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Cerrajeros del orden

En el tono del Tona
(Karina Vargas)

EN EL TONO DEL TONA
Rafael Tonatiuh

Existen dos palabras que le abrirán muchas puertas: jale y empuje.
Proverbio

El domingo 17 de abril llegué a la casa de mi difunta madre alrededor de las nueve de la noche; había quedado de verme con mis primas Mónica y Gigí (ésta última, acompañada de su pequeño hijo Max), con el fin de ver objetos, fotos y ropa que pudiera interesarles, mercancías destinadas a venderse, tirarse, donarse.

Mónica tiene llaves de casa de mi mamá y había estado usando la lavadora, mientras yo hacía guardia en MILENIO. Al abrir la puerta del edificio, encontré al grupo de parientes al pie de las escaleras. Mónica, muy alterada, me decía que habían forzado la puerta y tratado de ingresar al departamento, arrancando la cerradura; como es mi costumbre, no reaccioné (normalmente tardo seis días en reaccionar) y mi prima Gigí me sacudía los hombros:”¿Ya lo sabías? ¿Por qué no dices nada?”. Comprobé que estaban bien, alteradas pero bien; pregunté: “¿Hay alguien adentro?”. Gigí: “¡No sabemos, la puerta está cerrada con la llave de seguridad!”. Mónica me mostró dos ventanas: “Mira, está prendida la luz del cuarto de mi tía, yo no la dejé así ni la luz del baño, hay alguien adentro”.

En ese momento comencé a alarmarme también, pues con el deceso de mi jefecita, Lety Pérez, nos pusimos a arreglar la casa y temí que alguien nos estuviera vigilando para checar que no estábamos y meterse a robar.

Mónica y yo decidimos subir a investigar, mientras (por seguridad) Max y Gigí esperaban en la planta baja. Mónica me mostró el lugar donde debiera estar la cerradura y que ocupaba un hoyo. Metí la llave de seguridad, la quité, pero no pude abrir, pues estaba puesta la otra llave, la que no tenía cerradura. Mónica pateó la puerta “¡Ya les caímos, cabrones! ¡Se los va a llevar la chingada!”.

Le llamé a mi hermano Toño, quien me sugirió que fuera al departamento de la vecina encargada de la vigilancia. Le dije a Mónica que acompañara a Max y Gigí, mientras yo acudía con Mary Yuste; tras informarle los sucesos, le llamó al jefe policíaco y en diez minutos llegaron dos patrullas rayando llanta, de la cual descendieron siete uniformados (impresionando a Max con sus pistolas).

Salvo Max y Gigí, subimos y les expliqué la situación. Un policía hizo gala de sus conocimientos como cerrajero, manipulando con unas ganzúas sobre el agujero, mientras con la otra mano hacía girar la llave de seguridad, sin lograr abrir. Me preguntó si tenía un desarmador, le dije que sí pero dentro del depa, me sugirió que le preguntara a la vecina encargada de seguridad. Fui con Mary Yuste, Mónica me acompañó, declarando que se iba con Max y Gigí a mi casa caminando (está muy cerca), pues no quería recibir un balazo y tenía ganas de ir al baño.

Los policías se turnaban como cerrajeros, además del desarmador, usaron una tarjeta telefónica. Me dio la impresión de que se aburrían en la comandancia; quizás abrir una puerta no fuera tan emocionante como una persecución automovilística, pero debe ser mejor que estar sentadotes en la patrulla, escuchando Radio Universal.

Los vecinos que pasaban se alarmaban y yo los calmaba, explicándoles que solo se había cerrado la puerta (por supuesto que no les dije la teoría de Mónica, acerca de que se habían metido unos maleantes, porque sonaba a una mamada).

Un policía se agachó y recogió una cerradura junto a una maceta. “¿Esta es su cerradura?”. Balbuceé: “Pues… chance”. El policía puso la pieza dentro del hueco, metió la llave, quitó la llave de seguridad, abrió la chapa normal y entré con los siete patrulleros (no replegándose a la pared y apuntando a todos lados, como en las series de televisión). Revisé la casa, no había nadie. Llegaron mi hermano Toño y su esposa Gladys. Un policía le explicó el problema: la casa es vieja y las chapas se caen. Había que poner una cerradura nueva. Los guardianes del orden se marcharon.

Llegaron Mónica, Max y Gigí. Le dije a Mónica que seguramente ella había dejado las luces prendidas, y aunque lo negaba férreamente, le hice ver que dejó sus cigarros Delicados y su encendedor en el lavabo, replicó que “eso solo prueba que estuve allí, no que hubiera dejado las luces prendidas”.

Todo señalaba a Mónica como culpable de haber armado todo un desmadre por haber dejado las luces prendidas y no fijarse que se cayó la cerradura, al salir. Finalmente, Mónica dio su brazo a torcer: “Pero al menos nos ahorramos el cerrajero”. Sí cierto, qué hueva salir a buscar un cerrajero el domingo por la noche.

Nos tomamos unas cervezas para el susto y a seguir viviendo, renovando la casa, renovando la vida.

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