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El Chepe: nuestro único viaje en tren

Esta es la bonita historia de una utopía sembrada de sueños y frustradas realidades.

A finales del siglo XIX en Sinaloa, específicamente en el área del puerto de Topolobampo, arribó el aventurero estadunidense Albert Kimsey Owen, ingeniero civil visionario y reformador que se propuso hacer una colonia socialista para convertir a esa zona de México en la ciudad del futuro: un paraíso gobernado por la clase trabajadora, donde artesanos e intelectuales harían realidad el sueño de Marx y Engels.

Sobre todo, el ingeniero vislumbraba una línea de ferrocarril que uniera a las grandes ciudades industriales de Estados Unidos con el Pacífico para hacer de Topo el centro de comercio y marítimo más importante de México.

Para tal efecto, invitó a doctores, ingenieros fotógrafos, arquitectos y demás especialistas de todo el mundo, con la intención de que trabajaran en esa comuna, y recorrió la ruta de Chihuahua a Los Mochis cruzando la Sierra Madre Oriental, trazando la ruta que llevaría ese tren de las montañas al mar. Dicho trazado fue usado por los gobiernos posrevolucionarios para acabar de construir la ruta completa en 1961.

A final, Owen no pudo culminar su obra, los miembros de su comuna se decantaron por la propiedad individual y, al acabar el siglo XIX, ya se había derrumbado todo intento de su zona socialista en el norte de México. Muestra de su trabajo son su colaboración para detonar la industria azucarera en Los Mochis o la coordinación y visión para la construcción del canal que acarrea agua del río Fuerte hacia Topolobampo, lo que ayudó a convertir a Sinaloa en la potencia agrícola que hoy es.

ESE VIAJE SIN PRISAS

La ruta elegida por este viajero fue pernoctar una noche en el pueblo mágico sinaloense de El Fuerte, para subir al tren a las ocho de la mañana rumbo a Creel, Chihuahua. Eso implica avanzar cerca de dos horas por caminos secos en el estado de los narcos célebres y comenzar a subir a través de miles de formas irregulares y caprichosas por esta ruta soñada.

El único tren que funciona en México recorre cerca de 650 kilómetros, y sale todas las madrugadas de Los Mochis hacia Chihuahua o en sentido inverso. Ninguna temporada es igual, ya que de diciembre a febrero existe la probabilidad de nevadas, aunque de marzo a junio el calor se haga presente y sea un momento apacible para viajar. Pero a decir de los expertos, la mejor época es la del verano, cuando la sierra se pone verde por la humedad y en cada foto hay la posibilidad de una postal.

Media docena de puentes, más de 600 túneles, pero, sobre todo, la experiencia de los paisajes de la Sierra Madre, abruman al paseante, así como el paso por decenas de pueblos y rancherías alejadas del celular, poblaciones cuya vida gira alrededor de este trenecillo que nunca descansa y que con el paso del tiempo se ha vuelto de culto: el viaje que todo mexicano debe hacer, el periplo de tu vida, el lugar al que quieres volver y donde los niños —que aman a los trenes desde antes de aprender a pronunciar su nombre— enloquecen de tanta ilusión.

En buena parte del trayecto, detrás de la ventana, están las muy dignas poblaciones rarámuris, que de algún modo han impedido el desarrollo y, por lo tanto, la depredación de la zona. Aunque haya Coca-Cola hasta en los parajes más recónditos de los 65 mil kilómetros de sierra, hay usos y costumbres, aunque no talamontes o desarrolladores inmobiliarios, que son peor que plaga.

También mucha e inocultable pobreza, pero es más digna, si acaso más arrogante, que la de los pueblos del sur: el gobernador tarahumara puede ordenar forrar las fachadas de sus chozas con los frijoles que les mandan los programas de solidaridad, como muestra de ello.

Es un viaje que no es de este mundo, ni de este tiempo, pensado para la reflexión para no llevar prisa y beber a sus anchas una cerveza en el vagón-bar, donde se le pierde el miedo al ridículo del karaoke.

Al pretender destacar el momento Kodak para platicárselo a sus nietos, uno duda si escoger la parada Divisadero con gorditas y burritos de diez sabores o las rutas ecológicas que cada tramo aguarda y que uno nunca acabará de conocer a menos que viaje todos los años durante dos decenios, situación tan excitante como imposible.

Para enterarse de rutas, precios y planes, acuda a la página www.chepe.com.mx.

Juan Alberto Vázquez

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