco la guitarruda por encontrarlo muy guitarrín, y mucho menos la original guitarrona que necesita, como mínimo, un guitarrote para formar una pareja estable, para avanzar con cierta solidez por este valle de lágrimas.

Pero detengámonos un momento en guitarrillo y guitarrín, esos personajes en los que, si acaso y por pura compasión, se fijaría guitarrosa, porque vería en ellos a dos personajes parecidos a su primo guitarrito, ese pobre muchacho sin amigos al que las chicas de su edad no le hacían ningún caso, no le tocaban ni un riff, ni siquiera un la, pero que al final, por alguna anomalía cósmica, “por ser buena persona” diría su mujer, acabaría casado con la mejor amiga de su prima guitarrosa, porque en las parejas, para aquellas que no son ni guitarraza, ni guitarrera ni guitarruda, a veces importa más, a la hora del matrimonio, mantener el círculo social con un elemento conocido, que experimentar con cualquier guitarrillo de otra tribu.

@jsolerescritor


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