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El Chopo del 'porno'

En el tono de Tona
(Karina Vargas)

EN EL TONO DE TONA
La columna de Rafael Tonatiuh


“Mastúrbate viendo una radiografía, pues la belleza es interior.”

Graffiti de hospital

La pornografía se ha deshumanizado por culpa de la tecnología. Ahora cualquier mocoso puede disfrutar de una escena lésbica con Puma Swede y Belle Knox desde la comodidad de su hogar. En los viejos tiempos había que esforzarse, hacer una excursión a Tepito y andar a la vivas. Se te acercaba un rufián, susurrándote: "Yombinas, tinta china, películas para caballero". En los ochenta había que armar un proyector, y no era tan fácil darle rewind a la escena que te excita; como tener una película porno era un triunfo, hacías sesiones para más de cinco espectadores, y eso dificultaba el desahogo de la masturbación (para eso era el intermedio).

Llegó el video y creció la producción, desde pornstars consagradas hasta las cintas underground de sexo con animales (no, no políticos cachados en moteles de Tlalpan: perros y burros, básicamente). Mis hijos jamás podrán presumir que su papá se disfrazó de Hombre Araña en una convención de cómics, pero sí que fue un pornófilo de los buenos, y en los noventa se ponía su playera estampada con Linda Lovelace, llenaba una mochila de películas y salía rumbo a los locales especializados que se hallaban en el Eje Central, DF, por el Centro, y locales aledaños a la glorieta del Metro Insurgentes.

Esos lugares eran como el tianguis rockero del Chopo, donde el punk y el raver conviven como hermanos; en esos tiraderos convivían los especialistas en sadomasoquismo y los fans del sexo grupal con enanos, e intercambiaban opiniones. Comprabas, vendías e intercambiabas películas en Betamax y VHS, normalmente metidas en cajas de cartón de colores, con una fotografía pegada en la caja, tomada de la portada de la película original. Comprar una de estas películas era un albur, a veces sí traía la película anunciada, pero lo mismo te podía salir una compilación de travestis, sexo interracial o caricaturas de Porky; de cualquier manera no importaba, porque lo que los espectadores de porno queremos son escenas lujuriosas, no importa cómo sean.

Una creencia errónea de los que no gustan tanto del porno (por ejemplo, intelectuales morbosos que prefieren ver una cinta llamada Ninfomanía, que dura cuatro horas sin sexo, pero es de "arte"), es que a los pornófilos solo nos interesan las escenas de sexo explícito y los close ups, pero nada más lejos de la realidad: buscamos situaciones; sin un buen guión el video es una basura; el reto que tienen los productores es inventar tramas y recursos novedosos. Yo he visto de todo: parodias, realities, tramas policiacas, adaptaciones de cuentos infantiles, supeproducciones de guerra o de época. Lo cierto es que vemos esos videos para excitarnos, pero a veces uno encuentra filosofía (recuerdo una escena donde un personaje le dice a otro: "Hazme un favor, golpéate la cabeza y dí: yo soy el mejor"), y poesía (John Stagliano, creador de la serie Buttman, se sube a la azotea y filma a la luna llena, comparándola con unas bellas nalgas de mujer).

Los verdaderos pornófilos hemos visto varias veces las clásicas: Garganta Profunda, El diablo en la señorita Jones, y sobre todo Taboo, la serie ochentera que viene siendo como El Padrino del porno (las tres primeras partes, con la mítica madre incestuosa Kay Parker y sus conflictos morales, están geniales; bien escritas, bien filmadas, estupendamente actuadas; las demás chafean, y algunas tienen el cinismo de anunciar a Kay Parker, cuando ésta solo sale en flashbacks de películas pasadas). Día de las madres, una mala copia de Taboo, tiene un buen chiste: la madre sexy está en su cama cuando llegan su hijo y su hermana con un platón cubierto; la madre, contenta, lo destapa y está vacío. Los críos entonces reclaman: "Mamá, no hay dinero, queremos comer".

Los cines porno están demolidos. Las cabinas de las sex shop son antihigiénicas (además, sus pantallas no tienen rewind ni pausa). Ya no existen esos lugares donde los conocedores podíamos convivir, como las brujas en el Mercado de Sonora, cuando miran con aprobación a quien adquiere un excelente manojo de mandrágora. La tecnología y el confort han reducido nuestro espacio de convivencia a poner comentarios o calificar con estrellitas el YouTube de una cinta del ciberespacio; salvo en Apple, pues a Steve Jobs no le interesa promover la pornografía en iPhones, y declaró: "La gente que quiera porno puede comprar un Android".

Ahora se pueden ver imágenes de alta definición en un celular, colores brillantes y percibes la carne de gallina en la piel, pero las cintas rayadas, llenas de drops, que se patinan, con el grano reventado, borrosas, le daban un efecto más kinky, más puerco, más bizarro, al acto de degustar una película tres equis. Como que se perdió suciedad, el condimento básico de nuestra manía.

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