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Coñac de París y caviar de Irán

Coreano
(Especial)

EL PEZ SOLUBLE
Jordi Soler

Kim Jong-il fue, durante dos décadas y hasta su muerte, el líder supremo del Partido Democrático de Corea del Norte. Su biografía es una larga, y atractiva, lista de excentricidades y, como herencia para el mundo entero dejó de sucesor a su hijo Kim Jong-un, ese hombre regordete que hoy vemos en los noticiarios de televisión, paseándose entre sus tropas y luciendo un inconcebible corte de pelo sobre el que nadie, por miedo, le ha dicho nunca nada. Uno de los precios que ha de pagar un líder supremo es el de no ser advertido cuando está haciendo el ridículo. Para amortiguar esta situación sus ayudantes se han cortado el pelo de la misma forma: para que el ridículo individual quede disuelto en el ridículo general. Pero volvamos al difunto padre, que es quien nos ocupa y del que ha revelado algunas intimidades Kenji Fujimoto, el chef que le preparaba la comida. Fujimoto sirvió al líder supremo durante 12 años y en ese tiempo debe haber visto muchas cosas, aunque sus revelaciones se ajustan a su quehacer, todas tienen que ver con la comida que preparaba y que era probada hasta por 200 catadores antes de que el platillo llegara a la mesa del líder. Ni entiendo ni puedo imaginarme cómo sería el salón donde los catadores iban probando, uno tras otro, un pato, un arroz con langosta, un cochinillo al horno; probablemente sería una mesa muy larga donde cada uno probaba un trozo y después esperaba pacientemente y durante horas los efectos. Por más que he buscado no he podido encontrar testimonios de uno de estos catadores de comida.

Kenji Fujimoto cuenta sobre los costosos antojos del líder supremo, dice que con frecuencia se le antojaba algún producto que había que ir a comprar muy lejos, y así como un ama de casa manda a la muchacha a comprar un paquete de pasta al supermercado, el líder enviaba a Fujimoto a Irán a comprar caviar, a Tokio pescado, a Dinamarca cervezas y, sobre todo, cajas de coñac Hennessy a París, que era no solo su bebida favorita sino también el combustible de sus fiestas pantagruélicas que duraban varios días. Según los cálculos del chef, el líder gastaba 700 mil dólares al año en su bebida predilecta, un dato infame e hiriente para su pueblo si se toma en cuenta que el sueldo anual de un trabajador norcoreano es de 900 dólares al año.

Una vez, cuenta Fujimoto, el líder tenía un antojo irreprimible de una hamburguesa de McDonald’s y, para no dejarlo insatisfecho y de mal humor, se subió a un avión y fue a Pekín a comprarle una Big Mac. La única vez que Fujimoto en sus revelaciones se sale del territorio culinario es cuando habla del desbordado apetito sexual del líder, un apetito cuyo caudal se repartía en un montón de señoritas que tenía permanentemente a su disposición, para que cuando le entraran las ganas aquella energía pudiera salir y no se revirtiera en una pataleta imperial de temibles proporciones. Bien mirado, y dicho sea en descargo del chef Fujimoto, es necesario establecer que al entrar en juego el apetito, el asunto de las chicas puede pertenecer también al terreno culinario. En los colegios de Corea del Norte se enseñaba a los niños que el líder Kim Jong-il ni orinaba ni defecaba, poseía un organismo milagroso que no tenía necesidad de evacuar los desechos. Su pasión por el cine de aventuras lo llevó a poseer una colección de más de treinta mil películas que veía en su sala particular; sus favoritas eran las que protagonizaba Arnold Schwarzenegger. De tanto ver películas al líder le entró el gusanillo de dirigir alguna y, como era un hombre con poca resistencia a la frustración, se caló una boina y se puso detrás de una cámara a rodar su propia película, estelarizada por dos actores de Corea del Sur que tuvo a bien secuestrar. Desgraciadamente tampoco he podido dar ni con el filme ni con el testimonio de alguno de estos dos actores que, una vez cumplida su misión actoral, fueron devueltos a su país con una compensación económica en el bolsillo.

Otra de la excentricidades de Kim Jong-il fue la de proclamarse el inventor de la hamburguesa, un dato que se añadió al de que ni orinaba ni defecaba. Los días de su cumpleaños se denominaban “Días del sol” y se celebraban con grandes eventos populares que ya en la noche se volvían privados, cuando se servía, a él y a la camarilla que lo acompañaba, el coñac de París y el caviar de Irán. En la misma estela de los actores que mandó secuestrar para que actuaran en su película Kim Jong-Il, según el chef Fujimoto, también mandaba secuestrar a las chicas que lo acompañaban permanentemente, con la misión de que su apetito sexual estuviera rigurosamente acotado, que no se desbordara ni alcanzara nunca las líneas rojas. Según el chef indiscreto, mientras él iba a Dinamarca por las cervezas, los guardaespaldas del líder iban a secuestrar chicas a China y a Tailandia pero, un tiempo después, se metió por esto en un lío diplomático que lo obligó a concentrarse en las chicas de su país y a formar con ellas un grupo al que denominó, sin rubor alguno, Kippumjo, vocablo que quiere decir “La división de la diversión”.

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