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Carta a los Reyes Magos

Marilyn
(Karina Vargas)

EN EL TONO DEL TONA
Rafael Tonatiuh

Queridos Melchor, Gaspar y Baltasar:

Espero que se la estén pasando de agasajo marinero en compañía del camellito, el cuaco y su fino y magnífico elefante. Estoy perfectamente consciente de que ya estoy grandecito para andarles pidiendo cosas, que vuestras majestades solo le traen regalitos a los niños que se portan bien, pero nada se pierde con pedir y nada pierden ustedes con dar, porque por encima de su linaje monárquico, ustedes son generosos, y aunque yo no soy más que un vil pecador que no merece ni un juego de dominó del Superama, su generosidad es legendaria, pues los llevó a ser elegidos para seguir la estrella de Belén y yo no veo reparo en darme un regalito a mí, Rafael Tonatiuh, artista del performance gráfico, para que me lleve una sorpresa como cuando era niño (y en la juventud florida, cuando aparecía el hitter que había perdido, en la misma ventana donde ponía mis zapatitos infantiles).

No soy un niño, lo sé, pero ustedes saben que como adulto soy rebién pendejo, casi como un niño que se porta bien, y que no represento una amenaza para la sociedad (bueno, quizás le haya tirado dos que tres bastonazos a transeúntes en la calle, pero no por maldad, sino por rebién pendejo, señalando alguna dirección a un alma extraviada en el centro).

Sé de muy buena fuente que el Ratón Pérez todavía le trae regalos a Chabelo cuando le deja un diente (suceso que acontece cada 35 años), y si ese roedor, con menor categoría que ustedes, le trae obsequios a niños de la tercera edad, ¿por qué no habrían de hacerlo vuestras bondadosas majestades, con coronas que ningún Steve Harvey se atreverá a quitar?

Quizás Jairo Calixto Albarrán, editor de esta sección, tenga quejas respecto a mi puntualidad, pues, en cierta manera, no llego a tiempo, y mis compañeros tienen que hacer mi trabajo y padecen por mi causa; ahora entiendo que eso no está bien, que, como dice Jairo: "Le estoy robando a MILENIO", y prometo que trataré de remediarlo, pero entiendan que no puedo evitar hacerle el bien a las personas que me topo en el camino; ustedes saben mejor que nadie lo difícil que fue seguir a la estrella fugaz que los llevó a Belén, cuando en el trayecto había niños con hambre, gente afligida por severos problemas y ustedes no podían quedarse a atenderlos, con tal de llegar a tiempo al nacimiento del niño Jesús. Bueno, cuando yo salgo de mi casa y veo a una persona que sufre, me la llevo a la cantina y le invito unos tequilas y le disparo canciones en la rockola. Ya saben cómo soy de sensible. Por eso llego tarde.

Además, llegar tarde no se asemeja a robarse dinero del erario, golpear a Martinoli o aventar a Stephen Hawking por las escaleras. Como dijo el maese Maurice Maeterlinck: "Hasta una hormiga sabe que hay cosas que no deben hacerse".

Los invito a reflexionar un momento. Dar regalos es, por decirlo con la franqueza de un niño, un acto realmente chafa en comparación a conceder deseos. Dar regalos lo puede hacer cualquier Rey del Barrio con una tarjeta bancaria en un centro comercial, de forma mecánica, sin un auténtico sentimiento bondadoso, tan solo por cumplir con un requisito de la falsa sociedad. Conceder deseos es otra cosa, más madura, es un acto digno de nobles estudiosos de la astrología, la metafísica, la telequinesis y el contacto con los OVNI. Me parece que entre adultos (aunque yo parezca niño que se porta bien, por rebién pendejo) deberíamos hablar sobre deseos, más que sobre frívolas mercancías, pues hasta el mismo Freud descubrió que los traumas de los criminales vienen de los deseos reprimidos, así que... ¿qué esperan para desreprimirlos? Comencemos por desreprimir los míos (no por egoísmo, sino para estar en condiciones óptimas para ayudar a mis semejantes, que cómo sufren los pobrecitos).

Los genios de la mitología semítica acostumbran conceder tres deseos, pero los tiempos han cambiado y considero que en la actualidad no debería ponerse un límite a la concesión de deseos, podría ser uno solo (quizás acabar con las guerras en el mundo), o dos (acabar con las guerras en el mundo y que no haya que esperar mesa en la pozolería Don Toño), o mil, el número no importa, sino que el corazón de vuestras graciosas majestades quede rebosante de satisfacción por haber hecho feliz a un señor rependejo, pero que lucha por la justicia.

Me encantaría que se acabara la hambruna mundial, que reine la paz, que los niños tengan oportunidades de educación, pero no pienso pedirles esos deseos porque son los deseos de las finalistas de Miss Universo (quienes aparte les quitan la corona en menos tiempo que se fuga El Chapo), y como adulto me porto bien, no pediré que se me concedan deseos que ya pidieron otras personas con más antelación y mejores curvas.

Puesto que no soy exactamente un niño que se porta bien, sino su equivalente adulto (porque soy rebién pendejo) comprenderán que mis deseos pertenecen más al reino de la testosterona (mi colega Verónica Maza Bustamante, experta en sexología, podría expresarlo mejor que mis rústicas palabras). Mis primeros diez deseos son: 1. Marilyn Monroe. 2. Tere Velázquez. 3. Lorena Velázquez. 4. Rosa Carmina. 5. Yolanda Varela. 6. Kim Basinger. 7. Yuya. 8. Betty Page. 9. Nicki Minaj y 10. Jessica Rabit. Con excepción de esta última, que es una deliciosa caricatura, las demás las quiero con el aspecto como las recuerdo en su época más sexy, no quiero ese tipo de bromitas como traérmelas de la Casa del Actor o cayéndose a pedazos, tipo zombi.

Necesitaríamos también una residencia para hacer nuestras ondas, andar a caballo, nadar en la alberca, beber champán y comer caviar como la Gordillo en plenitud, no es necesario que sea París, Nueva York o la Toscana, me conformaría con la Isla de Yelapa, enfrentito de Puerto Vallarta. ¡Ah! Y de pilón, ser anfitrión de Saturday Night Live (lo cual sí va a estar cabrón porque yo no hablo ni jota de inglés).

Soy consciente de que debí pedir el engrandecimiento de mi alma, mejorar mi persona, mínimo que me produjeran mi ansiada Ópera Prima, pero esos deseos van más adelante, en la parte denominada Deseos con profundidad: acabar con la corrupción, mayor seguridad, erradicar el terrorismo, la restauración del medio ambiente, el encarcelamiento de los curas pederastas, que gane el Atlas, etcétera, todos vienen a partir del deseo número 51, ya que del onceavo al cincuentavo deseo son mujeres, pero de otro tipo a las diez primeras (si son observadores, notarán que mis primeros diez deseos son voluptuosos, pero los siguientes se van refinando, como Audrey Hepburn, Anna Karina, Lupita Nyong'o y otras chicas más como para enamorarme o nomás pa' vacilar, sin fines pasionales).

Espero de todo corazón que vuestras majestades existan y me cumplan esos deseos (o mínimo una ejecutiva de ventas), pues mis deseos están muy reprimidos y no quiero volverme un niño malo en forma de francotirador de un campus universitario gringo (acá no se acostumbran esas ondas). No me hagan hacerlo. ¡Besitos!

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