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Breves reflexiones antes de que comience el carnaval

Carnaval
(Antonio Lacerda/Reuters)

Salvador de Bahía.- Primero, hay que entender que besar en la boca no es cosa del pasado aquí, es, a saber, una de las principales razones por las que la gente sale a las fiestas callejeras en Brasil. Los martes, camino de la casa hacia el bar de samba en la Rua do Passo, desde calles antes de llegar al local uno va sorteando fumadores de crack que piden dinero o una moneda a los gringos (así nos llaman a todos los turistas). Una esquina, un grafiti señala con una flecha lo que se verá a continuación: “Babilonia”.

Varios alemanes y franceses con los que he hecho muy buena amistad se pasan una botella de cachaça 51 (esa con la que normalmente se prepara la caipirinha), los locales no dejan de vernos empinar (como si fuese el más fino tequila) la botella más vil y ruin que se puede conseguir en los supermercados, esa es una de las pocas cosas que se pueden considerar de pésimo gusto en Brasil. Sin embargo, ahí estamos gringos y gringas poniéndonos hasta la madre. “Vocés não podem só ficar bêbados, tem que beijar na boca (no pueden solo ponerse borrachos, tienen que besar en la boca)”, dice Ana, una brasileira que tiene paciencia con nosotros y trata de explicarnos cómo comportarnos en sociedad.

Los hombres del grupo, envalentonados por la cachaça, abordan a bellas garotas e intentan besar, pero la torpeza por el alcohol los hace fracasar, una, dos, tres veces, hoy no fue su día. De parte de las mujeres escucho siempre la misma queja, los hombres brasileiros, el sex symbol universal, no son creativos, todos usan la misma táctica: acercarse y decir frases como “vocé é linda”, “não sabe o que vocé esta-se perdiendo”, “sou capoerista”, “eu tenho um Grand Marquis, posso levar a vocé pa uma praia muito linda”, “vocé nao pode voltar saoizinha a sua casa, é perigrosos, tem uma festa na minha casa hoje”. Es una pena, a veces las chicas prefieren quedarse en una esquina del bar hablando entre ellas.

En cinco días comenzará el carnaval en todas las ciudades de Brasil. El de aquí, junto con el de Río de Janeiro y Olinda son los más reconocidos del país. El municipio de Salvador ya mandó cubrir todos los monumentos públicos para evitar vandalismos, el Rey Momo ya fue electo y se espera que el hermoso caos del carnaval empiece de aquí a poco. Emanuela, una de las personas con las que vivo, dice que es como tener todos los shows de samba y culturales de Salvador juntos en una misma semana en las calles. Es por eso que me he estado entrenando duro.

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Salvador tiene el prestigio de tener blocos de carnaval como Olodum, Filhos de Ghandi, Cortejo Afro y músicos como Carlinhos Brown, Mariene de Castro y Lazzo Matumbi. Sin embargo, la vox pópuli le otorga a esta ciudad un segundo reconocimiento, el de ser la capital da putaria y safadez que en portugués significa algo así como cachondez y perversión. Tal vez eso explique por qué si la ciudad tiene una canción tan linda que habla de ella como A raíz de todo bem, sea una canción procaz la que abandere el carnaval, el Lepu Lepu:

Eu não tenho carro, não tenho teto

E se ficar comigo é porque gosta

Do meu ranranranranranranran lepo lepo

É tão gostoso quando eu ranranranranranranran o lepo lepo

Hay quien viene desde lejos persiguiendo aquel mito da putaria, el libertinaje y las bajas pasiones. Mi amiga Josane recuerda a sus amigos de Sao Paulo que viajaron con varios termos llenos de enjuague bucal para besar de forma higiénica a quien se dejara.

A mí me tocó conocer un Salvador melancólico, lleno de recuerdos y de gente que no termina de ser feliz, que extraña un viejo amor, que se fue del país y ya no volverá o estudiantes universitarios que ya no creen que un mundo mejor es posible. Hay algo de cierto en lo que decía Vinicius de Moraes, “pra fazer um samba com beleza, é preciso um bocado de tristeza, senão, não se faz um samba não”, hay melancolía en el pueblo brasileiro, pero hace falta detenerse un poco para percibirlo, los visitantes ocasionales solo verán show de bola en los estadios.

Cada quien tiene sus historias de carnaval, de safadez y putaria, o de amor y desconsuelo. Josane también me contó que en el carnaval pasado no pudo evitar llorar cuando percibió que todos los trabajadores que estiran la cuerda que sirve de valla para separar a la gente que paga para escuchar a un bloco de cerca, además de los recolectores de latas de cerveza y basura reciclable, eran mujeres, niños y ancianos negros, como ella, la única mujer de color que nadaba en un mar de piel blanca que disfrutaba el carnaval mientras que los descendientes de esclavos sufrían para llevar algo de dinero a sus casas, esto en la que es considerada la capital afro de América Latina. Por eso ella huyó desde hace varios días lejos de la tristeza, la veré solo después del carnaval.

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Los brasileños siempre se quejan porque el mundo piensa que viven para esperar el carnaval, es cierto. Algunos pocos lo odian o tienen opiniones negativas como la explotación de la mano de obra para montar los espectáculos o que el gobierno realice malos manejos con el dinero que se gasta en estas fechas o la vulgaridad de algunos géneros. Lo cierto es que nadie es indiferente.

Académicos, comerciantes, deportistas, artistas, religiosos, cada brasileño cuenta los días que faltan para que las calles “se cubran de música, fantasías”, como dice Denisse, la dueña de la casa de huéspedes donde vivo.

Denisse ha estado más contenta que de costumbre desde que le confirmaron su participación en la inauguración del carnaval y con el bloque Cortejo Afro el mismo día. Lo que me ha pasado a beneficiar a mí porque ella quiere que le haga retratos durante los festejos. Ella pertenece a un grupo de mujeres que en Bahía son conocidas como las Baianas del Acarayé, que son portadoras de los conocimientos culinarios que representan las tradiciones de los orixas del candomblé y figuran como patrimonio cultural de la humanidad.

Yo tendré una playera que me acreditará como parte del bloco y aprovecharé que estaré protegido por la seguridad para hacer algunas fotografías del ambiente del carnaval en general, porque, a saber, este es el carnaval más inseguro de Brasil, donde los ladrones de carteras y cámaras fotográficas se pueden contar por centenas.

Pese a que varios amigos huyeron a Olinda para pasar un carnaval más en calma, yo he decidido quedarme a jugar de local. Hace casi un año que comencé a viajar por Brasil y no paré sino cuando me encontré con la belleza extravagante de esta ciudad y no la dejaré hasta que ella me bese a mí.

Pablo Pérez-Cano
twitter.com/perezpablo212



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