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'Club Sándwich'

Club Sándwich
(Eduardo Salgado)

por Rafael Tonatiuh

Conocí a Fernando Eimbcke en la década de los noventa. Yo ya había egresado del Centro Universitario de Estudios Cinematográficos de la UNAM y realizaba labores en una film comisión, él aún estudiaba en la escuela. Fernando era DJ del Bar Milán y a veces me daba chance de poner una hora de música (años más tarde, yo mismo me dedicaría a pinchar discos, bajo el nombre de Big Mama Tona).

Los melómanos cuequeros nos congratulamos cuando Fernando Eimbcke alcanzó gran éxito en 1998, con el videoclip de Plastilina Mosh de la canción Mr. P. Mosh, realizado de manera muy sencilla pero atractiva: un grupo de bañistas con pelucas rubias y la reaparición de la ya otoñal y exótica vedette Lyn May, realizando coreografías en una alberca. No sospechábamos que de ahí despegaría la carrera de uno de los cineastas mexicanos más apreciados en México y el extranjero.

Temporada de Patos (2004) alcanzó un éxito inusitado, arrasando con un montón de premios nacionales e internacionales; lo que llamó la atención fue que, a diferencia de las cintas de los hermanos Cuarón, Guillermo del Toro y Luis Estrada, contaba con las características de una típica película del CUEC: pocos personajes y una sola locación (cine modesto, pues).

Nuestras películas estudiantiles fueron retos para contar una buena historia limitándonos a sus elementos esenciales. Eimbcke entendió muy bien la lección y así formó su estilo.

Aquí cabe hacer una aclaración: sus filmes no tienen el acelerado ritmo de las películas comerciales ni narran historias complejas “por pose” o por imitar el cine de ensayo europeo, sino porque lo que le nace es la narrativa intimista.

Temporada de patos también cimentó una buena casa productora: Cinepantera (con el apoyo de Jaime Bernardo Ramos y Christian Valdeliévre) con un sano objetivo: producir cine alternativo, luchando contra viento y marea.

Así, el equipo volvió a producir otra exitosa y multipremiada cinta: Lake Tahoe (2008), y actualmente Club Sándwich (2013). Con paciencia, tomándose intervalos de cuatro años, calculando sus inversiones, Cinepantera ha hecho realidad los guiones de Eimbcke, pero con la firme intención de estrenar más películas, con mayor frecuencia; por lo pronto, abordemos la que acaba de ganar el Premio a la Mejor Película del Festival de Cine de Turín, Italia, y la Concha de Plata en el Festival de San Sebastián, España (amén de otros importantes reconocimientos).

Club Sándwich cuenta la historia de una pareja: Paloma (Maria Renée Prudencio) y su hijo adolescente, Héctor (Lucio Giménez Cacho), quienes pasan sus vacaciones en un solitario y tranquilo hotel de la costa oaxaqueña, aprovechando un paquete de temporada baja. Allí observamos la convivencia de una joven madre soltera, alivianada y comprensiva, con un chico en plena ebullición hormonal, afectada por la aparición de Jazmín (Danae Reynaud), chica de 16 años, quien llegó al hotel acompañada de su anciano padre y su madura madrastra, como alarma electrónica del despertar sexual del morro.

Entre conversaciones aparentemente banales (cuyos silencios acentúan el erotismo latente) y acciones supuestamente intrascendentes (pero cargadas de simbolismo, como el continuo uso de bloqueador solar para calmar el ardor), se va desarrollando de manera natural una situación familiar para todas las madres e hijos varones del mundo: la normal (aunque pocas personas lo acepten) relación edípica.

Nadie escapa a ello. Mi amigo, el festivo perredista Elí Evangelista, me describe como “el único intelectual contracultural con mamitis” (y es que  la sobreprotección materna a este  muñeco que escribe, ha sido una constante en mi vida, incluso en la edad adulta, pero luego les platico más), también el éxito de la serie Bates Motel (2013), sobre el psicópata de Psicosis y su madre, que se basa en la ambivalencia de la atracción sexual y la sobreprotección materna.

Muchas de las situaciones cómicas de Club Sándwich se basan en la contradicción que existe entre una madre liberal y sus notorios celos, disfrazados de interés por la chica susceptible de quitarle la virginidad a su vástago.

En un ambiente de paz tropical y pajarillos cantarines, se deslizan inquietantes imágenes buñuelescas: un fugaz travestismo, un anciano cuasi silencioso (si no fuera por su manera de sorber la sopa), un peligroso juego de cartas con castigos y la agobiante presencia de la televisión, cual inútil evasión al descanso (extraño concepto para los seres enganchados a la tecnología).

La eficacia artística en pantalla es resultado de un sutil trabajo detrás de cámara, de una cuidadosa planeación que va desde la ausencia de maquillaje en Paloma (magistralmente caracterizada por mi amiga Maria Renée Prudencio), para darle mayor realismo, hasta el hecho de pintar las paredes del hotel con brillantes colores, para hacerlo más idílico.

Desde un principio se siente la autenticidad de las relaciones entre los personajes, pues Fernando Eimbcke tuvo la genial y maquiavélica idea de hacerlos convivir durante una semana en el hotel, antes de rodar la primera toma.

Los invito a ver Club Sándwich (aunque tenga demasiado pan).

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