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¡Brilla, Patty Duke, brilla!

EL ÁNGEL EXTERMINADOR

Miguel Cane


La repentina muerte esta semana, a los 69 años de edad, de Patty Duke, deja huella en la generación conocida como los baby boomers: fue para muchos el epítome de la reina juvenil (de hecho, mucha de la imagen proyectada por Angélica María de este lado de la frontera, al inicio de su carrera como Novia de América, se modelaba en ella) y figurón por derecho propio —la primera película de Al Pacino fue como su galán y la famosa era ella—, que seguía en activo, especialmente en tv, aunque ya no tan polémica como en su juventud.

Y es que antes de que existieran los colapsos mentales de Britney, Lindsay, Nicole Ritchie o anexas, Patty Duke fue la que vino a romper el molde, allá por los sesenta; aunque hay que aclarar que a diferencia de esas, Patty, nacida Anna Marie Duke en Nueva York en 1946, tuvo una infancia —por decir lo menos— infernal: su padre era un irlandés borrachales que le pegaba a su mujer, una ebria ignorante que daba golpizas regulares a la pequeña. Cuando ésta tenía ocho años, en 1954, la entregó a unos tales John y Ethel Ross, que se convirtieron en sus apoderados legales. Estos reconocieron en ella una habilidad interpretativa nata y la explotaron como actriz infantil, con métodos rayanos en la crueldad mental, diciéndole: “Anna Marie está muerta, a partir de ahora te llamas Patty” (querían emular a la rubilinda Patty McCormack, famosa entonces por protagonizar La mala semilla, basada en el éxito de Broadway escrito por William March, en el que la niña, con trencitas y aspecto de “no rompo un plato”, es en realidad una psycho-killer de cuidado).

Tras hacerla pasar por numerosas y traumáticas humillaciones, lograron que el severo director Arthur Penn la seleccionara para protagonizar al lado de una enormísima Anne Bancroft La maestra milagrosa, en la que Patty interpretaba a la célebre ciega-sordo-muda Helen Keller en su infancia. La obra y su posterior adaptación al cine (en 1962) fueron éxito apoteósico, que culminó con Oscares como mejor actriz y mejor actriz de reparto para miss Bancroft y para Patty, que a los 16 años (aunque los Ross decían que tenía 13, y como era chaparra la gente se lo creyó) era —hasta entonces— la persona más joven en obtenerlo.

Al año siguiente, mientras seguía sufriendo en casa toda clase de calvarios, la niña prodigio triunfó en la televisión como protagonista por partida doble de un popular sitcom que llevaba su nombre, en el que interpretaba a unas chicas que por ser hijas de hermanos gemelos eran primas idénticas (¡esquizofrenia total!) y sus explotadores se esforzaban por mostrarla como una adolescente feliz que bailaba el twist, aunque la habían enganchado a la heroína y al alcohol; además, Ross la hizo su esclava sexual siendo menor de edad, con el permiso de su mujer (¡y ustedes pensaban que la historia de Lindsay Lohan era trágica!). Esta pesadilla terminó al cumplir 18 años, pero descubrió que casi todas sus ganancias fueron despilfarradas por los Ross, que escaparon del juicio debido a una laguna legal —la madre, en la estupidez, les dio los poderes sobre su hija como letra de cambio .

Harta de ser una “niña buena”, y ansiosa de romper con su imagen, su primer rol adulto fue protagonizando, al lado de Bárbara Parkins y la hermosa Sharon Tate, El valle de las muñecas (1967), monumento al camp involuntario, kitsch y sublime, que la hace cinta sagrada para homosexuales del mundo entero, basada en el bestseller de Jacqueline Sussann, en la que interpretó a Neely O’Hara, adorable ninfeta de Broadway que por meterse pastillas, acaba convertida en superfreak de la farándula (la frase “Sparkle, Neely, sparkle!” encontró nicho en la jerga gay desde entonces y sigue vigente hasta ahora, vea si no el título de este obituario); de hecho, su comportamiento cada vez más errático conforme avanzaba la década de los setenta  –tiempo en el que estuvo casada con el formidable comediante John Astin (Los Locos Addams), con quien tiene dos hijos, ambos actores, de quien acabó divorciándose  en 1984 muy a su pesar, porque él nada más ya no podía con ella y sus arrebatos– se debía no a que fuera politoxicómana, sino a padecer un severo trastorno bipolar que sufrió por décadas sin diagnóstico. Cuando su matrimonio se vino abajo, Patty empezó a recibir tratamiento de Litio y posteriores terapias que le devolvieron la estabilidad mental que tanto necesitaba.

Así fue como Anna (como le gustaba que le dijeran sus amigos) se convirtió en la primera celebridad en hablar abiertamente de este trastorno, abogando por desatanizarlo, al darle una cara conocida: luchó porque tuvieran derechos y que a los tratamientos psiquiátricos se les incluyera en las pólizas de seguro médico y en la seguridad social. Daba conferencias y escribió un par de libros. En épocas más recientes, hizo las paces con la comunidad gay y se dejó querer por ellos y por su familia —que incluye al famoso hobbit/goonie Sean Astin, su primogénito—, que la acompañaron hasta el final.

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