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Burritos

Mundos para-lelos
(Fotoarte: Karina Vargas)

MUNDOS PARA-LELOS
Rafael Tonatiuh


“BURROS RECUPERAN SU DERECHO A HACER EL AMOR AL AIRE LIBRE EN ZOOLÓGICO DE POLONIA.
Napoleón y Antonina, casados desde hace diez años y fundadores de una familia de seis burritos, habían sido separados por su fogosidad”.
www.pulzo.com Sección Mundo. 26 de septiembre, 2014.


La nota que da pie a esta disertación tiene un elemento ligeramente perturbador, escondido en la escandalosa defensa por los derechos de unos burros a coger, pues uno piensa de inmediato “¿Cómo se le puede prohibir a unos burros que cojan? ¡Si los burros representan el símbolo fálico por excelencia en el ánima y en el ánimus y en el ánimo de siempre estar parado en eterna posición de firmes! Es como si les prohibieran a los delfines pensar y rebajarse al trato con los humanos. Es antinatural. No tiene lógica. Eso no se hace.

Pero eso no es tan perturbador cuando uno descubre algo peor que sobresale de entre el telón de fondo: “¿Qué rayos hacen unos burros en jaulas de un zoológico?”.

En la nota dice que la pareja del Zoológico de Poznan fue disuelta, separando a los burros en distintas jaulas. ¿Qué clase de zoológico tan miserable puede ser uno que exhibe unos burros como si fueran leones o cebras o algo remotamente exótico?

Los burros no deben exhibirse, son las bestias domésticas más conocidas y abundantes del planeta. Aparecen en los nacimientos, no son como los lémures, los aye-aye ni esas caricaturas de Pixar, especímenes que quizá solo conozcan en persona aborígenes o algunas millonarias clases privilegiadas que las tienen de mascota, o como platillo de alta coussine.

Honestamente, nadie se sorprende al ver un burro, salvo que el asno presente su alegría viril frente a una persona que nunca haya visto a un burro contento y no sepa nada ni le hayan advertido de lo que significa el falo del burro en plan expansivo; normalmente sobreviven al susto y se acostumbran a verlo cual simpático amigo, que rebuzna gracioso y presenta un miembro enorme, como los negros.

Los burros y los negros tienen dos cosas en común: 1. Un pitote. 2. Mala fama de bestias. Piensas en un burro y lo asimilas con el más pendejo de la escuela; piensas en un negro y piensas que es deportista, músico o te va a atracar. Jamás imaginas a un burro y a un negro como dignos competidores del ajedrez; en el mejor de los casos lo verás como un inmejorable elemento para alegrar la velada.

Me importa un comino lo que los zoológicos hagan con sus internos: separar a las parejas, ponerlas a luchar o doparlas para tomarles fotos en ropa interior, lo que sí me parece indigno y repulsivo es exhibir burros, como si fueran animales salvajes.

Hoy en día cualquier pendejo baja aplicaciones a chunches y se vuelven “fotógrafos” de la noche a la mañana. Así, de pronto ya todos los hipsters se dicen “artistas”, y resulta que ya todos los que toman mezcal y se ponen lentes de Clark Kent son “artistas”. Pues con la medida del Zoológico de Poznan ahora va a resultar que cualquiera que tenga un guajolote en un corral ¡ya tiene un “zoológico”! (nomás falta un patio-zoológico con jipsters tomándoles fotos).

Siguiendo esa lógica uno va a terminar exhibiendo a sus parientes arrimados, junto a los osos graciosos y los graves mandriles. Si no se pueden mantener, ai’ que coman de lo que les arrojan los niños a sus jaulas.

Eso sería degradante, donar a los parientes incómodos a los zoológicos, cuantimás si una tía se prende como los burros y tienen que separarla del tío; allí, enseñando sus lonjotas, gritando cosas pornográficas y diabólicos, y tus amigos diciéndote: “Oye, ¿qué aquella señora no es la hermana de tu abuela?”.

Degradante exhibir parientes o ex parejas o políticos; los niños no merecen ver eso. Se sembraría la generación de la Última Guerra Mundial.

Por ello, no deben exhibirse burros en los zoológicos.

Eso es una estafa al público, es como prometerle a unos turistas llevarlos a conocer la Pirámides de Teotihuacán y llevarlos a la casa de un dealer en Tepito para meterse piedra con unos travestis.

Separarlos es lo de menos, pero eso no le quita lo pendejo: si tienen unos burros en exhibición, como parte de las atracciones del zoológico, que consiste precisamente en ver a la fauna salvaje en su hábitat, es una mamada que se enojen si los burros se ponen a coger delante de la gente; es como si encerraras a un burócrata con una vedette y una botella de Baraima y te encabronaras si bailan “¿De quén chon?”, de Chico Ché.

¡Aparte estaban casados! ¿Quién casa a unos burros? Es verdad que muchos humanos se casan por burros, pero cuando unes por las leyes a una pareja de auténticos burros, le estás incitando a la luna de miel, es decir, aceleras su sexualidad.

En mi opinión, el Zoológico de Poznan esconde un culto pagano de adoración a los burros, y canalizan el libido asnático hacia invocaciones muy cañonas a deidades muy arcaicas y más antañas que el Gran Rififí.

¿Qué es eso de exhibir a los burros? No engañen a la gente, aunque sean negros o polacos.  

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