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Chyna, la novena maravilla del mundo

Chyna excede todas las posibilidades corporales con su fuerza y su hermosura.
Chyna excede todas las posibilidades corporales con su fuerza y su hermosura. (Waldo Matus)

EL ÁNGEL EXTERMINADOR

Ricardo Guzmán Wolffer


Mientras muchos suspiran por el pasón de Prince, otros sufrimos por la partida de un ícono luchístico.

 

Chyna la invencible. Chyna la poderosa. Chyna la inolvidable. Chyna la inmortal. Su imagen será imborrable para cualquiera que la hubiera visto: la mezcla perfecta entre la niña más afeminada y la amazona más poderosa. Un rostro angelical en un cuerpo irrepetible: grande, músculos casi masculinos, uñas pintadas, largo cabello arreglado que intentan tapar, pero solo realza sus pechos mayores apenas contenidos en sujetadores negros deportivos. El maquillaje adecuado antes y después del ring. Una diosa en su mejor momento. Una leyenda.

Incluso para quienes se divierten con la WWE, la mayor franquicia de lucha libre gringa de todos los tiempos, es evidente el teatro en las llaves en las “extenuantes” funciones donde de la nada se recuperan los contendientes y en las cuales todo puede suceder, mientras con ello se divierta al público: el enano Hornswoggle noquea a un luchador de más de 100 kilos de un solo golpe, los réferis caen desmayados al menor roce, los atuendos y las pinturas son totalmente de un show. La teatralidad fársica en el extremo. Llaves apenas logradas, abuso de golpes “espectaculares”, histrionismo malogrado, videos “casuales” de antes y después del encuentro: todo apunta hacia la irrealidad. Pero hay algo inocultable, la marca de la WWE: los cuerpos y los rostros. Serán malos o buenos mimos, pero todos son atletas consumados: ningún esteroide funciona si no hay dedicación al ejercicio. Chyna excede todas las posibilidades corporales con su fuerza y su hermosura. Es un espectáculo en sí misma. No es necesario verla cargar en alto a sus oponentes o al réferi para saberla sobredotada. Es única en la historia de la lucha. Su figura no puede engañar: evidencia las horas en el gimnasio, resalta los atributos naturales de su corpachón de 1.80 sostenido por poderosas piernas que terminan en botas negras con tacón.

Ante la imposibilidad de igualarla posteriormente, la empresa prefirió optar por las luchadoras “divas”: muñequitas delgadas de rostro dibujado y peinado estilizado que no ocultan pechos diseñados para llamar la atención. Algunas excepciones confirman la regla, como la musculosa Beth Phoenix, que, sin embargo, en nada se parece a la alta Chyna, autoasumida como parte de la industria del entretenimiento. Sus brazos eran más elocuentes sobre su condición atlética, pero también valía la pena escucharla en sus entrevistas. Comprendía los límites de su profesión y con humildad se sabía única en su terreno: con naturalidad narraba su popularidad en Alemania o India, sobre todo, asumía su posición como mujer liberada, con aspiraciones alejadas de una familia a la cual debiera cocinar y dedicarse.

Los enormes brazos, la musculosa espalda ancha y la quijada cuadrada hicieron a muchos especular sobre su naturaleza masculina, a pesar de la capacidad para administrarse el maquillaje suficiente para resaltar sus labios y sus ojos. Tal vez por el dinero recibido, tal vez por aprovechar la fama jamás igualada en EU o tal vez por mera diversión, apareció en la portada de Playboy en noviembre de 2000 y enero de 2002 para demostrar que tenía todo en su lugar y que nadie podría tener dudas de su condición femenina.

Ahí es donde se cierra el círculo perfecto para dotar a esta muerta prematura del halo de monstruo adorable: a pesar de su musculatura es una niña que gusta de ser cortejada y que durante su romance con el gran Eddie Guerrero, hijo del campeón mexicano Gory Guerrero (pareja del Santo en su momento estelar), se muestra como una niña de secundaria que acompaña al novio al ring para apoyarlo, mientras él le regala flores y grita a los cuatro vientos estar con su “mamacita” (en español, por supuesto). No solo refuerza la superioridad del novio latino más famoso de la WWE, gran luchador conocedor del llaveo mexicano, pero bien amoldado al histrionismo gringo: también contrapuntea su condición de mujer hombruna como una dulce pareja que se sonroja cuando Eddie le regala flores al lado del ring, ante miles de espectadores que les aúllan por saberlos la pareja ideal del pancracio. La bestia y la bella: la bella bestia hecha solo bella por el poder el cortejo y la galantería latina. Antes del encuentro contra el zamohano Rikishi, ante las cámaras, Chyna cuida a un enfermo Eddie que entre sollozos le pide lo reemplace para luchar. Ella acepta. Ya no importa si ganará o no, su papel mezcla a la madre-novia que cuida y hasta suplanta al hombre de la casa con tal de estar bien con él. Al verlo salir a la lucha, envuelto en su cobija para acompañar a la gladiadora, ella suspira con ternura insospechada para tal mujerzona. En medio del espectáculo asumido como teatro, peligroso pero teatro, el corazón de Chyna convence por su honestidad y sorprende por su entrega.

Otra de sus parejas, dentro y fuera del ring, Triple H, se despidió nombrándola “pionera”. No solo lo fue al luchar contra hombres y ganar su primer campeonato intercontinental ante un empastelado Jeff Jarrett, al que “noqueó” de un guitarrazo en un ring donde el merengue no ocultaba un burro de planchar, un bote de basura, un sartén, una tarja y más utensilios que también habían sido usados como armas; o ser la primera mujer en participar en las batallas campales estelares (“Royal Rumble Match”) donde más de 15 luchadores van subiendo al ring cada minuto a ver cuál es bajado al final para lograr bajar a un enorme Mark Henry (180 kgs) a punta de patadas en el estómago. No se le recuerda especialmente por los muchos golpes a la parte interna del muslo (¿o eran los genitales?) repartidos a sus oponentes masculinos, pero los dio cuantas veces pudo y de igual forma recibió todo tipo de castigos por esos hombres que no solo luchaban con arrojo por ganar la pelea, sino por mantener la supremacía masculina ante una diosa cuya sola presencia al contender con los fortachones los evidenciaba como falibles.

Atrás de la leyenda luchística hay una vida a contracorriente que ensalza más a esta atleta. Joan Marie Laurer tuvo que lidiar en la infancia con un divorcio, con el alcoholismo de sus padrastros, con el abuso de un maestro, con la rehabilitación de las drogas en la adolescencia, con la violación en una fiesta universitaria, con la necesidad de tener tres trabajos simultáneos. No extraña que esa ira contenida por décadas regresara cuando dejó el ring: entre sus muchas apariciones en tv shows podemos recordarla en “Celebrity rehab with Dr. Drew”, donde aceptó, ante las cámaras, su adicción a las drogas.

Con la muerte de Chyna se engrosa la fila de estrellas de la WWE que se van para el otro lado antes de los 50. Claro, muchos eran esperados: los gordazos Yokozuna (34), Umaga (36), André el gigante (46) Big Boss Man (41), el fortachón British Bulldog (39) y el gran Jefe de Jefes, Eddie Guerrero, se fueron de un ataque cardiaco; Test (33) de un pasón. Sus últimas fotografías muestran a una mujer acabada por sus excesos. No importa. Su estrellato no se perderá jamás.

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