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Cine ‘piojito’

 Alfonso Zayas, rey de las sexicomedias
Alfonso Zayas, rey de las sexicomedias (Nostragamus)

“El cine, antes que nada, tiene que ser divertido.”
Ingmar Bergman

En 1977, siendo estudiante de secundaria, vi una película cómica: El amante más grande del mundo, escrita, dirigida y protagonizada por Gene Wilder. Fue la primera vez que me quedé a ver los créditos al finalizar una película y le presté atención a quienes habían hecho posible aquella pieza que me mató de risa. Salí del cine con una meta: dedicarme a hacer películas.

Descubrí que existían dos escuelas de cine en México: el Centro de Capacitación Cinematográfica y el Centro Universitario de Estudios Cinematográficos de la UNAM (que recientemente abrió la carrera de cinematografía, pues en mis tiempos solo te daban una constancia de estudios).

Desde mi adolescencia tuve predilección por las películas cómicas y todo género cinematográfico que de manera voluntaria o involuntaria tuviera un toque de humor: el cine chafa de terror y ciencia ficción; el spaghetti western, las chinas de karatecas, las musicales, las películas de acción con detectives sarcásticos.

Mientras estudiaba en el Colegio de Ciencias y Humanidades plantel sur, me enteré que al CUEC no entrabas por pase automático, sino haciendo un dificilísimo examen de admisión, ya que solo aceptaban veinte alumnos.

Aproveché el pase automático para estudiar la carrera de Ciencias de la Comunicación, y ocurrió un fenómeno que nunca me había pasado desde el kínder: comencé a reprobar materias prácticamente desde que entré. ¿La razón? Estaba en el lugar equivocado. Yo quería hacer películas, no aprender semiología.

En 1985 hice mi examen de admisión al CUEC y me aceptaron. Desde entonces para acá mi especialidad ha sido el guionismo, escribiendo argumentos para cortometrajes producidos por el Fonca y diversos programas de televisión, siendo mi mayor obra el largometraje Un mundo raro, dirigido por Armando Casas (que pasan a cada rato por el canal De Película).

El CUEC ha sido mi escuela favorita (no recuerdo ninguna otra escuela que me haya divertido), sin embargo, el haber estudiado cinematografía borró un poco cierta cualidad que tenemos los espectadores de cine: la ingenuidad, y me hizo ligeramente intelectual.

Todo cinéfilo es ingenuo. He visto a los mejores cerebros de mi generación llorar cuando Pepe el Toro emerge de la llamas cargando el cuerpo del Torito. El público cinematográfico (de la condición social o nivel cultural que sea) otorga un voto de ingenuidad al ingresar a las butacas, y cuando se apaga la luz, acepta incondicionalmente la mentira (aunque verosímil) que se proyectará frente a él: extraterrestres, plomeros que seducen amas de casa, animales que hablan, etcétera.

Cuando yo estudié cine, mi objetivo era aprender las técnicas para contar una película emocionante, de manera clara, sin que nadie se aburra (lo que hoy llamaría “cine comercial”). Pero en la escuela te enseñan el montaje de atracciones de Eisenstein, que Orson Welles filmaba los techos de los estudios, que Godard cortaba sobre el mismo eje, y se abrió un extenso panorama de obras metafísicas, checoslovacas, japonesas y de países que no concursan en Miss Universo, con autores que hacen cine lento y contemplativo, que van desde Andrei Tarkovsky hasta nuestro afamado Reygadas. Uno termina volviéndose “artístico”. Como una vez me dijera Christian González (rey del videohome, creador de La cumbia asesina y El clon de Hitler): “En las escuelas de cine nos enseñan a ser exquisitos”.

Ahora que se abrió la carrera cinematográfica en la UNAM, se espera la creación de una verdadera industria cinematográfica que produzca películas de género, desde el thriller hasta la pornografía; que el Estado proporcione trabajo a los trabajadores del cine y fomente nuestra exportación de películas.

En general, han sido pocos los directores que le han sacado provecho a los recursos artificiales y kitsch de las películas malas: John Waters, Tim Burton y Pedro Almodóvar, entre los que recuerdo.

Hoy quiero homenajear al churro (cine barato de mala calidad) y al cine piojito (primeras salas cinematográficas enormes, venidas a menos, que se demolieron para dar paso a los pequeños multicinemas), por la huella que dejaron en mi alma ingenua.

Matiné

Yo nací y viví mis primeros años de infancia en Xalapa, Veracruz. En la década de los sesenta solo existían tres cines: el Cine Radio, el Cine Variedades y el Cine Xalapa (el más grande y lujoso, destinado a películas de estreno). Aunque la mayoría conocemos las viejas películas mexicanas por la televisión, a mí todavía me tocó verlas en pantalla grande, en maratónicas funciones que empezaban en la mañana y terminaban por la tarde. Allí me soplaba cinco películas seguidas de Luis Aguilar, Clavillazo, Gastón Santos, Maria Antonieta Pons, Enrique Guzmán, Resortes, las hermanitas Tere y Lorena Velázquez, etc. Las sobredosis se repetían cada fin de semana, hasta que me aprendí varios diálogos.

Terror

Tenía seis años. Pasaban Santo y Blue Demon contra los monstruos y yo pataleaba afuera del cine, chillando, señalando con el dedo los stills (carteles con fotos) pegados en la entrada, diciendo: “¡Es que si yo veo eso lo voy a soñar!”. Por mi culpa, mi papá, mi hermano y unos primos no entramos al cine y fuimos a los columpios del Parque de los Berros. Sin embargo, no puede evitar que tres películas mexicanas de terror se clavaran en mi inconsciente: El hombre y el monstruo, Los muñecos infernales y Cascabelito (de Viruta y Capulina, donde una marioneta cobraba vida de manera aterradora).

Luchadores

El Santo, Blue Demon, Mil Máscaras, el Huracán Ramírez y el Rayo de Jalisco influyeron de manera decisiva para que, siendo niño, escogiera mi primera profesión: luchador. Me llamaría Marte y mi máscara sería roja, como Marte, el planeta rojo. El problema es que en Xalapa no había monstruos y su único banco nadie lo asaltaba, por eso me alegré cuando nos fuimos a vivir al Distrito Federal, donde yo suponía habría más delincuencia y, por lo tanto, más chamba para los luchadores justicieros.

Ficheras

Ya en el Distrito Federal, en los años setenta, los adolescentes estábamos a la caza de cines donde no te pidieran identificación para ver películas para adultos. Nuestra iniciación sexual no estaba en los libros de texto, con lindas parejitas desnudas en el bosque, iluminadas con luz difusa, sino contemplando situaciones picarescas con vedettes semiencueradas, galanes y cómicos albureros. Las del Talón fue una verdadera revelación para mí, pues no solo obtuve la excitación deseada, sino que descubrí a Alfonso Zayas afuera de la cocina de La criada bien criada, diciendo y haciendo peladeces, revolcándome de risa de tal manera que me prometí ver todas sus películas.

Mención aparte merece el cine Palacio Chino del Distrito Federal, que durante los años ochenta fue todo un fenómeno: atestado de varones, ocupando todas las butacas y de pie, entrando y saliendo como si fuera estación de Metro, en un ambiente plagado de humo de cigarro.

Rafael Tonatiuh

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