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'Faster' Christy Mack 'kill, kill, kill'

Christy Mack
(Apache Pirata)

EL ÁNGEL EXTERMINADOR
Jairo Calixto Albarrán


Todos los días desde antes de que les cayera la maldición de Aznar, el periódico El País publica al menos una nota cotidiana sobre violencia de género de estridencias bárbaras que deconstruye con sus arrebatos y denuncias la imagen idílica de una sociedad aparentemente civilizada. Muertes por ahorcamiento de amantes a la antigua, uxoricidios como extraídos de un capítulo de Game of Thrones, asesinatos pasionales que hacen palidecer por su espíritu hard core a los de la calle Morgue. Un mapeo real de la agresividad y la impunidad, esa pareja tan bien avenida en los tiempos de la cólera desatada donde se demuestra que el amor es un perro infernal.

Pero algunas víctimas de los novios, los amantes, los maridos, los amigos con derechos que no controlan su furia, sus frustraciones, su educación cavernaria, sobreviven. A pesar de los machacamientos, los acosos y los abusos, algunas sobreviven por aprovechar un pestañeo, un instante, un descuido de sus agresores.  Lo que no consiguió Dorothy Stratten, la legendaria playmate de Playboy de 1980, asesinada por su marido-padrote en un infierno conyugal (él creía que dada la notoriedad alcanzada por su chica en un mundo de fantasía y glamur, tarde o temprano lo iba a abandonar, lo cual no era del todo descabellado pues entre Hugh Hefner y el director de cine Peter Bogdanovich la estaban seduciendo para llevarla a Hollywood), lo logró la exitosa actriz de producciones triple X Christy Mack, quien escapó a la dolorosa muerte que le tenía preparada su pareja, un conocido luchador que explicaba su actitud machín desde su nombre de batalla, War Machine.

LA BELLEZA ES UNA MALDICIÓN

Christy Mack, porn star de la factoría Brazzers cuya especialidad repta en los extremos más densos del negocio de la carnalidad, creía que su única afinidad con la super estrella Rhianna, diosa de la provocación y el escándalo, era su papel como doble de trasero de la nativa de Barbados. Hará un par de años que la intérprete de “Diamonds” soltó en el Twitter una imagen que se suponía era de ella, de espaldas y prácticamente desnuda. Causó furor. No tanto por el atrevimiento que ahora en su quincuagésimo encueramiento ya no asombra a nadie (dice el maestro Pedro Friedeberg que cualquier cosa que repites trescientas veces se vuelve horrible, aludiendo a sus míticas mano-sillas), sino por las dimensiones de sus nalgas, cuya rotundez  superaba a las de Jenniffer López y todas las Kardashians juntas. Luego Rhianna tuvo que reconocer que ese oscuro objeto de deseo no le pertenecía, que en un alucine las había tomado prestadas de Christy Mack, cuyas proporciones la ponían al nivel de cualquier reina del carnaval de Río.

Eso le dio un pase directo a los 15 minutos de fama prometidos por Andy Warhol más allá de su zona de confort en la línea de entretenimiento para adultos, donde era conocida por su corte mohawk en el pelo, su alucinante corporeidad de cómic de Heavy Metal y sus exuberancias de plástico fino de antiheroína estilo Tura Santana en algún delirio postapocalíptico de Russ Meyer, el rey del sexplotation.

Pero esa no era la única pasión compartida por ambas criaturas. También estaban los hombres desprovistos de inteligencia emocional y dados a la violencia intrafamiliar. Rhianna tenía su Bobby Brown que cada ocho días le aplicaba terapias de dolor corpóreo y tormenta ósea. Christy, símbolo de la independencia y la autogestión (ella, con su porte de hembra entrona y desmecatada, acompañada de su zoología fantástica de serpientes, pitones y perros bravos que parecían defenderla de los amores perros) tenía a su War Machine que era capaz de comprender su estilo porno de vida (en su prometedora carrera obtuvo toda clase de nominaciones y premios de la industria) y hasta beneficiarse de él como cualquier padrote bien aceitado, pero que ante la  duda se transformaba en un madreador. Y la madreó.

Ya sea por celos, resentimientos, frustraciones, intolerancia o por puros placer sociopático, hombres gobernados por sus instintos ejecutan a las mujeres que suponen son de su propiedad; ya sea para su satisfacción, perversión o simple entretenimiento.

Así pensaba el luchador de artes marciales mixtas, War Machine, una bestia enchida de rencor con musculatura apabullante que se había educado en esa belicosidad que endiosa a la US Army: que esta estrella del cine porno, Christy Mack, era de su propiedad como una esclava de película de Tarantino poblada de tatuajes aguerridos como de Magicuento desmesurado y apocalíptico. Así lo dejó escrito en la bitácora de su cuenta de Twitter, ganándose decenas de comentarios sobre su nivel de estupidez por cargar esas creencias.

De hecho mientras fueron felices en ese contubernio sexoso-amoroso de tintes sadomasoquistas, se hicieron tatuar la leyenda “Property of War Machine” para la bella dama y “Property of Christy Mack” en la maquinaria guerrera muscular del luchador. Curioso que llevara tatuado toda índole de símbolos bélicos el sujeto, y al mismo tiempo portara en el brazo una imagen de Nietzche (otro más que entiende mal lo del superhombre), y siendo tan fanático de la onda militar en su forma más autoritaria, también llevara en el revés de la mano el símbolo de la anarquía.

LA CONTRADICCIÓN, QUE LE LLAMAN

Cuenta miss Mack que luego de su difícil rompimiento todo estaba bajo control. Y no. War Machine irrumpió en su casa como el Hulk de los celos, madreó al amigo que la acompañaba para luego dedicarse a golpearla peor que a cualquiera de sus contrincantes de la lucha profesional. Salvó de milagro y ahora el sujeto anda huyendo, creyéndose incomprendido y traicionado.

A través de su hermano, Mr. Machin-Machine alegó que él se apareció en casa de Christy en Las Vegas para pedirle matrimonio, y cuando la encontró con otro hombre se fueron a los golpes y sería la Mack quien sacara un cuchillo para agredirlo y tuvo que defenderse: por eso le rompió 18 huesos, le dejó el rostro desgajado y el hígado hecho pomada. Por lo menos no se trató de trata.

Hombres necios que acusáis a las porn stars sin razón, siendo la ocasión de lo mismo que culpáis.

War Machine es de la onda Netanyahu: si te patean la espinilla, respondes con un misil.

A diferencia de lo que suele ocurrir (un suicido, el culto a la lógica Tony Montana) War Machine fue detenido en un hotel sin oponer resistencia con apenas un poco de dinero y unas rebañadas de pizza. Seguramente dirá en su defensa que no es él mismo cuando se siente traicionado, que tiene el síndrome del Hipólito de Rosita Alvirez ( a ver si al final no queda libre), que todo es culpa de su madre que era una promiscua y una drogadicta, que es un rebelde sin pausa, que lo quería era regresar a la cárcel donde ha pasado algunas temporadas.

Existe la creencia de que a las estrellas de la vida galante se les va en puro reír y coger. La  porno-novela Faster Christy Mack kill, kill, kill!! plantea lo que parecía imposible: que las porn stars también lloran.

El amor, diría Bukowski, es un perro infernal.  


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