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Comer con música

Pez soluble
(Nostragamus)

EL PEZ SOLUBLE
Jordi Soler

Comer con música es una costumbre de estas latitudes. En los restaurantes europeos la gente come sin música, y esta veda musical se aplica también en las casas a las que te invitan a comer, se come y se bebe sin más ruido que el de la conversación, el del clink clank de los cubiertos contra los platos y alguna eventual carcajada o un frondoso carraspeo para estimular el paso del filete por los accidentes de la glotis. Nada más. Si acaso al final, con el postre y los cafés, y desde luego con los digestivos, se pone un disco o un iPod, para alimentar al oído con otra cosa que no sea la pura voz. Otra cosa son los bares y, sobre todo, los pubsingleses o irlandeses, donde puede escucharse el mejor rock del mundo mientras se bebe cerveza y se come un sándwich o un tazón de fish&chips. Pero en México, y en Estados Unidos y hasta en Canadá, los restaurantes están llenos de música, a veces a un volumen que obliga al comensal a gritar sus comentarios o, de plano, a callárselos porque nadie va a oírlo.

Los dos restaurantes más bestialmente musicalizados en los que he comido están muy lejos uno del otro: en Xalapa, Veracruz, y en Jerusalén, Israel, lo cual invita a investigar la relación entre la comida y la música en el Medio Oriente. El de Xalapa era una enorme taquería donde se tocaba, a volumen ensordecedor, una indigesta mezcla de rancheras, narcocorridos y piezas tropicales de aire Buki. El de Jerusalén está junto al mercado, se llama Mahane Yehuda y toca, con los mismos decibeles salvajes que el de Xalapa, éxitos contemporáneos en hebreo y en árabe, con algún desliz hacia Duran Duran o The Police, en riguroso inglés. La música en la comida es un invitado más y, a veces, como en estos dos restaurantes que acabo de citar, es un invitado escandaloso que no deja hablar a los demás. Pero en los restaurantes donde la música está, digamos, de fondo, las canciones condimentan los platillos, añaden elementos, consiguen asociaciones imposibles como el cilantro con un borbotón de bajo eléctrico, la cebolla con un golpe de pandero y una mano de cangrejo moro con el sonido robótico de un Yamaha.

En los restaurantes mexicanos reina un eclecticismo musical que es fiel reflejo del eclecticismo nacional, todo vale a la hora de musicalizar, a diferencia de los restaurantes en Estados Unidos que están, por lo general, orientados hacia el rock. Cada vez que vagabundeo por algún sitio de aquel país, exponiéndome a su potente monotonía rockera, llego a la conclusión de que en los países donde hablamos español nos perdemos el cincuenta por ciento del rock en inglés que se produce hoy, una desgracia que podemos evitar parcialmente con la radio online, aunque también es verdad que la radio online no tiene la cercanía que ofrece una radio que emite desde la ciudad donde uno vive, cuyos referentes son familiares e inmediatos; por ejemplo, quien vive en la Ciudad de México puede escuchar, online, la impecable KCRW que transmite desde California, o Jazz FM que lo hace desde Toronto, o cualquiera de las estaciones, ordenadas por género, que ofrece la radio Sky, pero esta experiencia, por satisfactoria que sea, y aun cuando la música trasciende las nacionalidades y es patrimonio común, nunca tendrá ese elemento de cercanía que aflora cuando el locutor de turno dice: “Insurgentes” o “la fuente de petróleos” o “CU”, o cuando transmite una canción que, por algún motivo, sobrevive en esa ciudad y en otras no, como pasa por ejemplo con aquel opinable grupo llamado Huey Lewis and the News que, por alguna razón del todo incomprensible, forma parte de la lista habitual de canciones de la estación RAC105, de Barcelona, que transmite Rock y Pop contemporáneo, o la gloriosa permanencia de los viejos éxitos de Pearl Jam en la 94.9 FM de San Diego, California. Ya que estamos en San Diego, y en las comidas con música, voy a aprovechar para abrir un paréntesis donde abordaré una curiosidad: el Supermercado González, que es un negocio especializado en productos mexicanos, organizado, jerarquizado y atendido con el rigor y la eficiencia que tienen los supermercados de aquel país, lo cual lo convierte, y digo esto sin ironía ni sarcasmo, en el supermercado mexicano más competente del mundo, con la musicalización más ecléctica, y caótica, de Estados Unidos.

Una vez hecho el paréntesis regreso a la veda musical que reina en las mesas europeas, y al jolgorio de comer con música muy propio de estas latitudes, ¿qué es mejor?, ¿depende de lo que se esté comiendo? Quizá un chef o un comensal muy exigente prefieran, a la hora de estar comiendo, concentrar sus cinco sentidos en el del gusto. Aunque también cabe la posibilidad de que una comida normal eleve su calidad gracias a la música que la acompaña, puede ser que esa atmósfera que añade una canción al espacio donde se come termine influyendo no solo en el sabor, sino también en la digestión y en la forma en que el cuerpo, tocado por la música, aproveche ese bocado donde el perejil se ha fundido con un la, y el do con un diente de ajo.

@jsolerescritor

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