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'Cantinflas'. ¿Y dónde está el detalle?

Cantinflas
(Arturo Bermúdez)

EL ÁNGEL EXTERMINADOR
Iván Ríos Gascón

Mario Moreno Cantinflas no fue el gran cómico del cine mexicano. Tampoco el más popular ni el más simpático, la verdad es que de su ingente filmografía solo se rescatan unos cuantos títulos pues bastaría con aventarse un maratón de tres o cuatro de sus cintas para percibir la total falta de imaginación para reinventarse. El “peladito” y sus variantes posteriores (el gendarme, el peluquero, el fotógrafo, el bombero, el soldado, el profesor, el doctor, el conserje y hasta el vaquero) se desgastaron vertiginosamente y a finales de la década de los 50, Cantinflasentró en una patética debacle.

Afectadas por una moralina insufrible y con lamentables recurrencias a su rancio galimatías verbal, las películas que rodó bajo la perpetua dirección de Miguel M. Delgado hasta 1982 (El barrendero puso fin a su carrera), fueron altares al lugar común del conservadurismo, la mediocridad y el conformismo mexicanos, porque ambos, director y estrella, se empeñaron en repetir hasta el cansancio las fórmulas del estereotipo perdedor, mojigato, doctrinario, ridículo y pobre diablo: Cantinflas se alejó radicalmente de la impostura y el cinismo de las caracterizaciones de sus primeros años, de Águila o sol (Arcady Boytler, 1938), de los cortometrajes de 1939, de Ahí está el detalle (Juan Bustillo Oro, 1940), de Ni sangre ni arena (Alejandro Galindo, 1941), pero jamás renunció al espíritu carpero, tan limitado para un medio que ofrecía la posibilidad de explorar otros recursos.

Instalado convenientemente en la caricatura de la que surgió (el “peladito” se basaba en Chupamirto, un personaje de historieta), Cantinflas optó por el remedo de sí mismo y de ahí ya no pasó, ni siquiera con Passepartout, el rol que obtuvo en la adaptación de Julio Verne, La vuelta al mundo en 80 días (Michael Anderson, 1956), precisamente el hilo conductor de la biopic estrenada hace unos días, Cantinflas, dirigida por Sebastian del Amo y escrita por él mismo junto con Edui Tijerina, filme que, a su manera, también termina hecho una caricatura involuntaria de la figura biografiada, de todo un elenco de la época y, sobre todo, de los variados pormenores que menoscaban o falsean la narrativa.

A Cantinflas (la película) no se le puede escamotear una sola cosa: la correcta interpretación del catalán Óscar Jaenada en el papel del mimo, aunque a ratos se sobreactúe en el cantinfleo, pero ocurre todo lo contrario con las luminarias que Sebastian del Amo intentó recrear a través de un repertorio acartonado: Elizabeth Taylor en genuina Región 4 por Bárbara Mori, quien se restringe a parodiar la pose y la sonrisa de la diva hollywoodense como inspirada en una foto fija; un Estanislao Schilinsky eternamente flaco y de inamovible acento ruso por Luis Gerardo Méndez (a los realizadores les habría hecho bien repasar las películas del homenajeado con su patiño Manolín, para ajustarle la talla y la dicción al personaje); un Fernando Soto Mantequilla infame, cortesía de Adal Ramones (por cierto, en la escena del rodaje de Ni sangre ni arena, a Del Amo se le fue el detalle: en la película de Alejandro Galindo, Mantequilla no llevaba bigote); un Emilio Indio Fernández por Joaquín Cossío, quien solo se le parece al director de Salón México en el estilo ecuestre y, en fin, una pretenciosa colección de modelos fallidos, tan mal pero tan mal personificados que hasta extrañamos el Museo de Cera (Andrés Soler por Otto Sirgo, Miroslava por Ana Layevska, Fidel Velázquez por Jorge Zárate y las presuntas María Félix, Vitola, Meche Barba, Gloria Marín, Pedro Armendáriz, Gabriel Figueroa, y etc. etc. etc.).

Cualquiera podría decir que esos son asuntos menores, casi sin importancia (y vale la premisa) pero si el andamiaje de la biopic se basa en urdir con la mayor fidelidad posible los escenarios, las caras y temperamentos de una era y una generación, la historia, entonces, sería la arquitectura ulterior: con vocación de telenovela y ritmo de barra cómica del canal de las estrellas, la película de Del Amo se apega a una versión romántica de arbitrarios saltos de tiempo, en la que las pinceladas de ciertas figuras que gravitaron en torno de Cantinflas quedan muy mal paradas, digamos Manuel Medel, al que no se le hace justicia como pareja carpera y fílmica del Mimo (Así es mi tierra, Águila o sol y El signo de la muerte), sino que queda reducido al triste perfil del mediocre y el envidioso, y lo mismo pasa con la ausencia de una mirada honesta sobre el contexto en que se desarrolló la industria cinematográfica nacional, de no ser por el montaje chabacano de las grillas y las transas en que, por ejemplo, Del Amo se permite una escena camp: Mario Moreno acude a una reunión de la CTM y observa cómo el líder charro Salvador Carrillo le entrega un sobre a Fidel Velázquez. El soborno por encima de la mesa, chiste de pastelazo que hará reír hasta la náusea a cualquier priista empedernido.

Cursi y deslustrada, en esta hagiografía lo único que importa es la exaltación acrítica del héroe y Sebastian del Amo condesciende y condesciende con su protagonista hasta casi convertirlo en santo: el clímax del cliché restalla cuando Valentina Ivanova (Ilse Salas) se marcha del hogar y ese Cantinflas henchido de soberbia y vanidad advierte que ha perdido el rumbo: se sirve un mezcal súper cargado y estrella el vaso en la pintura del “peladito”, cual Dorian Gray repentinamente liberado del mal sueño de la fama: del desempleo al fracaso en el boxeo, de la carpa al cine, al liderazgo sindical, a la fortuna, a Hollywood y al final feliz, en tanto acaba la película uno no deja de preguntarse: ¿y dónde está el detalle?


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