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Bunker, el convicto

Bunker
(Ilustración: Apache Pirata)

Uno de los logros innegables de Presunto culpable fue llevarnos a dar una miradita al interior del reclu, nomás para confirmar que vivir en la impunidad es mejor que vivir en la crujía. Literariamente, Edward Bunker (EUA 1933-2005) se dedicó, tras estar en prisión por años, a contarnos cómo es la vida carcelaria, vista con los ojos de un delincuente declarado.

Todos los delincuentes, como los líderes sindicales, empezaron desde abajo. En Little Boy Blue, Bunker nos platica sobre el ingreso a los distintos centros para menores infractores, desde los más tranquilos hasta los centros psiquiátricos, entre los 11 y los 17 años. Ésta es considerada por el autor como su mejor novela (y probablemente sea una de las mejores en su género en muchos países); estamos en los 40 y 50 gringos, donde los conflictos raciales que después nos platicaría Bunker en otras buenas novelas apenas iniciaban en los centros de detención. Los textos de Bunker no solo dan datos y vivencias, sino que establecen la introspección moral y ética de los personajes. Eso lo sitúa por encima de autores policiacos como Chandler o Hammett. El joven Alex capta desde temprana edad que en las cárceles la ley la imponen los más fuertes, ya sean los guardias o los internos más fieros. Nada de derechos humanos. Platíquele a los secuestrados mutilados sobre el debido proceso de sus captores, a ver qué contestan.

El paso siguiente es la mera grande. En  La fábrica de animales explica la certeza del autor: para vivir adentro de la prisión (al caso San Quintín), necesitas ser una bestia, o todos abusarán de ti.

La fábrica plantea todo el camino al reclusorio. Comenzando por los jueces y abogados, quienes para los internos son lo mismo: una parte del sistema que no se preocupa por las necesidades de esos presidiarios. Todo el sistema está contra ellos. Su paso por las cárceles le sirvió a Bunker para entender que la intención de las autoridades es castigar a los delincuentes; entre más, mejor. Déjese de la reinserción social. En México son tan pocos los delincuentes que se quedan dentro (entre 94 y 98% de impunidad, dicen los sabios) que tales sueños de reivindicación social ni existen.

Por eso los “abogados defensores” de Bunker no lo son. Como la mayoría son defensores públicos, apenas pueden sacar el trabajo. Los procedimientos terminan por separar a los ignorantes de los sabedores de la ley. Para los presos esto apenas es el inicio del infierno: están ciertos que el juez no tiene la menor intención de escucharlos o darles el beneficio de la duda, ni para decretarlos inocentes. Esperan lo peor y dan por hecho que lo obtendrán.

La cárcel gringa es un paralelismo de la vida en el exterior: están diferenciadas por nivel social, económico o racial. El racismo que existe en la sociedad norteamericana se exacerba en sus prisiones. Las opciones al interior son pocas. Uno de los reclusos cuenta todos los estudios y diplomas obtenidos mientras ha estado detenido y cómo ello no le sirvió al salir de la cárcel. El desamparo de saberse marcados de por vida orilla aún más a la violencia.

Dentro de la vida penitenciaria el homosexualismo juega un papel ineludible. El problema reside en las relaciones de poder, no en las preferencias: las violaciones son cosa común, más por establecer la servidumbre, sexual y laboral al recién llegado. De ahí a la compraventa de muchachos apenas hay diferencia.

Los personajes principales están ciertos de ser delincuentes siempre: “Nunca pensamos en pasar el resto de la vida fuera, simplemente se piensa en el tiempo que tendremos entre condena y condena. Si es mitad y mitad, puedes estar contento, es todo un éxito”. Bunker el recluso tuvo tiempo de leer a varios grandes: cita a Milton y la Eclesiastés y comprende la insignificancia de las luchas, la vanidad que hay en someter a los nuevos y burlar a los viejos y a los administradores: pero se identifica con el Satán expulsado: “Mejor reinar en el lodo que servir en el cielo”.

No hay bestia tan feroz y Perro come perro inician cuando el personaje central sale de prisión, con la diferencia de que en la primera el personaje quiere reintegrarse a la sociedad, mientras que en la segunda no tiene la menor intención de cambiar su forma de vida como delincuente. Pronto no habrá opción: “Mi decisión era optar por la delincuencia y el abandono absoluto de las constricciones sociales”. Los delincuentes de sus novelas insisten en haber sido víctimas de una sociedad más salvaje y abusiva que ellos, que los ha orillado a no saber hacer nada más que delinquir: roban, secuestran, asesinan y piensan que está bien, que es parte de su calidad delincuencial.

Edward muestra la cruda realidad en ventanas disfrazadas de ficción, pero nos remueven sus lecturas, pues hay la certeza de estar más ante una vivisección que ante un entretenimiento.

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