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El Club de los Artistas

Club de toby
(Eduardo Salgado)

“Jamás aceptaría pertenecer a un club
que admitiera como miembro a alguien como yo.” 

Groucho Marx

Dr. Vértiz esquina con Dr. Liceaga. Colonia Doctores. México Distrito Federal. Si alguien pasara frente a esa esquina y alzara la vista, vería una marquesina en ruinas, cobijando un templo de la Santa Muerte. La breve marquesina también ocupa sus letras para anunciar una empresa de seguridad privada y una palabra, mágicamente mexicana: La Guadalupana.

La barda es amarilla con letras negras, pues el edificio también cobija a un comité de base del Partido de la Revolución Democrática, con una coordinadora de barrios populares independientes, educación para adultos, asesoría jurídica y social, y un mecánico.

Sobre la banqueta, frente a Dr. Vértiz 118, destaca una gran vitrina con dos figuras: una Santa Muerte de cuerpo entero y un Malverde, el patrono de los narcos. Ambas figuras llenas de ofrendas.

Más allá del llamativo altar y el surrealista contraste con la actividad política, bajo aquella marquesina derruida veo al Club de los Artistas.

Mi familia se trasladó de mi natal Xalapa, Veracruz, al Distrito Federal en 1975, cuando yo tenía 9 años. Entonces, y por muchos años, la radiante marquesina anunciaba: El Club de los Artistas.

En esa época yo no tenía una ubicación geográfica muy clara de este monstruo urbano, pero cuando pasábamos por aquella esquina, sabía que nos aproximábamos a Televicentro (hoy Televisa Chapultepec) y tenía sentido que los artistas se reunieran por aquella zona.

Entonces yo no sabía que aquella franja de la Doctores, colindando con la Obrera, es zona de bares, cabaretuchos y salones de baile con ficheras: el Crazy Horse, el Barba Azul, el Balalaika, etcétera.

El Club de los Artistas fue el ingenioso nombre para un pequeño antro; nombre eficaz, en cuanto a su poder para desatar imágenes, a partir de una marquesina, como de cine, como de teatro, como de lugares respetables donde se presentan los artistas (porque todos sabíamos que los artistas salen en la tele y en el cine y cantan y bailan y hacen llorar y hacen reír y no incluíamos a los artistas plásticos, que para los niños de mi época solo eran jipis).

Para mí, no era un nombre pretencioso que evocara espejos y camerinos para darle caché a un antro rascuache, sino un auténtico Club de los Artistas, que seguramente frecuentaban las estrellas de mi álbum de Teleguía: Iran Eory, Julio Alemán, Ofelia Guilmein, Chabelo, Angélica Maria, Claudio Brooks, Carmen Montejo, Enrique Novi, Ofelia Medina, Bozo, la India Maria y el maestro López Tarso.

Viajando en el auto de mis padres, miraba pasar la modesta marquesina: El Club de los Artistas, sin el valor para pedirles que nos detuviéramos un instante para ver entrar a una celebridad como Silvia Pinal, Zamorita o Ricardo Blume.

Ver de cerca a un artista de la televisión es algo fuera de lo común, es fascinante. En 1975 Joaquín García Borolas llevaba a su nieto al Enrique Yañez Judo Club, donde yo llegué a cinta naranja; en el Parque de los Venados vi una filmación donde Meche Carreño enseñaba los chones a cámara; además logré presenciar una grabación de La carabina de Ambrosio y asistir como público a Fiebre del 2 y Siempre en Domingo (desde Acapulco). Ver a un artista entrar a su club era como ver a Batman y Robin entrando a la baticueva.

Desde niño me llamaban la atención los “clubs”, veía que los chicos de los programas de televisión, caricaturas e historietas, formaban “clubs” (como el afamado “Club de Toby”, de la pequeña Lulú). Los miembros construían una casita en la copa de un árbol y se reunían en secreto. ¿Para qué? Ese era el misterio: practicar judo, hacer rituales satánicos, leer poesía tabasqueña, yo qué sé; para saberlo, habría que formar parte del club privado.

Cuando veía alejarse aquella esquina, me consolaba: “Los artistas no son tan estúpidos como para salir en horas que cualquier familia de pelagatos pueda descubrirlos y abrazarlos y tomarse fotos y opinar sobre sus personajes; no, ellos se reúnen de noche, después de sus filmaciones”.

Una vez, ya de adulto, pasé frente a su marquesina derruida y recordé aquellas hipotéticas reuniones de estrellas de la farándula, tras la estrecha puerta bajo una marquesina.

Un Día de Reyes como hoy, año 2014, los artistas reencarnaron como espíritus que revolotean el altar de la Santa Muerte y Malverde, aconsejando a la dirigencia perredista más pesada de la Cuahutémoc, en una gótica ciudad con lugares encantados.

Rafael Tonatiuh

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